PAULINO ORIHUELA

Coronel Paulino Orihuela (1778-1887)

Paulino Orihuela nació en Atiles, en los Llanos de arriba, en el año 1778, sus padres fueron José Orihuela y Paula Rivero de quienes nacieron sus hermanos, José Gregorio, Juan Eugenio, María Francisca y María Antonia. Paulino Orihuela se casó con Ana Victoria Bazán con quien tuvo una familia numerosa Félix José y José Felipe, mellizos, Mauricio Patrona, Juan Francisco, Libertato, Elías, Tomasa Rosa, Catalina y Fidela hija natural.

Atiles, su terruño natal, quedaba al este de la Merced de la Hediondita, y era lugar de los puestos ganaderos de don Prudencio Quiroga, que poseía 2.000 cabezas de ganado y que era padre de siete hijos, entre ellos, el quinto Juan Facundo.

En el región, cuya cabecera era Tama, había familias notables, ligadas entre sí por trabajos y compadrazgos, como los Sánchez y Bazán en Tama, los Peñaloza en Malanzán; en 1804 Nicolás Peñalosa tenía 5.000 cabezas de ganado; los Ocampo, los de la Vega, los Argañaraz en Minas; recordemos que la madre de Facundo Quiroga era Rosa Argañaraz, los Quiroga en San Antonio, los Ontivero de Catuna, los Orihuela en Nacate.

Era una pujante región con hombres pujantes. El algarrobal no había sido talado por el progreso y las fortunas se consolidaban con el trabajo de un modelo familiar basado en la autoridad paternal.

En 1813, Prudencio Quiroga, el padre de Facundo lo designó alcalde de 2do voto en La Rioja, fue el notable ingreso de los llanistos a la corte de la aristocracia riojana controlada por unas pocas familias tradicionales, dueñas de feudos y tierras “de pan llevar•, en los valles fértiles y con riego del oeste, como los Dávila, los Villafañe, los Gordillo, los del Moral, los Brizuela y Doria, los Ocampo.

Ya por entonces, los Quiroga contribuían con ganados a los ejércitos de la Patria y construían un prestigio familiar que fue reconocido por el director de las Provincias Unidas del Sur.

Paulino Orihuela era hombre de confianza de los Quiroga y conducía desde Los Llanos los toros y mulas a Tucumán, donde estaba acantonado el Ejército del Norte, que conducía el general Manuel Belgrano, tan venerado por los norteños, a quienes se llamaban “arribeños”, los hijos de las provincias de arriba. Ya en 1815, la orden era proveer de animales en pie a un nuevo general que se instalaba al sur, en Mendoza. Se llamaba José Francisco de San Martín.

El general San Martín era un hombre singular. Trabajaba día y noche, comía parado en la cocina, escribía cartas organizando todo, tenía una disciplina recta, una mirada oscura y brillante, una piel de toba; tocaba la guitarra como lo aprendió de joven en España, leía sus 800 libros que atesoraba, amaba a sus hombres.

Fue formando un ejército como nunca se había visto. Sus hombres también lo respetaban y querían. Los talleres forjaban espadas y cañones. La Rioja enviaba pólvora, aguardientes, vinos, charquis y animales en pie.

Y allá iba Paulino Orihuela, llevando las tropas desde Los Llanos de Arriba hasta El Plumerillo, en Mendoza, 800 kilómetros cabalgando entre cuestas, quebradas y llanuras saladas. El marucho iba adelante tocando el cuerno, más atrás los llanistos anónimos con las picas, los perros, las arganas con comidas, los odres con vinos y los chifles con agua. Veintidós días de viaje cada arreo.

En algunos viajes Io acompañaba Facundo, diez años más joven, y que había conocido al general en Buenos Aires, en el regimiento de Granaderos.

En Enero de 1817, el Ejército de los Andes salió para cruzar enormes montes. Las fuerzas libertadoras cruzaron la cordillera por seis pasos: desde Mendoza por El Planchón. el Portillo y Uspallata; desde San Juan por Los Patos y Paso Guana; desde La Rioja por Paso de Come Caballos, más allá de Guandacol. El general San Martín cruzó por Los Patos.

El general había simpatizado con Paulino, un criollo puro que llegaba siempre desde Los Llanos, serio, callado. Sabía que tenía muchos hijos y 40 años, como él. El general sólo tenía una nenita y su pequeño varón había muerto. Y el general lo convenció para que cruzara a Chile ese verano.

Lo necesitaba. Había que conducir hombres, animales, carretas cargadas y llevar ideas libertarias. Para conducir hombres estaban Las Heras, Soler, O`Higgins; para transportar cajones y municiones, el fraile Beltrán y Álvarez Condarco. Para arrear los díscolos guampudos, las mulas cargadas y los caballos de combate, en contacto con éstos, iba un silencioso riojano, Paulino Orihuela, conductor de arrías, hombre de los Quiroga.

Para prender fuego con ideas libertarias, iba Bernardo de Monteagudo, que había dado el alma a la Asamblea del año XIII: libertad en el vientre de los negros, no más instrumentos de tortura, no más títulos de nobleza…

La gran Patria americana los esperaba. Simón Bolívar, que venía en la historia por detrás de San Martín estaba azorado: cruzar los Andes con 5.000 hombres, triunfar en Chacabuco y Maipú, liberar a Chile … ¿Qué traían los provincianos unidos del Sur? Ese desconocido San Martín le recordaba a su ídolo Napoleón.

