BENITO HORTELANO

Benito Hortelano (1819-1871)

Nació en la localidad de Chinchón, a unas seis leguas de Madrid (España), el 3 de abril de 1819. Era hijo de Juan Hortelano y Josefa Valvo. Después de intentar el aprendizaje de diversos oficios, pasó al de las artes gráficas, a la par que por su propia cuenta, iba perfeccionando sus conocimientos de gramática, redacción y matemáticas.

Una vez establecido en Madrid, con imprenta propia y como editor, publicó diversas obras históricas, literarias y científicas, así como folletos de contenido político. Entre esas producciones se destacaron una biografía del general Espartero, cuyo denodado defensor fue Hortelano, y unas memorias del general García Camba sobre la pérdida del Perú hasta la batalla de Ayacucho. Además publicó los periódicos políticos “El Observador” y “El Tío Camorra”, que constituían la pesadilla del general Narváez y sus partidarios.

Su actuación política no se limitó al periodismo. También formó parte de la comisión que fue a pedir a la reina Isabel II el retorno a Madrid de Espartero; por otra parte, poco antes de su huida a París –desde donde pasó a la Argentina-, había sido él, el descubridor de un complot dirigido contra la vida de la soberana, debido a ello, fue propuesto para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, orden que sólo muy raras veces se da a los civiles. Pero sólo en 1856, cuando ya se hallaba desde hacía algunos años en Buenos Aires, se confirmó el otorgamiento de la valiosa condecoración.

En 1849, -cuenta Benito Hortelano en sus Memorias- mientras se encontraba exiliado en Burdeos, vio a unos vascos “cubiertos de boina y poncho” que tenían muchas talegas de oro:

– ¿De dónde vienen ustedes?

– De Buenos Aires, señor.

– ¿Qué tal país es aquél?

– Magnífico, señor: es la tierra de promisión.

– ¿Qué tiempo han estado ustedes allí?

– Cinco años, y hemos ganado 20.000 patacones entre los tres.

– ¿Pues, en qué se han ocupado ustedes?

– En los saladeros, friendo grasa y desollando reses.

– Pero en ese oficio cómo han podido ganar en tan pocos años esa fortuna?

– Como que ganábamos cinco y seis patacones diarios, que es el precio que allí se paga a los peones…

La palabra de los vascos habían producido en nosotros el mismo efecto, y todos íbamos pensando la misma cosa….si unos hombres toscos, que no conocían el idioma, que no tenían un oficio ni una industria, conocimiento en los negocios y una inteligencia nada vulgar?…Quedó decidido el viaje a Buenos Aires.

Llegó al puerto de Buenos Aires el 31 de diciembre de 1849, iniciándose como tipógrafo, y luego como socio de José María Arzac, editor del “Diario de Avisos” (1849-52), que por entonces redactaba José Tomás Guido. Separado de Arzac, al poco tiempo, fundó con Manuel Toro y Pareja “El Agente Comercial del Plata” (1851-52), periódico político que ensalzaba la obra de Juan Manuel de Rosas y atacaba a Urquiza hasta la batalla de Caseros en que se puso al servicio de este último. Dicho periódico cambió de nombre, y el 1º de abril apareció bajo el título de “Los Debates”, siendo redactado por el coronel Bartolomé Mitre. Esta hoja nació con tal insólito éxito que “todo el público corrió a suscribirse al diario de moda, y a fe que lo merecía, porque fue un diario como no ha habido otro ni después ninguno lo ha igualado…”. Pero también fue cerrado por Urquiza.

En 1851 Hortelano puede decir: “¿Qué me importaba España ni los recuerdos de Madrid, ni mi antigua posición, si aquí en Buenos Aires, en menos de dos años me había labrado una nueva y se me abría un brillante porvenir?

Por la misma época dio a luz una revista de corte combativo y satírica: “La Avispa”, en que se propuso “dar palos a unos y a otros” y “revelar secretos sin dañar a nadie en su lenguaje ni ultrapasar los límites de la vida privada…”. Parece que el general Urquiza no compartía su criterio periodístico, pues allá por el 20 de junio llamó al cónsul de España para que aconsejara a don Benito cesar en su propósito corrector. Don Benito accedió, pues aunque había sido exiliado de España por sus simpatías republicanas, se mantenía íntimamente adicto a su representante oficial. No en vano era el jefe virtual de la colectividad hispana en Buenos Aires, fundador -con Vicente Rosa, Francisco Gómez Diez y José Miguel Bravo- de la primera institución que la agrupó. Asimismo publicó “El Español”, primer periódico que defendía los intereses de la colonia peninsular en la República.

Como sus actividades periodísticas no fueron afortunadas, probó suerte entonces, como negociante de libros. Un lote de éstos, que había recibido de Ignacio Estivill y Boix, de Barcelona, le sirvió de plantel originario del depósito establecido en la calle México Nº 84. Poco después, a fines de 1852, fundó la librería “Hispano Americana” en la calle Santa Clara (hoy Alsina) Nº 103. Era, como él mimo lo recuerda en sus Memorias, la librería de moda, y la más grande y ordenada que había en Buenos Aires. Tenía un salón “con vista a la calle, de 50 pies de largo por 15 de ancho, con una línea de estantes de nueve paños”, y encomendó a Madrid las novedades de la hora, más de dos mil ejemplares del Semanario Pintoresco.

