BIENESTAR Y MALESTAR

Durante la vigencia plena del modelo de política económica y social, que fue la realización en la Argentina de la visión del Estado de Bienestar (1944/1974), el Gasto Público y la Presion Tributaria orillaban el 20 por ciento del PBI. En síntesis, la mitad de lo que hoy representa el Sector Público en la economía nacional.
Ese Estado más pequeño, la mitad, que el actual – a pesar que aún el sector público administraba la mayor parte del transporte, de la energía, de los servicios de salúd y de educación – era compatible con: mínima deuda externa, toda ella con Organismos Internacionales; mínimos de desocupación y pobreza y del Coeficiente de Gini; record de Ingreso per Cápita respecto de los desgraciados siguientes 20 años; transformación industrial exportadora; y una tasa intercensal(1964 -1974) de expansión de la industria del 7 por ciento anual acumulativo.
Para entonces, al igual que a principios de Siglo XX, nuestro PBI por habitante representaba el 75 por ciento del de Australia; y durante esos 30 años el PBI por habitante creció exactamente al mismo ritmo que el de la economía estadounidense.
El Estado de Bienestar era, en definitiva, “barato” en términos fiscales (20 por ciento del PBI) que significa una menor, mucho menor, presión tributaria que lo que ocurrió en las siguientes cuatro décadas.
Para el lector que se haya sorprendido con esta información y para anticiparme a cualquier crítica sobre eventual “lectura parcial”, utilizaré la información producida por dos economistas que hoy pertenecen a la corriente liberal que es el núcleo de la crítica acérrima de las políticas del Estado de Bienestar que estamos describiendo. Martín Lagos y Juan Llach, este último uno de los principales autores y ejecutores del programa de Convertibilidad del menemismo, nos ofrecen un cuadro estadístico en el que señalan “las etapas del desarrollo de la Argentina respecto del mundo avanzado”. Ellos establecen siete etapas y, de ellas, la de mayor crecimiento del PBI por habitante desde 1870 y hasta 2008 fue la de 1963/1975 (3,32 por ciento anual) superior largamente a la segunda que fue la de 1870/1910 (2,72 por ciento anual). La expansión de 1963/1975 fue, además, superior a la tasa anual de crecimiento de los paises avanzados. Obviamente datos que refutan hasta el hueso el discurso instalado por los comunicadores de la campaña PRO.
Es decir, la medida económica descriptiva del pasado – el PBI por habitante – puesta en blanco y negro por los críticos de ese período, confirma que dentro de la época del Estado de Bienestar se produjo un récord de actividad y progreso económico. (“Claves del retraso y del progreso de la Argentina” Temas, 2011, pag. 31)
Hacia fines de los 60 del siglo pasado, ese modelo de funcionamiento de la economía y de la sociedad argentina comenzó a ser cuestionado por grupos armados que predicaban la “revolución para el socialismo nacional”.
Eran grupos guerrilleros, urbanos y rurales, de distinto orígen ideológico, pero todos inspirados en la epopeya de la Revolución Cubana. Anhelaban replicar aquellas luchas y a importar el socialismo suponiendo que, a pesar de los datos de la economía y la evidencia que lo negaban, estaban dadas las condiciones económicas y sociales “prerevolucionarias”.
Su propuesta era que había que derogar ese Estado de Bienestar porque “retrasaba la Revolución”.
Algunos de ellos imaginaban que el peronismo, conducido por Juan Perón, podría ser el movimiento de masas que se encolumnaría detrás de los focos revolucionarios que ellos protagonizaban. Un conjunto de jóvenes, formados en el antiperonismo de clase media de sus padres, redefinieron a un Perón que nunca había existido y que no pensaba ni por un minuto ser conducido por aquellos a los que, siendo Presidente por tercera vez, echó de la Plaza por imberbes.
Durante la Dictadura de la Revolución Argentina, los ataques de la guerrilla, de distinto origen ideológico, tenían como primera ambición lograr el “cuanto peor mejor” que, pretendían, desestabilizaría la compleja administración del modelo económico y de esa manera podrían, a la vez, abortar la llegada del proceso democrático, ya abierto, que señalaba la debilidad política de las Fuerzas Armadas después del fracaso de su proyecto político y el fortalecimiento de la presencia de los partidos democráticos y las organizaciones sociales.
El primer embate al modelo del Estado de Bienestar fue la violencia para sustituirlo por el indescifrable proyecto de socialismo nacional imberbe.
Pero al mismo tiempo y agitados por el miedo a las armas guerrilleras, los sectores más liberales – los que aspiraban a que el “mercado” fuera el conductor del funcionamiento de la economía y que la apertura económica fuera el disciplinador de las fuerzas y las conquistas sociales – pronosticaban y deseaban el “inevitable colapso” del modelo de Economía del Bienestar como consecuencia de la revelación, en esos días, de algunas tendencias al estancamiento de la actividad y a la aceleración de la inflación la que llegó, en mayo de 1973, al 80 por ciento anual durante la dictadura del General Alejandro Lanusse.