Nuestro Paulino Orihuela no volvió a Atiles. Siguió todas las peripecias del ejército libertador.

Estuvo con sus arreos en Chacabuco, en Santiago, en Maipú. Qué jarana esos chilenos … Cargó tropas en los navíos que conducía el pirata inglés lord Cochrane en el Pacífico.

Siempre con lazos y sogas, siempre con palos y aparejos … Había que salvar precipicios en las cordilleras, había que descargar guampudos desde los barcos, había que alimentar a las bestias que mugían, y también había que preparar asaditos a los jefes queridos.

La bandera de los Andes ondeaba con un sol ojudo y un gorro coya rojo. Y desembarcaron en el Perú. Había que ahorrar sangre americana, y en lo posible, no combatir. Debían convencer, decía el general. Convencer que el privilegio de unos pocos sobre la pobreza de muchos, acababa. Que la igualdad entre los hombres era la bandera. Que se podía recrear la nación de los cuatro suyos. Y Lima cayó. Y el fuerte del Callao cayó sin combate. … Y el pirata inglés se robó el tesoro del Callao.

Y el gobierno porteño de Rivadavia abandonó a las tropas libertarias. No habría apoyo alguno para el díscolo San Martín que se había negado volver a Buenos Aires y masacrar a las provincias del interior. La masacre de las provincias federales, en primer lugar La Rioja, le estaba reservada a Mitre y Sarmiento, y para ellos los monumentos y los lauros de la Historia.

San Martín, sin apoyo, se fue callado con su mirada brillante y su piel de toba. La guerra por la libertad da América la continuó Bolivar. Luego lo reemplazó el joven mariscal Sucre. A Sucre la tocó en suerte librar las últimas batallas de Junín y Ayacucho en donde no hubo olor a pólvora. Todo fue a sables y bayonetas. El olor era a arenas calientes empapadas de sangre americana. Coyas, negros, mestizos. Gloria a ellos.

Ya era 1824. Paulino había salido hacía ocho años de Atilas. El fin llegó. Entonces Paulino Orihuela volvió a Los Llanos de Arriba con sus cordones de coronel de Sucre. Nadie sabía nada de él. Pero en Atiles doña Ana Victoria manejaba la casa con timón de hierro, los hijos ya grandes, entre ellos Catalina … Facundo Quiroga lo veneraba. Paulino siguió participando en numerosos hechos de armas junto a Facundo, que ya era el hombre fuerte del interior de la Patria.

En 1831 fue nombrado gobernador de La Rioja para completar el período del gobernador García. Seis años después del asesinato da Quiroga, fue elegido gobernador da La Rioja en 1841. En 1855 fue miembro de la primera Convención Constituyente de la provincia cuando Urquiza y Alberdi intentaban organizar el país Federal.

Su mujer en Atiles. harta de un marido entretenido en guerras libertarias de América o gobernando una provincia pobre. le protestaba: “¡ Deje Ud. de perder tiempo y venga a levantar los zapallos!”.

En 1861 Paulino tenía 83 años de edad. El presidente Mitre y su ladero Sarmiento, después de la indefinida batalla de Pavón, decidieron poner en orden el país y crear la Nación Argentina. El orden era a sangre y fuego: “No ahorrar sangre de gauchos”. “Lo único que tienen de humanos estas bestias, es la sangre”. “Abonar la pampa con su sangre”. Slogans de la civilización.

Entonces llegaron rifleros porteños y orientales en los ejércitos de línea. En Los Llanos, el primero en levantarse ante la invasión centralista fue Lucas Llanos. Tenía 72 años. Vicente Peñaloza El Chacho, venía para setentón. También invitaron al coronel Orihuela a luchar de nuevo por la libertad.

Esto no lo dice la Historia, pero debió ser muy grande el honor de luchar contra los ejércitos porteños para que se levantaran los criollos viejos … Y cayeran para siempre. Paulino no entró activamente en esa guerra. Estaba viejo y cansado. Sin embargo, nuestra tradición familiar oral, lo recuerda, ya bien viejo, construyendo caminos, canales, represas.

También nuestra tradición familiar lo recuerda perdiendo la vista y recuperarla a los 100 años. Falleció en Malanzán, provincia de La Rioja el 11 de marzo de 1887 (1). La Historia nacional la escribieron los vencedores porteños, y ellos inventaron a su medida, un panteón donde colocaron a algunos centralistas como divinidades. Otros, la mayoría provincianos, fueron excluidos, olvidados o execrados.

Paulino Orihuela de Atiles, hombre de los Quiroga, soldado de San Martín, guerrero de la independencia durante una década, coronel de Sucre, gobernador de La Rioja y viejo constructor de caminos y canales, un orgullo de los llanistos, nunca tuvo reconocimiento alguno. Sólo la ignorancia y el silencio vivaquean sobre su tumba incierta.

Mediante la Ordenanza Nº 4671 del 12 de mayo de 2010 se aprobó en la sesión del Concejo Deliberante de La Rioja otorgar el nombre de “Coronel Orihuela” a una calle del barrio de la Quebrada.

Referencia

(1) Otra versión indica que falleció en 1892, a la edad de 114 años.

Fuente
Diario El Independiente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar

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