POLÍTICA Y ECONOMÍA AL COMIENZO DEL AÑO

Estos días del verano, las tengamos o no, suenan a vacaciones. Y vacación suena tanto a descanso, que es a lo que la asociamos, como a “vacío”, que es lo que hay que llenar.

Ambos sentidos, descanso y vacío, no son necesariamente contradictorios. Es más, diría que una de las preguntas más repetida en estos tiempos de descanso y vacío, es “qué hacemos”. Pregunta que refiere a la disponibilidad de tiempo y a la liberalidad para ponerle a ese disponible, un contenido no obligado ni habitual que es lo que caracteriza a las vacaciones.

Esos espacios vacíos y libres, invitan – entonces – por ejemplo a repensar dónde estamos y dónde querríamos estar. Y si la diferencia entre un lugar y otro fuere mucha, a interrogarnos acerca de qué estaríamos dispuestos a hacer para acortar esa distancia. Tarea para después. Tiempo de reflexión.

A nivel país, donde no encontramos tiempo de sosiego, en materia económica cabe preguntarnos ¿dónde estamos? Y la segunda pregunta inmediata es ¿dónde querríamos estar?

Se supone que la política sabe dónde estamos, que profundiza diagnósticos de cómo y por qué aquí y no en otro lado. Sabemos que fundamentalmente tiene la misión y la capacidad de proponer “un dónde estar” – habida cuenta de los medios disponibles y posibles – y fundamentalmente de ofrecer un camino, una ruta detallada, auditable, controlable, para llegar allí.

Los países desarrollados, con economías sólidas (que no tienen evidentes fragilidades) y que han conformados sociedades de bienestar (que no tienen dramas sociales acuciantes) obviamente aspiran a más solidez y más bienestar; pero las distancias a recorrer son mínimas, previsibles, no requieren grandes transformaciones. El conjunto de la sociedad tiene una cierta conformidad con lo que viven: las aspiraciones se vislumbran posibles cercanas. Uno tiende a pensar que ese es un escenario escandinavo. Demasiado lejano como para conocerlo de verdad, pero – sin duda – inspirador.

Los países que se desarrollan, que se están desarrollando vigorosamente, los que están tratando de superar las fragilidades de la economía y los serios problemas sociales, están sobre una línea de acción que tiene una capacidad de convocatoria ya que, en el tiempo, se vislumbran realizaciones: se contabiliza el crecimiento sostenido. Los países asiáticos, la explosión de las clases medias en China, nos dan ejemplos elocuentes de crecimientos altos y sostenidos.

Nosotros no somos un país desarrollado – nadie lo duda – en economía nos agobian las fragilidades y la cuestión social la sufrimos a flor de piel y, en consecuencia, vivimos en una sociedad de altísima disconformidad.

Y no somos un país en desarrollo. Lo que es más grave, el pasado – que algunos recuerdan haber vivido y otros lo comparten como historia – se ha convertido en añoranza. Cuando el pasado lo percibimos, y los números lo corroboran, como “mejor”, entonces podemos decir que estamos en un proceso de decadencia, justamente porque antes de ahora hubo progreso. En esto, independientemente de las fechas elegidas, estamos todos de acuerdo. Nadie pondera el presente.

El futuro no tiene – al menos por ahora – la política necesaria. Es decir la que sabe dónde estamos, la que profundiza diagnósticos de cómo y por qué aquí y no en otro lado; y fundamentalmente la que cumple la misión de proponer “un dónde estar” –disponible y posible – y que es capaz de ofrecer un camino, una ruta detallada, auditable, controlable, para llegar allí.

Unos pocos datos de la estadística económica puestos en perspectiva nos ayudan a ubicarnos.

¿Dónde estamos? Los resultados económicos del año que terminó y los pronósticos del año en curso no son auspiciosos, más bien son preocupantes. Entonces ¿Qué esperamos de esta fragorosa campaña electoral ya lanzada? ¿La política se está ocupando de sus responsabilidades? ¿Cuáles son las propuestas? Veamos.

El oficialismo nacional (el PRO) está conducido intelectualmente por un sistema de hacedores de campaña. La principal preocupación es ganar las elecciones y la principal tarea para ello es convencer al electorado que está en la encrucijada de votar a Mauricio Macri o ser gobernados, nuevamente, por el kirchnerismo que, además de ser el protagonista destacado de cuestiones judiciales, nos habrá de conducir (aunque los K no lo digan) -según el PRO – inexorablemente a Venezuela, que es un lugar donde lo normal es “una crisis humanitaria” sostenida por un gobierno cívico militar dictatorial.