Ambos sectores, minoritarios en términos de adhesiones populares y sectarios en términos de incapacidad de convivencia en el sistema democrático, recibieron una respuesta masiva de rechazo de parte de los partidos tradicionales, las organizaciones obreras y las de las empresas nacionales, quienes se abocaron a la tarea de programar una salida democrática capaz de solidificar el modelo de la Economía de Bienestar que llevaba 30 años de vigencia y considerables logros en términos absolutos y comparados con el resto del mundo.
Un colectivo de coincidencias programáticas y de apuesta a la instalación de la democracia sin proscripciones, se formó a partir de 1971 con el liderazgo de los principales dirigentes comprometidos con el modelo del Estado de Bienestar que reclamaba, para su profundización y estabilización, tres avances sustantivos tan posibles como necesarios.
El primer avance era recomponer la distribución progresiva del ingreso. El fundamento era que la productividad había tenido un crecimiento extraordinario en la década previa y sin embargo la distribución del ingreso había experimentado un retroceso. Una amenaza innecesaria, una limitación al potencial del mercado interno.
El segundo era el compromiso con la estabilidad de precios, el combate a la inflación. La tasa de inflación del 80 por ciento anual (mayo 1973) había convivido con una economía que se había detenido y un aumento del desempleo. El modelo de la Economía del Bienestar se había encontrado por primera vez con un proceso de “estanflación”, y la única vía para resolverlo era una politica de ingresos diseñada y ejecutada por consenso, y el compromiso mayoritario por una estrategia de desarrollo a largo plazo.
El tercer avance era romper el estancamiento en las exportaciones, incorporando una estrategia de desarrollo de las exportaciones industriales, lo que implica la busqueda de nuevos mercados; y una estrategia de expansión de la producción agraria mediante el compromiso de expansión de la frontera agropecuaria con un impacto redistributivo a nivel de ingreso regional.
El primer avance era actualizar y sostener el lado distributivo de la Economía de Bienestar y el segundo detener la presión indexatoria del proceso inflacionario y el tercero habilitar la capacidad exportadora.
El marco teórico era que toda vez que existe un proceso de incremento de la productividad, como el que se había verificado en la década, es imprescindible dar una respuesta de “salida” por la expansión del consumo y por la expansión de las exportaciones, habida cuenta de controlar la presión inflacionaria. Era prioritario responder al estancamiento y responder a la tendencia a la limitación del crecimiento por el saldo de la balanza comercial.
Esos avances efectivamente se pusieron en marcha con importantes resultados en el período 1973/74. Es lo que reconoció el propio FMI en su informe de diciembre de 1974.
En 1975, con un escenario modificado desde el asesinato de José Rucci, la crisis del petróleo y la muerte de Perón, la debilidad política generó un vacío que puso en marcha – como en un operativo de pinzas no programado – el proceso de derogación del Estado de Bienestar. De un lado de la pinza la guerrilla por el socialismo; y del otro lado, factores de poder que ya actuaban en el gobierno de la viuda de Perón, que proponían desmantelar el Estado de Bienestar.
Todo ello derivó en la instalación de una secuencia de pasos para la construcción del Estado de Malestar que rige, con sus más y sus menos, desde entonces: llevamos 40 años tratando de desplazar el Estado de Bienestar y achicar el Estado y el resultado ha sido que hoy el peso del Estado sobre la economía supera al 40 por ciento del PBI.
No hay que olvidar que la consigna inicial de aquellos años por parte de los enemigos declarados del Estado de Bienestar (la industrialización, la diversificación y la distribución del ingreso) fue “achicar el Estado es agrandar la Nación”.
El resultado a la vista fue agrandar el peso del Estado y achicar la Nación porque hoy, dentro de la Nación hogar, sólo están incluidos dos tercios de la población; y un tercio son los excluidos que están fuera de la frontera de los derechos sociales.
La Nación más chica y el Estado más grande a pesar de las privatizaciones y la declinación absoluta de la calidad de sus servicos básicos: educación, seguridad, justicia, salud. Y por cierto la descomunal declinación en términos relativos con casi todos los países del planeta. No hay demasiados ejemplos de semejante daño autoinflingido.
