CONSENSO

Las palabras de los otros importan. No considerarlas es, entre nosotros una costumbre. Lo más habitual, en nuestra sociedad, es que nos dediquemos a interpretar las palabras ajenas más que a escucharlas.

Un poco por lo alambicado de nuestro discurso, muy apegado a no comprometerse, a evadirse, a salir por la tangente y tornarlo obscuro; y otro poco por la necesidad de llevar esas palabras a nuestro molino para triturarlas.

Cargados de odio o amor, de modo tal de no poder estar en equilibrio, padecemos un enorme desapego por la verdad que, como es obvio, depende del cristal con que se mira, pero está ahí.

Estamos cargados de equipaje. Un pasado de fracasos reiterados, leído en clave de lo que pudimos, debimos, ser y que no somos, nos invita a abrir baúles del pasado buscando argumentos para el presente, sea para ganar razones o sea para destruir las que se hacen evidentes.

Diálogos que no son más que monólogos sucesivos: algunos ejemplos de las conversaciones cotidianas.

“La economía de hoy es un desastre ¿y la herencia?, ¿y la anterior?”, ¿Puede acaso el pasado refutar el presente?, “Los pobres hoy son un tercio de la población. ¿Pero cuántos eran antes?, La inflación es un espanto. ¿Pero antes cuánto?” . Típica conversación sobre la economía.

“Las decisiones son de un tipo solo, de una mesa chica, en una sala hermética a la que no llega ni el polvo ni la temperatura de afuera? ¿Y antes?”. Típica conversación sobre el aislamiento de la realidad de los que toman decisiones.

Todo es verdad. El pasado agota. Lo que importa es lo que sigue, pero eso es lo que, a la política cotidiana no le importa. Y si le importa lo disimula con el silencio, con la negación a hablar del para qué y el cómo.

¿Ponerlo en blanco y negro no tiene rentabilidad positiva en términos de simpatías electorales?

“Si decía lo que iba a hacer no me votaban” Lo dijo Carlos Menem; pero sin decirlo lo hicieron también Néstor, Cristina y Mauricio. ¿Maldad?

No. Ignorancia: no sabían lo que estaba pasando, ni siquiera dónde querían ir.

Ejemplos: “Convoco, … a poner en marcha la revolución productiva en base al pacto político, económico y social”, Menem, 1989. No hubo convocatoria, ni pacto y sí destrucción del aparato productivo y desempleo.

“La lucha contra la corrupción y la impunidad será implacable, fortalecerá las instituciones sobre la base de eliminar toda posible sospecha sobre ellas”, Kirchner, 2003. Solamente el caso de su secretario Daniel Muñoz y de su amigo Lázaro Baez, eximen de cualquier argumento

“Me gustaría ser un país exportador como Alemania, con un altísimo grado de tecnología …” Cristina, 2007. ¿Ocho años en el poder y ni una sola norma de envergadura para concretar algo distinto de atraso cambiario y fuga?.

“La inflación no va a ser un problema en mi gobierno”, Mauricio, 2015. Espectacular, sin comentarios.

Poco a poco, desertando del ejercicio de las palabras verdaderas, estamos plenamente en el ejercicio del abandono del pensar. Una enorme convocatoria al apotegma de Joaquín Bartrina y de Aixemús, “Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices”. Ese no pensar, no analizar, no hablar con la verdad, es la base de nuestro desentendimiento.

La democracia es un método para resolver mayorías. Es condición necesaria, pero no suficiente, para resolver desacuerdos. Los desacuerdos sólo se resuelven con análisis y diálogo y los análisis y diálogos que importan son acerca del futuro porque en él no podemos señalar responsables. Veamos.

En un artículo publicado en La Nación, el destacado politólogo José Nun señala la necesidad de “un gran debate acerca de un conjunto de temas de mediano y largo plazo largamente ignorados o postergados para que sea luego la propia ciudadanía quien le exija a sus representantes que negocien una concertación”.

La de Nun es su respuesta propositiva a lo que, críticamente, llama “idea voladora” que sería la prédica de un Acuerdo Nacional sin poner en debate el contenido del mismo.

Nun lleva razón, porque en los últimos tiempos se ha abusado de las palabras consenso, acuerdo y concertación, sin referirse siquiera a las bases de ese consenso, a las condiciones de ese acuerdo y a lo que implica concertar.

A esta altura de la “grieta” que nos devora – generada irresponsablemente ayer por el kirchnerismo; y alimentada hoy irresponsablemente por el macrismo– es necesario recordar que acordar significa – aunque suene kitsch – aunar corazones; que consenso implica hacer común un sentido, una dirección; y finalmente, que concertar es hacer cierta, por ser en común, una manera de construir.

