REPENSAR EL FEDERALISMO – DES-CONURBANIZANDO

Decía Juan Bautista Alberdi que el sistema de gobierno más adecuado a la realidad argentina era el representativo, republicano y federal y que la “voz federación significa, liga, unión y vínculo”. En Argentina, como los demás federalismos hispanoamericanos, se ha caracterizado por su falta de vigencia real. Nuestro federalismo es una ilusión.

Uno de los más serios problemas que afronta la Argentina y su sistema federal es, desde su adopción, el de la ineficacia. Por lo común, en la vida política actual se piensa esa ineficacia como una injusta distribución, desde el Estado nacional, de los ingresos que éste percibe por distintos conceptos hacia las provincias. Pero el sistema federal es mucho más que un esquema de distribución de recursos entre el Estado nación y sus provincias.

Pese a que nuestra historiografía liberal, e incluso algunos constitucionalistas, suelen señalar que el federalismo fue la manifestación de una “fuerza de disolución”, lo cierto es que fue lo contrario. El federalismo fue resultado de una tendencia de unificación protagonizada por entidades políticas independientes – como ciudades en 1810, y luego como provincias en 1820- donde se les plantean dos alternativas: ser una confederación, que les permitía preservar su independencia soberana, o una forma de Estado federal, con la que podían conservar diversas atribuciones soberanas pero perdiendo la calidad de Estados independientes. En esta última alternativa -por la que se decidió- las partes federadas se beneficiarían de una cobertura estatal fuerte sin perder autonomía en el manejo de las instancias soberanas no delegadas en el Estado federal.

A partir de la constitución de un Estado federal argentino en 1853, la historia del federalismo es la historia de la malsana relación de un conjunto de gobiernos provinciales con el gobierno nacional. Se trata de un vínculo que surge de una extinción y de un nacimiento: la extinción de la independencia soberana que nominalmente cada provincia poseía hasta entonces -con la excepción momentánea de Buenos Aires que la conservó hasta 1860- y el nacimiento de una nueva soberanía independiente, el Estado nacional argentino. Las provincias, si bien conservarán las atribuciones soberanas no delegadas al Estado nacional, perderán un gran porcentaje de sus autonomías.

La importancia que posee este enfoque de la historia del federalismo consiste en que hace posible advertir que sus fallas actuales no proceden sólo de la posible arbitrariedad de una de las dos partes de la relación, el gobierno central, sino también de la debilidad de la otra parte, la de las provincias unidas en el Estado federal. Comparadas con los Estados anglo-americanos en el momento de la independencia, las provincias rioplatenses poseían menos solidez institucional y mucho menor poder económico. En este último aspecto, aún Bs.As. estaba muy lejos, económica y demográficamente, de las principales colonias de América del Norte. Por añadidura, en el lapso que va de 1810 a 1853, la política económica capitalina amortiguó en unos casos y ahogó en otros, el desarrollo de otras provincias al hacer pesar sobre ellas -gracias en buena medida a las ventajas provenientes de su puerto-, las modalidades de su comercio exterior y de su control de la navegación de la cuenca del Plata. Esa política económica destinada a preservar los réditos de una ganadería anacrónica afectó también el desarrollo de la propia Bs.As. De modo que al lograrse la organización de un Estado federal, ni la Argentina estaba en condiciones de competir en el mercado internacional -al cual se incorporó como proveedora de alimentos y materias primas- ni las provincias, por su debilidad, estaban en condiciones de ejercer adecuadamente las atribuciones soberanas que se habían reservado.

A comienzos del S.XX el destacado jurista santafesino Rodolfo Rivarola (1908), fundado en el deficiente sistema federal del país, reclamaba su reemplazo por un régimen unitario que consideraba un sinceramiento acorde con la realidad política argentina. La defensa del federalismo, en respuesta a estas críticas, es realizada por otro notable jurista, José Nicolás Matienzo (1917), quien no convalida la fórmula centralista y propone una real mejora de nuestro deficiente federalismo. Estas famosas polémicas han mantenido larga vigencia como marcos analíticos para pensar el régimen federal, aún en nuestros tiempos.