El terror electoral, según los especialistas en campaña del PRO, es un argumento que exime de describir dónde estamos y de proponer dónde ir en materia económica y social, más allá de algunas consignas ideológicas sobre los beneficios del mercado y – sobre todo – de la apertura económica y comercial al mundo. Que como está siendo dicho no pasa de generalidades que omiten las consecuencias y las maneras de remediarlas. En ese entendimiento la campaña se hace exponiendo a Cristina y los miedos que – sin duda – genera en la mayoría, como la única alternativa.

La oposición, fragmentada, no debate ninguna de las cuestiones principales. Es que “su cuerpo” viene de responsabilidades innegables y de estrategias e ideologías absolutamente contradictorias. Del menemismo al kirchnerismo, aunque los resultados en la economía hayan sido en ambos casos negativos aunque por distintas razones, hay un océano de distancia discursiva; y eso implica que la estructura política que la gobierna opta por el silencio de lo estructural para evitar la dispersión. La oposición dominante, o con mayores posibilidades, se ha convertido en una larga conversación acerca de la “unidad”, eso sí, sin ningún renunciamiento. Sin renunciamientos no hay unidad posible en la oposición. Sin “para qué” – en política – sólo quedan nombres.

Y como, en esas condiciones, la “unidad” es una clase vacía, la campaña se reduce a instalar nombres, mediáticamente, para provocar la “renuncia de los otros”. Cuestión de nombres sin “para qué”.

La excepción es CFK, cuya instalación mediática cotidiana es una obra desarrollada meticulosamente por el oficialismo. Ella – simplemente – guarda silencio y recuerda que, sin su renunciamiento, los demás pierden; y pone en claro que su renunciamiento sólo será posible si los demás renuncian a gobernar, esa es la condición que impone. Cristina sabe que el poder se construye en los demás que son finalmente quienes lo otorgan, a veces por confianza y esperanza y a veces por temor y desesperanza. Ella hoy lo construye en base al temor y coincide con el oficialismo que lo expone día a día.

El oficialismo no genera confianza, ni esperanza. Tampoco la oposición. En un marco de desesperanza, que es a lo que nos condena, la abulia de la política, que no alcanza a desentrañar una realidad que nos duele, ayuda a que el oficialismo construya sus posibilidades en base al temor a Cristina, y el temor al poder de Cristina convierte al peronismo en un fantasma de sí mismo.

En este panorama paupérrimo, lo que es común a todos oficialistas y opositores, es que no pueden, no saben o no quieren diagnosticar el presente; y mucho menos proponer un futuro razonable y el camino para llegar a él. No construyen ni esperanza ni confianza que es la base para una construcción positiva.

En este momento de “reflexión” lo que se vislumbra es que todos renunciaron a “la política” con mayúscula y la han convertido en marketing para llegar a un destino individual.

En ese marco ¿cómo están las cosas? El PBI de 2019 será menor al de 2011. Con esa carga del pasado los resultados de 2020 confirmarán que la segunda década del SXXI (2011/2020) será una década perdida. Grave.

Después de 10 años el PBI será igual o menor al del punto de partida. Seis fueron de retroceso: lo fueron los últimos dos años y lo será este que ha comenzado. Durísimo.

El PBI – sigla que utiliza la profesión para referirse globalmente al nivel de actividad – resulta más claro si desnudamos su contenido.

El PBI es el “Valor Agregado Bruto”. El valor agregado es el de las remuneraciones del trabajo, en todas sus formas, más lo que brindan las prestaciones disponibles para trabajar, en todas sus formas.

El Valor Agregado es, entonces, la suma de los salarios y toda forma de remuneración por el trabajo en blanco o en negro, formal o informal, contratado o en changa ocasional, público o privado, registrado o estimado; más la suma de los alquileres, las rentas de la propiedad, los intereses pagados y los beneficios de la empresa cualquiera sea su forma jurídica, formal o informal: empresa, boliche, quiosco.

Ese cálculo es “Bruto” porque no se le ha deducido el “desgaste”, la amortización de los bienes de capital o bienes para producir, utilizados por el trabajo sea en la fábrica, en la granja o en el sanatorio. Es importante tenerlo en cuenta en una sociedad que no cuida, en general, el mantenimiento; que no computa el desgaste.

