SITIO DE MONTEVIDEO (1843-1851)

Montevideo, Uruguay

Luego de triunfar en la Batalla de Arroyo Grande (Pcia. de Entre Ríos), el ejército del general Manuel Oribe cruzó el Río Uruguay y se dispone a sitiar Montevideo.

El 7 de febrero de 1843, había arribado de Río de Janeiro, el comodoro Brett Purvis, Comandante en Jefe de las fuerzas británicas.  La continuación de la guerra, por Rosas, pese a las intimaciones del embajador Mandeville, lo hizo embarcar en la fragata “Alfred” de S. M. B., y venir.  Estaba resuelto a provocar los acontecimientos.  No era admisible que no se respetaran las veladas y otras veces muy claras, insinuaciones de acatamientos.  Purvis prestará con sus barcos, todo tipo de auxilio a los sitiados.  No será raro verlo pasear del brazo del general Paz, oírlo decir en las reuniones, que no permitirá que Oribe ocupe Montevideo.  Había tomado partido abiertamente por los unitarios y riveristas.  Lo cierto es que el comodoro de S.M.B. vio que había mayores intereses extranjeros que uruguayos en la plaza.  Y, sabía muy bien, que sin el apoyo de las escuadras de Francia y Gran Bretaña, no podrían resistir.  “¡Cómo iba a admitirse que Oribe pasara a degüello diez mil colonos franceses y seiscientos comerciantes ingleses!”.

Los ciudadanos franceses no se quedaron quietos.  La proximidad de las tropas de Oribe y sus enormes intereses en juego, les hizo temer por lo ya adquirido.  Un grupo gestionará ante el cónsul francés, que se discuta el problema.  Es conveniente saber qué pasos se habrán de dar.  En la segunda semana de febrero se reunieron.  El cónsul Teodoro Pichon, les dijo:

– “El código francés, priva de nacionalidad a los que tomen las armas al servicio de extranjeros”.

Seguidamente les dio a conocer un despacho de su gobierno, en el cual se informa que no era necesario que la población francesa se armase.

– “Si es preciso una intervención, para respaldar los bienes y las propiedades, el gobierno francés lo hará; con ese fin viene una fuerza al Río de la Plata”.

En la reunión se le manifestó que los acontecimientos que se desencadenaban rápidamente, requerían medidas urgentes.

– “Las hemos acordado con los demás cónsules y los distintos jefes de las estaciones navales”.

– “Cuáles, por ejemplo, M. Pichón” – dijo Etcher.

– “En primer lugar, todas las casas donde vivan franceses, enarbolarán la bandera tricolor…”.

– “No es suficiente…”.

– “Se le advertirá al enemigo y se le recabará la inviolabilidad de las personas y los bienes franceses en Montevideo”.

– “Si todos los gobiernos hacen la misma reclamación, la inmensa mayoría de las casas se librarán del bombardeo”.

– “Los hombres del tirano Rosas no podrán andar eligiendo”.

– “Nuestras naves –dijo Casenave- deben defendernos efectivamente, M. Pichon…”.

– “Los buques franceses y esto lo digo –agregó el Cónsul- con suma reserva, no podrán disponer del armamento ni las municiones suficientes”.

– “Creo que pese a todo, sería conveniente –dijo Echer- que todos nos armáramos”.

Se nombró seguidamente una comisión que estableció los lugares de reunión de los franceses en caso de peligro.  Tres eran cuarteles de marinos; los restantes fueron la barraca de Duplessi, la fonde de Himonet, lo de Cavaillon, la cancha de pelota de Cazenave, lo de Recaete, la panadería de Rovillar y la cancha de pelota de Capendegui.

Los ejércitos de la defensa

Para demostrar su fuerza y la disciplina lograda, así como el grado de preparación, el general Paz hizo desfilar a la totalidad de su ejército por la calle Real del Mercado (hoy 18 de Julio) y otras calles importantes.  Dos días después, por la tarde se realizó una parada militar en la calle principal, casi hasta la plazoleta de la barraca de Estévez.  Comandaba las fuerzas el general José M. Paz, acompañado de los generales Rufino Bauzá, Tomás de Iriarte y el jefe del Estado Mayor coronel Correa.  El Ministro Guerra Melchor Pacheco y Obes acompañado de autoridades civiles y militares, recorrió la línea de Defensa.  El pueblo de Montevideo se había agolpado a observar el espectáculo.  Las calles, veredas y azoteas, ventanas y puertas, hervían de curiosos.  Las bandas militares ejecutaron los compases del Himno Nacional uruguayo.  Se escuchó con unción y patriotismo:

Orientales, la patria o la tumba

libertad o con gloria, morir…

El ministro de Guerra comenzó entonces la entrega de la bandera a cada cuerpo.  La recibía cada comandante.  Eran 10 batallones: tres de Guardias Nacionales, 5 de Líneas, el “Unión”, “Libertad”, “Matrícula” y la Legión Argentina comandada por José María Albariño.  Los cuerpos que estaban de servicio esa tarde, recibieron el pendón al otro día.