La comparación con el sistema norteamericano era uno de los fundamentos del diagnóstico negativo realizado no sólo por Rivarola sino también por destacados intelectuales y políticos del S.XX. Y esa comparación es realmente significativa. Como sabían los teóricos políticos del S.XVIII las confederaciones tenían dos riesgos principales: la lucha de todos los Estados componentes entre sí, si no lograban consensuar una relación estable o, en el caso que el peso de uno de los Estados componentes excediese en mucho al de los demás, el sometimiento de estos. Pese a las sensibles diferencias de tamaño y recursos entre los Estados, en el caso norteamericano se logró prontamente un compromiso que les permitió abandonar la unión confederal y organizar su Estado federal. En lo que habría de ser la Argentina, en cambio, primero se rechazó la solución confederal y luego, adoptada en 1831 por la que había sido su principal antagonista, Buenos Aires, ocurrió lo previsto: el peso de Buenos Aires fue tan desproporcionado al del resto, que pudo prolongar esta suerte de confederación hasta 1853 y hacerla instrumento de su gobierno después.

Por otra parte, a diferencia de lo ocurrido en el caso de las ex colonias angloamericanas, el reemplazo de la confederación por el Estado federal argentino, si bien tuvo la forma de un acuerdo entre Estados soberanos, en realidad no fue producto de negociaciones entre ellos sino impuesto por un militar victorioso, el vencedor de la batalla de Caseros. El resultado al que se asistió luego de 1853, sería entonces el crecimiento del poder del gobierno central, merced sobre todo al instrumento de la intervención “federal”, frente a débiles Estados provinciales.

Los vicios de la política argentina tienen parte de sus raíces en esta anómala conformación del régimen federal. Muchas de las provincias padecerán las consecuencias de su debilidad frente al Estado nacional no sólo en cuanto a la distribución de los recursos, sino también por algo que en realidad es factor de esa debilidad: su deficiente desarrollo político. En suma, las fallas del régimen representativo y del federalismo a partir de 1853 no deben considerarse sólo con referencia al Estado nacional, sino fundamentalmente como efecto de la debilidad institucional de las provincias…y ni siquiera la reforma constitucional de 1994 pudo revertir esta situación.

Reconstituir el sistema federal de gobierno implicaría un salto cualitativo institucional, su inmediata consecuencia sería el desarme de la centralidad de las corporaciones empresarias y el absorbente poder de Buenos Aires, que impiden con su egoísta accionar, la necesaria Justicia Social para nuestras provincias.

Mar del Plata, domingo 20 de marzo del 2019

  • DES-CONURBANIZANDO

Nuestro continente América tiene una población de un poco más de mil millones de habitantes, dividido en 35 países. De este conjunto de países solo 8 superan los 20 millones de habitantes.

Argentina tiene algo más de 44 millones, de los cuales 3 millones y algo más viven en Capital Federal, y en el Conurbano bonaerenses 11 millones. El presupuesto para 2019 en provincia de Bs.As. es de casi 930 mil millones de pesos. En capital federal es de 340 mil millones de pesos.

Con sus casi 17 millones de habitantes la convierten en el territorio más poblado del país, aunque con una distribución demográfica muy desigual entre el Conurbano y el interior provincial. En el Conurbano vive el 63,4 % de los bonaerenses, mientras que el resto del territorio agrupa al 36,5 (5.708.369 de pobladores. General Pueyrredón cuenta con casi 1 millón cien mil habitantes).

El PBI de la provincia es de 570.564 millones de dólares algo así como el 67.5 % del PBI de Argentina. El crecimiento es del 12.3% encima de la media de Argentina. La provincia tiene el mayor número de establecimientos industriales del país.

La densidad poblacional de la Provincia en relación a sus 304.907 kilómetros cuadrados de superficie territorial, es de 51,2 habitantes por kilómetro cuadrado. En el Conurbano es de 2.360 habitantes por km cuadrado. Representa el 1% de la superficie de la Argentina y el 2% de la provincia de Bs.As.

Un 33,8 % de los habitantes de la provincia no son provenientes de la misma. 3 918 552 son migrantes internos, provenientes de otras provincias del país, y 758.640 son extranjeros. De dichos extranjeros, el 58 % proviene de países limítrofes de la Argentina, principalmente Paraguay, Bolivia y Uruguay, mientras que un 42 % es originario de países extracontinental, en especial de Italia y España.

El 35% de los electores habilitados para sufragar viven en el Conurbano.