En la segunda década del SXXI los argentinos habremos repetido – en promedio – cada año, de 2011 a 2020, el mismo Valor Agregado Bruto, año tras año.

La monotonía del estancamiento desespera porque transcurre en silencio de las explicaciones verdaderas que son las que llevan a la sanación.

Camino alternativo. “Si tenés fiebre, una aspirina. Calma. Pero ¿Por qué tenés fiebre? Diagnóstico serio para poder encarar el tratamiento. Difícil. Vamos por la aspirina con aire de especialista. Nuestro estancamiento es una enfermedad silenciosa que se puede negar mientras respiramos.

Si descontamos el “desgaste”, en promedio y en la década, cada año seguramente hemos generado un Valor Agregado Neto menor.

Nos habremos comido una parte del stock de capital sin contar que, por no “crecer” (que debería ser invertir), todo lo que disponemos para producir se habrá ido deteriorando (equipamientos con desgaste o atraso tecnológico, tierras explotadas sin fertilización plena o sin rotación adecuada, edificios sin mantenimiento, etc.).

Nadie ignora que, en esta década se han hecho inversiones. Muchas. Lo vemos. La Ciudad de Buenos Aires es un escenario de demoliciones y construcciones; el amarillo municipal nos lo topamos en cada esquina todo el tiempo. Y vemos ensancharse rutas, rotondas de ingreso a los pueblos, instalarse molinos eólicos, fotos de placas solares, etc. De ferrocarril en serio e industria ferroviaria, ni hablar; de puertos e industria naval, ni hablar.

Pero, en Economía, lo que cuenta es el total, el agregado. Y ahí vamos mal: en ningún año de esta década el total de las inversiones alcanzó ni alcanzará, hasta el fin de la década, el nivel de 2011.

Es decir, en el agregado y más allá de las impresiones personales, la Inversión Bruta – como componente de la Demanda Global – decreció respecto del punto de partida.

Más grave, desde la perspectiva del potencial de futuro, la dominante de estos años ha sido la inversión en el rubro construcciones en las que, alternativamente, el peso mayor ha sido o la construcción residencial o la obra pública.

Para poner un ejemplo que, seguramente, no llamará la atención: de acuerdo a la estadística de la CABA, en 2011 se construyeron 1,8 millón de metros cuadrados residenciales. Pero en 2017 sólo 800 mil. En cada uno de los cinco años, que van entre estos, el promedio no superó el millón de metros cuadrados. Mal. Para abajo.

Pero cuando hablamos de inversión lo que nos resuena en la mente – o lo que nos debería resonar – es “inversión productiva”. Aquello que acompaña, la herramienta, al trabajo humano. Ni hablar.

En esta década – la segunda del SXXI – nuestro país no ha experimentado un proceso inversor productivo que augure que, para los próximos años, hemos acumulado fuerzas y tecnología para dar un paso adelante.

Es obvio que cuando una economía crece o cuando cada año “agrega más valor”, lo esperable – desde la perspectiva del mercado- es una respuesta de expectativa positiva: tuve la maquinaria a full, no di abasto con los pedidos, me están reclamando una mayor calidad, celeridad, modernidad en las entregas, para no quedarme afuera, invierto. E invierto porque creo que todo va a seguir este mismo curso de expansión.

Esa variable “empuje del acontecer” y aliento de las expectativas, es claramente negativa cuando, en promedio, trabajo con no más del 60 por ciento de mi capacidad, cuando no dominan la escena expectativas positivas sino la lectura, en clave de macro cotidiana, del cártel luminoso “vivimos por encima de nuestras posibilidades”.

Todo conspira. Los metros cuadrados porteños son un indicador contundente del declive de la inversión, pero el agregado de la Contabilidad Nacional no deja dudas. Repito: el nivel de Inversión de 2011 no se volvió a repetir en 10 años. Y no hablamos de inversión neta, sino bruta, que incluye el valor de la amortización del equipo utilizado.

No tenemos registro en la década – salvo en la explotación de recursos naturales y con subsidios inexplicables (energía fósil) a los concesionarios, compartidos ideológicamente por Cristina y Mauricio, por el “marxo peronista” Kicillof y por el “anarco capitalista” Aranguren (bien por G. Lopetegui, algo es algo)– de ningún proyecto productivo que mueva el amperímetro y que haya transformado a un sector productivo o a una región, generando un polo de desarrollo con los beneficios esperables aguas abajo o aguas arriba.