La doctrina del Estado de Malestar prescribió la interrupción del, todavía incompleto, proceso de industrializacion sustitutiva de importaciones, el abandono de la estrategia de desarrollo de largo plazo y de la política de ingresos consensuada. La sustitución no sólo no se completo en términos de la lógica de la política industrial sino que desmanteló y lo que era un programa de exportaciones de desarrollo se transformó en una realidad de importaciones industriales que perforaron las cadenas de valor. El discurso de la economía cerrada se desmorona cuando analizamos la conformación de las cadenas de valor y la participación gigantesca de las importaciones. En 1974 el 90 por ciento de un automotor se producía en el país y ahora importamos el 90 por ciento de un auto.
Esa política fue la apertura financiera (cultura del pedal) para instalar como regla la tasa de interés fijada por el mercado y la apertura comercial con tipo de cambio retrasado, que pretendían bajar para reducir la inflación. Generó desempleo, pobreza y el desarrollo de una cultura de la deuda externa o de una economía para la deuda externa. Ahí estamos.
“Desde la puerta de La Crónica, Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”
Este comienzo de “Conversaciones en La Catedral” la novela de Mario Vargas Llosas, se ha repetido hasta el infinito, al menos, para interrogarnos acerca de en qué momento se desencadenó esta decadencia en la que estamos atrapados.
La pendiente negativa de nuestro país es una definición de la realidad compartida por todas las corrientes de pensamiento.
Sería sumamente extraño que algun gobierno reciente reivindique su accionar sin primero señalar que veníamos o estamos, en un plano inclinado. Es decir, la idea de la decadencia es la que nos describe. Naturalmente no hay percepción de decadencia sin una memoria previa de progreso.
Es decir, preguntar ¿En qué momento se había jodido el Perú?, supone – al igual que para nuestra Argentina – aceptar que, previamente, hubo una trayectoria de progreso.
La pregunta por cuál fue el momento pretende fijar una fecha o un contexto, en la que el progreso se interrumpe.
Si el progreso es una trayectoria, lo que importa revelar no es la velocidad de esa trayectoria sino cuando esa trayectoria cambia de signo o se invierte.
Una nota del Buenos Aires Herald, del 11 de junio de 1978, cuando la mayor parte de los medios de comunicación más importantes reflejaban más que la realidad un espejo de sus deseos, escribió “La Argentina se encuentra ya en proceso de dividirse en dos naciones, una privilegiada y próspera, y la otra herida por la pobreza, pero con memorias frescas de días mejores”.
Dos cosas, un proceso – es decir una trayectoria – que disparó la pobreza, pero una pobreza “con memoria fresca de días mejores”. Es decir “días mejores” previos. Aclaremos.
En 1978 llevábamos dos años de Dictadura Genocida que fue la condición necesaria para instalar un modelo económico que, intentado a partir de julio de 1975 con el “rodrigazo” durante la presidencia de María Estela Martinez de Perón, requería para instalarse de la violencia y no de las protecciones de un sistema democrático por precario que fuera.
El parte aguas de 1978 divide a la sociedad en “dos ciudades” la de los privilegiados y la de los pobres que recuerdan tiempos mejores.
Así fue que los 800 mil habitantes que sobrevivían bajo la línea de la pobreza de 1974 (EPH) se convirtieron en más de 12 millones en los años que corren. La población se multiplicó por 2 y los pobres se multiplicaron por 15. La mitad de los nacidos desde entonces fue arrojada a la pobreza.

Los hombres del “rodrigazo” reaparecieron en la escena del poder durante la Dictadura y volvieron a aparecer en el gobierno de Carlos Menem y algunos llegaron hasta el gobierno de la Alianza y parte de sus compañeros se hicieron presentes en esta Administración. Un lazo de ideas económicas une todas las puntas a pesar de la diversidad de situaciones.
A todos ellos (rodrigazo, Dictadura, menemismo y hasta nuestros días) los une la idea de que la continuidad de la cultura económica y social del Estado de Bienestar – el modelo económico dominante que abarca los “dorados 30” administrados por peronistas, militares, desarrollistas, militares, radicales, militares y peronistas otra vez – garantizaría el fracaso futuro de la economía argentina. Según ellos “el futuro” obligaba a destruir lo que se había alcanzado.
Es decir “el rumbo” era acabar con el modelo económico que sostenía el Estado de Bienestar. Ese discurso, muchas veces con los mismos portavoces en diferentes administraciones, fue el dominante desde 1975 hasta el presente.
El PRO se ha convertido en un extremo que hasta alarma a los sectores liberales tradicionales. Pero, atención, la práctica K – más allá del discurso – contribuyó a la erosión de aquel modelo.
Lo que implica esta práctica es la refutación de la necesidad de un proyecto de industrialización transformadora, no ha habido política industrial desde 1975 y en su lugar la promoción de un proyecto basado en la explotación de los recursos naturales que además ni siquiera se ha instalado: lo único instalado es el sistema de premios ilimitados a la especulación financiera.