Desde la Fortaleza del Cerro de Montevideo, se comunicó al gobierno que se divisaba a pocas jornadas, las fuerzas de Oribe que habían comenzado a moverse desde el Canelón Chico.  Evidentemente se disponía llegar hasta el Cerrito de la Victoria.

Se ordenó de inmediato cubrir la línea de defensa con los 4.000 hombres que se contaban.  Las guardias sin alojamiento, debieron permanecer a la intemperie el día y la noche.  Esta movilización, les permitió constatar deficiencias y fallas.

Las fortificaciones no estaban concluidas.  En el costado sur, en las proximidades del cementerio, no se habían finalizado los muros ni las zanjas.  El espacio se cubrió con la Guardia Nacional.  Se ordenaron nuevas demoliciones de cercos y casas.  No se andaba con más contemplaciones.  Los ladrillos y los escombros, sirvieron para la construcción de muros.  Era un extraño espectáculo, ver largas filas de soldados “boleando” ladrillos, de mano en mano.  La Guardia Nacional, sin excepción de clase hizo el trabajo.  Se adelantaron las líneas defensivas.  Otras aberturas se cerraron con palos y coches en desuso.  El peligro aumentaba la diligencia y el ingenio.  Al llegar la noche se hizo tensa la situación.  Las guardias estaban en permanente alerta.  Se temió un rápido avance nocturno.  Nadie sabía por dónde podría llegar.

– “¿Y si las vanguardias se adelantaran para probar fortuna?”.

– “Las rechazaríamos”.

– “Los muros son débiles, la línea no está concluida; hay muchas aberturas.  Montevideo no puede resistir”.

A ese desaliento se le unía las “correveidiles” que los “embozados federales” hacían correr, sobre el poderío incontenible del ejército de Oribe.  La presencia de los federales orientales y argentinos, iba sin duda a llenar a más de uno de pánico.  El ambiente que se percibía era muy dubitativo.  Imposible de precisar.  El Comandante General, decidió entonces pulsar la situación.  Era necesario saber hasta qué punto respondería la ciudad, una vez que asomaran las huestes “oribistas” sobre el lomo de las cuchillas.  A las 10 de la noche, el general Paz hizo tocar “generala”.  A las 11 pasó revista.  Todos estaban en sus puestos.  Cientos de voluntarios se presentaron espontáneamente.  Unos para compartir la lucha, otros para guardar el orden, los más para vigilar sorpresas.  Entre ellos, se presentó Juan Pablo López, el ex gobernador de Santa Fe, con tercerolas y espadas.  Lo acompañaban sus dos ayudantes.  Los coroneles argentinos Isidoro Suárez y Manuel Saavedra, también se hicieron presentes.

El general Paz pudo decir entonces:

– “La falsa alarma puso de relieve la decisión y el entusiasmo de los defensores”.

El espíritu de lucha salió robustecido.  “Era excelente”.  Al general López se le confió el comando de izquierda de la línea.

Oribe inicia el sitio

Los partes “del Vigía”, iban mostrando el avance de las fuerzas federales.  A las 9 se tocó generala.  De nuevo el ajetreo de la noche.  Pero esta vez no era falsa alarma.  La expectativa aumentó.  La mañana era hermosa.  Los edificios llenaron sus azoteas de gente.  La plaza de la Cagancha, el punto más dominante de la ciudad se apuñó de espectadores.  La tensión nerviosa no se distendió.  Por el contrario.  A las 11 de la mañana, por un terreno lleno de quintas, bosques, calles cortadas, cercados, portillos y zanjas, se vio el primer tropel de las vanguardias.  Coronando el Cerrito de la Victoria se ubicaron dos centinelas.  A las 4 de la tarde, después de setenta y dos días de marcha, una columna de infantería con 6 piezas, desplegaban a la muy suave brisa sus banderas.  La vanguardia formó sobre sus laderas.  Una salva de 21 cañonazos anunció la iniciación del sitio.  Desde la rada exterior, respondió la escuadra de Brown, con igual cantidad de tiros.