Se proponía extender sus actividades al Paraguay –porque nadie había llevado el artículo libros a esa república-, y además inició aquí la edición con un núcleo inicial de 420 suscriptores de la Historia de España, de su compatriota Modesto Lafuente y Zamalloa, recién comenzada a publicarse en Madrid, donde llegaría en el término de 19 años a nada menos que 29 volúmenes. No preveía los contratiempos del transporte, en días en que “los habitantes de Madrid tienen las mismas noticias de estos países que de China, ignorando hasta el modo cómo habían de mandar la correspondencia…”. Las remesas tardaron muchísimo en llegar, y cuando ello ocurrió ya se le habían adelantado obras de más apasionante condición. Propagandista de la literatura de España contribuyó a divulgar por primera vez, entre nosotros, los ejemplares de la famosa Biblioteca Universal que editaba en Madrid, Angel Fernández de los Ríos.

A su librería, anexó más tarde, un taller de imprenta, con la prensa y tipos que adquirió en Uruguay a Jaime Hernández. Publicó entre otros libros, la primera parte de la traducción que hizo Justo Maeso de la obra de Woodbine Parish, Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata. Esta fue la mejor edición de sus prensas aparecida en 1852, con notas y apuntes del traductor, un mapa y los retratos de Alvear, Rivadavia y Lavalle. La obra la completaría, al año siguiente, el Carlos Casavalle, con los retratos de San Martín y Urquiza.

No pararon allí las tribulaciones de Hortelano. Arribada a nuestras playas la corbeta de guerra española “Luisa Fernanda”, los oficiales le pidieron en préstamo algunos libros, y a don Benito no se le ocurrió nada mejor que enviar entre ellos los Viajes por Europa, América y Africa, que había escrito un publicista hispanófobo llamado Domingo Faustino Sarmiento. Poco después nuestro librero fue reclamado oficialmente por el comandante de la nave, quien, entre bromas y veras, lo condenó a 25 azotes encadenado a un cañón, por haber introducido bajo el pabellón de Su Majestad Católica “un libelo difamatorio de la nación española”. La pena le fue conmutada mediante la promesa de “todos los oficiales de batirse, uno a uno, con Sarmiento dondequiera se hallase” y el compromiso de Hortelano de costear una respuesta al “genial” escritor, surgiendo así un panfleto hoy tan mentado como poco leído. De su editorial salió entonces, el sensacional Sarmienticidio, de Villegas, titulado “A mal sarmiento, buena podadora” en una edición de 500 ejemplares que se agotaron en pocos días. El mismo no impidió que el versátil señor Hortelano, dedicara a aquél una biografía altamente encomiástica en su revista “La Ilustración Argentina”, cuyo primer número vio la luz el 11 de setiembre de 1853, y es el primero, en orden cronológico, de nuestros periódicos ilustrados. Es, también, una revista que lo honra, y acogió en sus páginas las mejores colaboraciones que le ofrecía nuestro país y también algunas extranjeras. Mitre publicó allí su Robinson Americano, Hilario Ascasubi, Juan Agustín García, José María Gutiérrez y Manuel Augusto Montes de Oca formaron el cuerpo de redacción permanente de “La Ilustración Argentina”, y el prestigio de ella emanado sirvió, sin duda, a don Benito para salvar su negocio de librero convirtiéndolo en la primera biblioteca circulante con que contó el país.

En 1854, fundó el Casino Bibliográfico, bajo la presidencia de Mitre, y una comisión compuesta por Rufino Elizalde que hacía de secretario, Antonio Pillado y Antonio Cruz Obligado. La idea fue calcada de otra que creara, con el título de “La Publicidad”, el luego famoso editor Manuel Rivadeneyra. Hortelano mismo nos relata detalles de su empresa. “El capital social era de 1.000.000 de pesos, dividido en 1.000 acciones de 1.000 pesos cada una; el pago de las mismas era en veinte meses, a cincuenta pesos cada una, 600.000 pesos eran destinados a libros para la sociedad, y 400.000 en efectos de librería y escritorio mientras los socios tenían opción al capital, las utilidades y la lectura de los libros…”. Este centro de intelectuales de la época duró poco tiempo, pues las urgencias de la guerra en la ciudad sitiada impidieron la propagación de la anunciada biblioteca a domicilio.

Posteriormente, Hortelano hizo construir el teatro “El Porvenir”, encargándose de traer a Buenos Aires algunas compañías dramáticas españolas con actores de nombradía para la difusión del buen teatro.

No cesó de fundar periódicos. En 1859, dio a las prensas “Las Novedades”; en 1861, “El Eco Español”, y luego en 1863, “La España”. Compuso y publicó en 1861, un Manual de tipografía para uso de los tipógrafos del Plata.

Cuando ya llevaba diez años de permanencia en el país don Benito empezó a escribir el libro de su vida como las experiencias recogidas, y siguió trabajando en él hasta su muerte. La fiebre amarilla que se desencadenó sobre Buenos Aires, llevó consigo al esforzado trabajador, y el libro desapareció sin dejar rastros.

El año 1871, lo halló plenamente entregado a socorrer a sus compatriotas víctimas del terrible flagelo. Fundó un Hospital Español, pero el 13 de marzo de ese año, él mismo fue presa de la epidemia, y murió en esta ciudad.

Sesenta y cinco años después de su desaparición, en 1936, fue hallado su libro de Memorias, y publicado en Madrid, por la casa editora Espasa-Calpe. Las memorias de este interesante personaje, son un cuadro completo de la historia de España en la primera mitad del siglo XIX y de veinte años de la vida argentina. En los capítulos referentes a nuestro país nos presenta Hortelano el ejemplo típico del emigrante español que entreteje íntimamente con su vida individual la empresa de realzar a su patria en el país extraño. Escrita con sencilla prosa es un libro donde desfilan hombres y momentos históricos juzgados con inteligente vivacidad.

Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1971).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Hortelano, Benito – Memorias – Ed. Espasa-Calpe, Madrid (1936)
Portal www.revisionistas.com.ar

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