Es que para el PRO, lo bueno del presente es un dólar controlado a bases de tasas de interés estratosféricas que garantizan la renta especulativa en dólares y que se justifican, insólitamente, con el argumento que la única manera de ganar las elecciones es planchando el tipo de cambio.
El proyecto, la promesa, es derogar la diversificación de la estructura productiva y sostener la especialización basada en los recursos naturales, para concentrar todas las fuerzas en “el motor” de la naturaleza. Pero ni siquiera lo han podido instalar.
Todos los procesos de apertura con tipo de cambio bajo (Dictadura, menemismo, gran parte del kirchnerismo, el PRO) apostaron, desde el punto de vista productivo, a explotar las ventajas comparadas naturales que en la voz de Mauricio Macri se especifican en Vaca Muerta, el viento, el sol, el agro y el litio: los ejes del subdesarrollo primarizante.
El resultado de la derogación del modelo del Estado de Bienestar fue la instauración del Estado de Malestar en el que hoy habitamos.
El Estado de Malestar es el desempleo y la capacidad ociosa de la actividad industrial. Es decir, la puesta en blanco y negro del despilfarro de recursos: lo que podríamos producir por nuestras capacidades el modelo de la Economía del Malestar lo impide. ¿Existe como norma el desarrollo motorizado por un excluyente sector primario?
El Estado de Malestar también es la pobreza en que habita el 33 por ciento de la población, cuya mención queda corta si tenemos en cuenta que más del 50 por ciento de los jóvenes menores de 14 años nacieron, viven y se forman en un contexto de carencias y cercado por la marginalidad. Es difícil que de allí nazca la “cultura de emprendedores” que predican los jóvenes PRO.

José Hernández, el poeta mayor de la Argentina, dijo “Ningun pueblo es rico, sino se preocupa de la suerte de sus pobres” (Instrucción del Estanciero, C.Casavalle, 1882, pag. 305)
Esta pobreza, que encoge a la Nación, no es obra de la naturaleza sino consecuencia de una organización de la economía y la política que es incapaz de crear trabajo y atraer inversiones, que privilegia la suerte de las finanzas y el corto plazo, que es justamente donde reina la especulación.
Ese enfoque primitivo que escapa a la reflexión y a la acción, y que actúa mecanicamente repitiendo consignas de optimismo futuro contra la evidencia del presente, es la entrega a la soberanía del mercado y al dominio irracional de la apertura, es empujar ya no la economía sino la sociedad barranca abajo.
Mirando el día a día ¿cuáles son los signos de la decadencia o de la debilidad estructural de nuestra sociedad?
Primero, no todos los alumnos han comenzado las clases. Y la mayor parte de los que sí las han comenzado son los que asisten a escuelas de gestión privada.
Segundo, el dólar se dispara y para calmarlo, todos los argentinos nos obligamos a garantizarle a los especuladores la tasa de ganancias mas alta del Plantea.
Tercero, la inflación se combate con una tasa de interés que destruye la producción y se la atiza con una estrategia tarifaria al servicio de la oligarquia de los concesionarios que se quedaron con los bienes del Estado, de la sociedad, porque “habia que achicarlo”.
Ahí están reflejados los signos vitales de nuestra decadencia presente y futura.
Los más débiles, los niños hijos de los padres de menores recursos, no tienen escuela. Los más fuertes, los especuladores que sólo depositan en el país la valija por unas horas, reciben la paga mayor. Y a los concesionarios, que se apropiaron de los bienes y servicios públicos, se les garantiza el festival de ganancias aunque esas tarifas hagan volar la inflación.
Unos pagan y otros cobran.
En 1978 el Buenos Aires Herald avisó “La Argentina se encuentra ya en proceso de dividirse en dos naciones, una privilegiada y próspera, y la otra herida por la pobreza pero con memorias frescas de días mejores”.
Esa es una buena respuesta para Vargas Llosas cuando pregunta “¿En qué momento se había jodido …?”
Mas claramente, nos “jodimos” cuando abandonamos la trayectoría, el rumbo, las herramientas, del Estado de Bienestar. Revise los números y los nombres, las ideas que superponen una cosa a la otra y ahí está la respuesta.
¿Hay acaso en estos días en oferta un diagnóstico y una propuesta que aliente la esperanza de que abandonemos el canon del Estado de Malestar? No por ahora. Esa es la angustia que nos desvela. Hay dos caminos, uno el del Estado de Malestar sobre el que estamos y el que hemos extraviado que es el del Estado de Bienestar. Los dos han dado pruebas de su capacidad. El del Malestar hace 40 años que repite el fracaso y el del Bienstar que durante 30 años y con todas las coloraciones políticas, nos brindó el mayor crecimiento, la mayor justicia, la mayor prosperidad colectiva. Una vez más “lo nuevo es lo que se ha olvidado” F.Bacon.

Carlos Leyba

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