“El ejército de Rosas está delante de esta capital –expresa un decreto-.  El Gobierno cuenta con el patriotismo de sus habitantes: reposa en él y en la victoria”.

La tarde del 16 de febrero de 1843, tocaba a su fin.  La poderosa columna, ante el asombro general, comenzó a retirarse.  Poco a poco el Cerrito se fue despoblando de soldados.  No hubo otro comentario en Montevideo.  Al caer la noche los defensores estaban con las armas en la mano, indecisos, pero dispuestos a la defensa, junto a los muros.  Se aguardaba impaciente.  Había dispuestas 8 baterías.  Los cuerpos de los reservistas estaban colocados sobre la calle Real del Mercado (18 de Julio).  La caballada pronta con sus arreos, “a la rienda”.  La guardia activa y vigilante.  Sólo se oía su voz:

– “Alerta”… y la respuesta inmediata: “Alerta, está”.

Al llegar la media noche, la expectativa se hizo más intensa.  Aumentaba.  Y con ella, la nerviosidad.  El general de Armas recorría de una a otra punta la zigzagueante línea.  En el puerto, la vigilancia se centraba en las naves de Brown.  Los cañones del fuerte de San José a la entrada, apuntaban celosos en dirección de la escuadra federal.

Pasó la noche tranquila de acciones, pero de gran nerviosismo entre los sitiados.  Al asomarse el sol del 17, no se distinguía desde la ciudad, un solo cuerpo de los ejércitos federales.  La enorme tensión vivida, y el no saber qué actitud asumir, obligó al general Paz a realizar una salida con una columna de caballería.  Fue a la orden del coronel Faustino Velazco.  Los de Montevideo, llegaron hasta las proximidades del Cerrito, sin topar con hombres de Oribe.  Un nuevo cuerpo, al mando de Marcelino Sosa, avanzó con orden de sobrepasar el promontorio del Cerrito.  Al aproximarse a lo de Casavalle, vio que venía a su encuentro un fuerte contingente, desprendido del ejército federal.  Sosa se afirmó sobre sus estribos y se dispuso ir al choque.  Lanzas y sables fueron las armas de este primer encuentro.  Sosa cargó.  Su lanza era temible.  Guapea entre los federales de Oribe, volteando y dispersando hombres.  Logra “encerrar” algunos, que lleva triunfante a la plaza, a todo galope, pues otra fuerza viene en su persecución.  No es cosa de pasarse de valiente y que le “pialen” lo poco que se ha logrado.

El grueso del ejército sitiador comienza a instalarse en la falda sur del Cerrito y sus alrededores.  Los hombres andan en grupos por las inmediaciones del Monte de los Olivos y en la casa quinta del vasco Chopitea, en cuyas proximidades instala el brigadier general Manuel Oribe, su Cuartel General.

El vencedor de Arroyo Grande, aún a caballo, mira desde la cumbre y disfruta.  La eminencia, no excede sobre el nivel del mar, cuarenta metros, y apenas más de media legua lo separa de la ciudad.  Desde ahí se ve Montevideo, pintoresca y hermosa, hundiéndose por un extremo en el anchuroso mar, salpicado de naves de todos los tamaños y velámenes; por el otro seis o siete caminos de tierra que se abren paso entre el verde campo, cruzando con un puente algún que otro arroyo que interfiere su andar.  La ciudad se despliega bella, radiante.  Edificada en una península envidiable geográficamente.  La Matriz, con sus dos torres y su media naranja de azulejos, con cierto aire de mezquita.  Los miradores de la casa, que avisaron en su tiempo, indios, piratas y montoneros, avisan hoy su presencia.  La zigzagueante línea defensiva, está vista de allí terminada con una serie de cañones de diversos calibres, y hombres armados dispuestos en toda su extensión y en las pocas baterías que atalayan distintas alturas.  Las azoteas están enracimadas de gente.  Alguna que otra volanta rezagada, acompañada por jinetes, entra por el abierto portón.  Todo lo ve Oribe.  Todo lo siente.  Desde ese día, el presidente será el Gobernante del Cerrito.  Con altibajos, permanecerá allí hasta octubre de 1851.  Durante nueve años será Montevideo sitiado.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Portal www.revisionistas.com.ar

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