Por ejemplo, y en parte, las recientes inundaciones (pérdida y sufrimiento) son una metáfora de la diferencia entre inversión y explotación, entre agregar valor y sacarlo. En economía nada reemplaza la acumulación que, para ser racional, exige planificar en el tiempo, en el espacio y en el contexto social. ¡Cuanta improvisación!

El estancamiento productivo de una década acompañado del estancamiento, o el retroceso, inversor de una década, auguran una economía más que difícil para los próximos años.

Y el por qué, lo responde la segunda consideración que provoca esta constatación estadística.

En esta década la población creció. Al terminar 2019 seremos aproximadamente 5 millones más de habitantes. No lo quiero torturar, pero posiblemente cerca de la mitad serán nacidos y criados en hogares pobres.

Y si hemos agregado en 2019 el mismo valor que agregamos en 2011, entonces lo deberemos distribuir entre el 12 por ciento más de habitantes.

Cuando hay estancamiento largo, hablemos solamente de lo largo de una década que es la que terminará en 2020, y la población crece, tenemos un problema de distribución.

Primero entre los componentes de la Demanda, el Consumo. Aunque sólo fuera mantener el per cápita de hace 10 años, conspira contra las Inversiones y las Exportaciones. El conflicto con las Inversiones es una espada en la cabeza del futuro. Y el conflicto con las Exportaciones es una espada en la cabeza de los dólares posibles, en la generación de dólares propios, que es el gran conflicto con el presente o si se quiere con el futuro inmediato: si hay algo frágil en nuestro presente y en lo inmediato, es la vértebra dólar de nuestra columna, esa vértebra no nos permite estar medianamente erguidos.

Y el otro conflicto que genera el estancamiento o aún la reducción del valor agregado por habitante, es el conflicto social: ¿cómo distribuimos entre más personas un producto estancado?

Las imágenes cotidianas de ese conflicto son, en primer lugar, los planes sociales que incluyen todo lo que sale como pago de transferencias de las Cuentas Públicas y que últimamente se ha dado en publicitar como el número memorable de cheques mensuales. Le sigue el debate por la preservación del salario real y un poco más allá, aquél viejo ideal de la redistribución progresiva del ingreso hace rato abandonado.

Este panorama no es demasiado diferente del que se arrastra hace 40 años.

Es que hace 40 años que “la política”, los partidos, han declinado – vaya a saber por qué – del compromiso de pensar y articular una propuesta transformadora del curso de estancamiento y declinación. En Argentina había 800 mil personas hace 45 años debajo de la línea de pobreza. Hoy son aproximadamente 13 millones. La población se duplicó. La pobreza se multiplicó por 16.

El PRO, ante este mega drama, es el gobierno de la “concepción administrativa o gerencial” en la que no cabe el concepto de transformación: en esa cultura la realidad está para ser administrada, para “acomodar” las cargas.

Como la realidad es el estancamiento, la propuesta PRO es administrarlo.

No hay ni habrá un planteo de desarrollo de las posibilidades, sino que – como “vivimos por encima de ellas”– debemos ajustar.

El PRO es “política punto O”. Aspiración del O fiscal y realidad de cero valor agregado. No hay error. El cero es lo mejor para quien no aspira a desarrollar las posibilidades. ¿Dónde hay un plan, dónde los instrumentos? Olvídelo. En cuatro años ni un atisbo.

¿Y los demás? Los economistas y dirigentes de la oposición navegan generalidades críticas. Nada concreto sobre qué hacer.

Si no surge con vigor una propuesta de dirección y herramientas de transformación, que es la responsabilidad de la oposición, para desplazar el debate administrativo del estancamiento, seguiremos en el proceso decadente que la explosión de la pobreza describe mejor que nada.

El silencio sobre la necesidad y la posibilidad del desarrollo aturde. Diez años sin crecer, compartidos en el obrar del kirchnerismo y el macrismo, no han sido suficientes para despertarlos.

La pobreza de la campaña electoral ya lanzada lo ha puesto en evidencia. ¿Podrán cambiar?

Se el primero en comentar en "POLÍTICA Y ECONOMÍA AL COMIENZO DEL AÑO"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*