Preparar los ánimos (acordar), proponer la dirección (consenso) y diseñar como construir el camino (concertar) es aportar al “sugestivo proyecto de vida en común” que J. Ortega y Gasset señalaba, como “fundamento histórico de toda nación bien constituida”. P. Laín Entraigo

Pecisamente de eso se trata “la política” mayúscula: ideas claras para, desde el Estado, construir Nación. Es nuestra principal carencia.

No es este el lugar para hacer inventario de las claves no debatidas por la política, pero a manera de ejemplo, nuestra demografía, nuestro vacío territorial, nuestro retroceso en la producción urbana, nuestra fragilidad organizacional, que va de los límites fronterizos a la administración pública, son parte del océano de preguntas que la política no se formula.

La potencia creadora de la política depende de la profundidad de las preguntas y de la capacidad de proponer y lograr que ese ánimo, dirección y camino, sean diseñados en común. Se trata de empezar ahora.

No importa cuál de los comprometidos en el diseño es elegido para ponerlo en marcha sino la densidad del compromiso compartido.

Que sea en común no significa “todos”, sino mucho más que la busqueda de una mayoría ocasional. Tampoco significa “todo”, sino concertar la mayor parte de lo “esencial”.

Ese consenso – producto de debate y negociación – sea “sin aristas punzantes” para que, acerca de él, sea posible el diálogo con las minorías que no acordaron ¿Quién puede no coincidir?

Sobre el tema del Acuerdo, el periodista de Clarín, Vicente Palermo, comienza una nota con una crítica a lo que llama “la palabrería destinada a los grandes acuerdos nacionales … pasada de moda.

Pero, sin embargo, a poco de andar, pega un giro saludable y señala:“nosotros sí podemos soñar … fuerza política para dar batallas a través de acuerdos de mediano alcance, limitados, pero efectivos, que puedan ir creando una comunidad de intereses novedosa, y de largos plazos, entre actores diversos”.

Palermo, si bien no sabemos a quién incluye en “nosotros”, a pesar de la calificación de “palabrería”, propone acuerdos, comunidad de intereses, largo plazo, actores diversos.

A pesar del arranque crítico, ambos columnistas vuelven a proponer la idea que al principio repudian. No ignoran que, en la “grieta”, no hay alternativas. Que es vivir eternamente en el “Día de la marmota”: Cristina no puede evitar invitar al pasado y Mauricio propone seguir, que en 2020 será volver al pasado. Un pasado de ambos fracasos: la economía por habitante está debajo del nivel de 2011, el número de pobres no deja de crecer y seguimos siendo vulnerables a cualquier viento de bolina.

La “grieta”, el escenario de la ausencia de alternativas es una fisura histórica, un foso al que, macristas y kirchneristas, quisieran arrojar al otro para que desaparezca de la superficie visible. En la grieta “el otro” sólo alimenta el odio y desvanece la verdad.

Para J. Duran Barba y Marcos Peña – en ausencia de meritos gubernamentales para generar confianza o proyectos de futuro para generar esperanza – alimentar la grieta es la manera más eficiente de generar temor al otro; y es un método para conservar el poder, aunque genere desesperanza.

Para Cristina, en el otro territorio aislado, alimentar el odio es la manera de cegar la mirada sobre su pasado, blindarlo, y de esa manera reescribirlo – como cuando gobernaba – en término de sensaciones.

Aceptar la dicotomía Mauricio – Cristina es consagrar la grieta y es un punto de partida negativo para acometer tiempos futuros que, es muy probable, sean peores que los que hoy vivimos, por la simple acumulación de problemas sin resolver.

La gran encrucijada nacional es: cultura política de la “grieta” o transitar la cultura del consenso, del acuerdo, de la concertación para resolver nuestra crítica situación política, social y económica.

No hay la menor duda que sin ánimo, sin debate, y sin “ceder”, que está en el ADN de la concertación, nos domina la “grieta”.

¿Cuál es el método? Enfrentar a la grieta “in totto” a partir de propuestas concretas para todos los campos de la vida social. Hacerlo ahora. No hay demasiado tiempo.

La política que quiera crecer generando propuestas debe enfrentar los términos de la grieta. Pregunta, nada descolgada, ¿cómo vamos a educar a la mitad de los niños que crecen y viven en la pobreza? Sin duda no es la escuela que forma a los hijos de la clase media. Debe ser un escalón muy, pero muy superior a causa de la necesidad. Un tema.

La “grieta” es la consecuencia y la causa, de la crisis política de la inexistencia de partidos y de propuestas. “Partidos” remite a “parte” de un todo.

La moda política habla de “espacios”: lo que revela la vocación de delimitar territorios sin puentes.

Las partes no se comprenden sin el observar el todo y viceversa (Gracián).

