EN FOCO – MINISTRO DUJOVNE, NO ACLARE QUE OSCURECE

Prácticamente, ninguna a favor.

Palabras, palabras. Nicolás Dujovne, en Diputados. Dijo estos días que lo peor de la crisis ya pasó y subrayó la estabilidad del dólar. (Emmanuel Fernández)

Es como debe y debió ser siempre, definitivamente. Pero viniendo de donde se vino, algo hay que reconocerle al Gobierno: el respeto a la independencia del INDEC, un centro de estadísticas del Estado Nacional creado 1968 y no un apéndice del poder a todos los fines, como fue en los oscuros tiempos de la intervención kirchnerista.

Si fuese posible una simplificación extrema, podría afirmarse que lo bueno de este organismo reanimado es que no se guarda nada. Y lo malo, si así puede llamársele, es que eso que no se guarda sacude al macrismo.

Sin ir demasiado atrás, desde el 14 de marzo el INDEC ha difundido una docena larga de indicadores de esos que siempre o por lo común son noticia. Sólo uno de la tanda resultó una buena noticia para el Gobierno: cantó sexto superávit comercial consecutivo después de una interminable serie de desequilibrios, algunos de ellos impresionantes; dólares de los que escasean, al fin.

Por el resto manda un sello común: todo lo que debiera subir, baja y aquello que vendría bien que bajase, sube. Inflación en sus versiones precios minoristas, mayoristas y costo de la construcción; desempleo, subempleo, trabajo en negro y pobreza; ventas en súper, shoppings y autoservicios; salarios, PBI y actividad industrial. Ninguna a favor,hablando ya no únicamente de los intereses de la Casa Rosada.

Estos últimos días tocó décima caída al hilo del índice de producción industrial (IPI). El número de febrero resultó el más bajo de la serie iniciada en 2016 y coronó la tercera recesión fabril más prolongada de todas las que hubieron a partir de 1980; casi desde la prehistoria.

Frente a semejantes datos hace agua la técnica de medir el último mes contra el mes anterior; esta vez, sería febrero contra enero y arroja un 2,4% positivo. El argumento, cierto, es que eso permite advertir un eventual cambio de tendencia, pero hay otra cosa también cierta: la medicición tiene el beneficio de dar mucho mejor que la de comparar con el mismo período del año anterior aconsejada por los manuales.

Sin rodeos entonces, el IPI retrocedió 8,5% respecto de febrero de 2018 y 9,7% en variante bimestre versus bimestre.

Cuesta colar, ahí, eso de que “lo peor de la crisis ha quedado atrás” de Nicolás Dujovne. Y darle valor también a otros argumentos del ministro, como que la recesión tocó piso en diciembre y que la economía está recuperándose.

Mejor que las estadísticas, la percepción y el modo de vida de la gente dirán si de verdad ha cambiado la dirección del viento. Por ahora tenemos que sobre 16 sectores fabriles relevados por el INDEC uno creció en solitario, la producción de tabaco.

Entre las bajas hubo varias monumentales: 49% para televisores y electrónica; 50% en siderurgia; 59,5% en maquinaria agrícola y 69,4% para la hasta hace bien poco impetuosa fabricación de motocicletas. Ahora acaba de sumarse automóviles, con el 41% de marzo informado por Adefa.

Menos de números, ya de personas de carne y hueso habla un dato de la Seguridad Social que figura en la página de la AFIP. Sólo entre fines de 2015 y principios de 2019, macrismo puro, se perdieron 113.600 puestos de trabajo en la industria, un 9% en apenas tres años y piquito.

Así, la dotación resulta hoy prácticamente la misma que en 2007, o sea, la de once años atrás. Esto es, 1.150.059 empleos; esto es, similar a la cantidad ocupada por el sector comercial.

Nada raro, pues en pleno repliegue el PBI fabril quedó al nivel que tenía en 2008 y 10 puntos porcentuales por debajo del pico de 2011. Costos por aquí, costos por allí.

Hubo una cifra dentro de la estadística del INDEC que, por su magnitud, suena en cierto sentido auspiciosa: contra enero, la actividad de la construcción anotó un crecimiento del 8,3%. Claro que en la variante interanual, lleva seis meses en baja.

Pero la dimensión del derrumbe es tal que hasta inquieta al mismísimo Banco Mundial. Por boca del economista jefe para América Latina y el Caribe, el uruguayo Carlos Vegh acaba de señalar: “El ajuste fiscal necesario para cumplir con el programa del FMI está cobrando un alto precio en términos de la actividad económica y el peso (argentino) ha vuelto a sufrir un revés”. Palabra de una institución que nació en 1944, junto al Fondo Monetario y al calor de la post guerra, una institución que de estas cuestiones también conoce bastante.

Cabría una pregunta, aún en medio de la rigidez del plan y de las urgencias que plantea el ahogo financiero del país. Concretamente, si con una dosis de ingenio no sería posible aflojar la medicina de modo que resultase menos traumática. Lo que salta a la vista cuenta que si algo hubo o hay, luce insuficiente.

Vegh avanzó más, ahora sobre las limitaciones por no decir el veto que el Fondo le impone a la política cambiaria del Banco Central. Sentenció: “Personalmente, sería de la idea de que la Argentina pudiera intervenir dentro de la banda cambiaria”. Se entiende, intervenir directamente para contener los interminables coletazos del dólar que es como afirmar, de paso, que con el rigor monetario y las tasas de interés por las nubes no basta.

No hubo ni de lo uno ni de lo otro, en la fuerte declaración de Christine Lagarde que acompañó al desembolo de US$ 10.870 millones que el Gobierno esperaba como agua bendita.

La jefa del FMI pidió “prudencia en la ejecución de los gastos” y “tomar otras medidas para incrementar los ingresos fiscales”. Traducido: profundizar el ajuste por las dos vías posibles, hasta alzar el equilibrio comprometido para 2019.

Ni una sola concesión existió, en cambio, acerca de la intervención del BCRA en el mercado ni sobre el sistema de bandas que lo encorseta. Fue semejante a reiterar que la plata del Fondo no está para gastársela en frenar disparadas del dólar.

Otra de Dujovne: “La volatilidad del dólar es realmente muy baja”, sostuvo el miércoles. Ese miércoles la cotización del billete verde había retrocedido a $ 43,84; todo bien, salvo que el viernes cerró al récord de $ 44,96. Un salto del 2,25% en dos días bien parecido a una volatilidad realmente alta.

Lagarde derramó elogios sobre los esfuerzos que está desplegando el equipo económico, pero no se guardó una advertencia para nada encomiable: “Los resultados en términos de la inflación han decepcionado”. Pero si se trata de decepciones, hay una que toca directo al equipo de Lagarde que negocia con la Argentina: cuando validó el primer ajuste, su hipótesis inflacionaria decía 20%.

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