El Conurbano aporta seis de cada diez nuevos pobres. El flagelo ya alcanza al 31,9% de sus habitantes. La precarización laboral y salarial, el desempleo y el impacto de la recesión sobre la industria, son los principales motivos.

En la provincia de Bs.As. hay 3.876.553 menores de 15 años; 3.797.893, de entre 15 y 29; 5.622.031, de entre 30 y 59; y 2.328.607 con 60 o más años. La deserción escolar se ha ido incrementando en los últimos años.

El conurbano es una olla de presión a punto de explotar. No ha sucedido antes por que el accionar de los predicadores evangelistas, nuestros sacerdotes y obispos, las ONG y los movimientos sociales, la economía informal, el contrabando, el narco y el narcomenudeo, el empleo público (del que vive una gran parte de nuestros habitantes), de alguna manera vienen retrasando el estallido de dicha olla.

Se ha llegado a esta situación por un SOLO Y ÚNICO FACTOR: los malos dirigentes políticos, y en particular por TODOS los INTENDENTES. Hay un solo dirigente que podríamos dejar al margen, que es ANTONIO CAFIERO.

Cafiero, siendo gobernador de la provincia de Bs.As. nos propuso REFORMAR la CONSTITUCIÓN DE LA PROVINCIA, permitiendo que sus Municipios obtuvieran su tan ansiada AUTONOMÍA MUNICIPAL, con sus propias Cartas Orgánicas (reclamo que viene desde los tiempos de Dorrego y Esteban Echeverría, Sarmiento y Leandro Alem. Quien la suprime fue Bernardino Rivadavia como exigencia para obtener el préstamo con la banca inglesa Baring Brother). Pero todos trabajaron en contra.

Para los Intendentes es más cómodo administrar los recursos que le manda La Plata que generarlos.

La autonomía municipal es la capacidad con la que cuenta el Municipio para auto-regularse, planificar su política, tener capacidad de obtener recursos con independencia del poder central, y dictar sus propias normas. Es decir, así como el Estado Federal y las Provincias se rigen por una Constitución que ellos mismos crean o modifican, en el caso de los Municipios, la autonomía, es la capacidad que posee el Estado Local para dictar su propia Carta Orgánica.

En la Provincia de Buenos Aires los distritos no son autónomos, están regidos por un Dto.-Ley de la DICTADURA MILITAR de 1958, la Ley Orgánica de las Municipalidades, con modificaciones en las cuales NUNCA participó o participaron los Municipios.

Ello va a contramano de lo que dispone la Constitución Nacional en su artículo 123°: “Cada provincia dicta su propia constitución, conforme a lo dispuesto por el artículo 5° asegurando la autonomía municipal y reglando su alcance y contenido en el orden institucional, político, administrativo, económico y financiero”.

Los convencionales de 1994, que modifican la constitución bonaerense, no trataron el tema. Ellos atentaron contra la posibilidad de que los Municipios construyan su propia reglas de convivencia, su organización comunal y sus propias reglas burocráticas y políticas para efectivizar su objetivo principal: generar desarrollo con justicia social, junto a un modelo de desarrollo nacional, para que este se pueda profundizar en todos los ámbitos y resolver los principales problemas de nuestros pueblos y los desequilibrios de nuestra provincia.

Los Municipios deben constituirse en un agente activo, con capacidad para producir bienes y servicios locales, generando información y capacidad técnica para implementar programas nacionales y provinciales, y principalmente, los propios.

No decimos que la AUTONOMÍA y las CARTAS ORGÁNICAS sean la salvación de nuestra provincia, pero sí que la falta de autonomía y la tendencia a esquemas burocráticos y centralistas ya son totalmente obsoletos, empeoran aun más la situación descripta anteriormente; porque la posibilidad real de promover nuevos modelos de gobiernos y nuevos esquemas de gestión pública para enfrentar nuevos desafíos es prácticamente nula en la actual modelo político bonaerenses.

Para que se entienda, la paradoja principal es que: usamos la misma Ley Orgánica de las Municipalidades para un Municipio como Pila con 2613 habitantes, con actividad agrícola-ganadera, que La Plata o La Matanza con 2 millones de habitantes.

Mar del Plata, domingo 17 de marzo del 2019

Gotte Luis

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