Los espacios son totalidades aisladas. Así se piensan.

Un ejemplo, Ricardo Estévez en La Nación, dice que el PRO, que se define como “espacio”, está “identificado con una visión de establishment” y “pedirá un sacrificio concreto a un sector para un supuesto beneficio que sería general para toda la sociedad y con el que en primera instancia ganarían los empresarios”.

En el “espacio”, la política no es una respuesta a los problemas, que son sistémicos, sino la resolución de los problemas de “mi espacio”. Luego vendrá el derrame. Es un método de consolidación de la grieta cuando la crisis social condena a un tercio de los argentinos y a la mitad de los menores de 14 años a la pobreza; y cuando el PBI por habitante de 2019 será menor que el de hace una década.

Las voces políticas que salen de ambos lados de la “grieta” impiden el diálogo: hablan de lo que necesitan.

En general quienes hablan de Acuerdo se remiten al Pacto de la Moncloa. Hace dos años, en el Senado, Ramon Tamames – un ex comunista devenido en liberal – firmante de La Moncloa compartió debate sobre acuerdo y consenso con Federico Pinedo, conservador, Ricardo Sanz, radical, y Miguel Pichetto, peronista. Representantes de tradiciones partidarias que conjugaron la necesidad imperiosa de un Acuerdo Nacional de la política, los distintos intereses sociales y económicos.

Notará el lector la ausencia en esa mesa de dirigentes del espacio de CEOs PRO y del Kirchnerismo.

Quienes integran el PRO “puro”– no formados en las tradiciones políticas – como quienes militan Kirchnerismo – que no están comprometidos con la cultura peronista, e incluyo en primera fila a Cristina Fernandez en esa falta de compromiso – profundizan la “grieta” porque escapan a la idea de acuerdo como proyecto político: no piensan la sociedad como un todo sino como los espacios de ellos y nosotros.

La historia enseña. Ricardo Balbin, líder de la UCR del Pueblo, en noviembre de 1970 junto a Juan Perón, dirigentes del conservadorismo y otros partidos, con clara exclusión de la guerrilla, el militarismo y el liberalismo económico, firmaron “La Hora del Pueblo” para reivindicar el derecho a la democracia.

Poco después la CGT y la CGE, firmaron una propuesta integral de cambio de la política económica que ingresaba a la recesión y a una inflación que llegó al 80 por ciento anual en mayo de 1973, antes de la entrega del poder al gobierno democrático.

En 1972 – cuando La Moncloa ni se imaginaba – con la firma de las “Coincidencias Programaticas de los partidos y las organizaciones sociales” se formuló un compromiso que permitía que “el que gana gobierna y el que pierde ayuda”(R. Balbín). Se había gestado un Consenso, porque había un ánimo de acuerdo y porque se concertó un programa pleno de precisiones.

Los partidos (UCR, Frente Justicialista, Partido Intransigente, la Democracia Cristiana, los Conservadores Populares,) los dirigentes (R,Balbín, J. Perón, O. Alende, JA Allende, H. Sueldo, V. Solano Lima) , los equipos técnicos y dirigentes sindicales (J.Rucci) y empresarios (J.Gelbard) – todos de envergadura envidable – concretaron ese compromiso una vez recuperada la democracia: el Pacto Social de 1973 fue la consecuencia de política económica concertada; y la sanción de 21 leyes votadas por unanimidad en el primer año de gobierno, hablitaron el diseño de un Plan de mediano plazo formulado con el entendimiento de todos los sectores de la vida nacional, de sectores y regiones.

Durante el régimen militar y en el marco de la guerrilla que trataba de impedirlo, la política logró un Consenso – acerca de la dirección – se concertaron las medidas de estructura y de coyuntura a tomar y se formalizó un acuerdo en profundidad.

Ese Consenso generó poder, tal cuál lo señala Carl Schmit.

No necesariamente el consenso se construye desde el poder. En aquel tiempo, la Dictadura y la guerrilla, procuraban que el consenso no se lograra y que todos cayeramos en esa grieta de sangre.

Lo logramos: seis meses después de iniciado el gobierno Perón fue votado por más del 60 por ciento de la ciudadanía y R. Balbín sumó, para que el 90 por ciento de los votos fuera ratificando aquel Consenso que se maduró a lo largo de dos años.

Tal vez nada llegue antes de las elecciones y estemos condenados a una elección entre dos malos. Que ya fracasaron porque carecían de un programa y por lo tanto, de un Consenso y por eso su vocación es la grieta.

Desembacar de esa fractura histórica es empezar a debatir, a partir de la política, los problemas, las prioridades, los diagnósticos y las políticas. No es nada original, pero sí algo necesario. Empecemos ahora.

 

Carlos Leyba

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