¿SERÁ POSIBLE CAMBIAR?

El mundo entero mira con asombro cómo la gente muere como moscas por el rechazo a vacunas las que han demostrado largamente su eficacia.

En general, quienes militan en el rechazo a las prácticas preventivas pertenecen a sectas que no sólo les infieren daños a sus miembros sino al conjunto de la sociedad.

En política económica pasa lo mismo. Cuando los responsables de la misma brindan un buen diagnóstico, es porque tienen buena formación “clínica”, es decir, una visión general y no la limitada de los “especialistas”. Tienen conocimientos de la “económica” (Joan Robinson), de la historia, formación filosófica –valores a partir del bien común – y herramientas, estadísticas y matemáticas, que permiten formular modelos y conocer sus limitaciones.

Estos economistas administran vacunas que evitan caer en estanflación que es una enfermedad macro de compleja curación. La vacuna, el dispositivo para evitar el contagio, es la primera prioridad. La segunda es no recetar remedios clásicos.

En “inflación” con una economía en crecimiento, es lícito brindar un tratamiento clásico con remedios que desaceleren la demanda. El crecimiento se moderará hasta que la oferta crezca de modo de equilibrar el sistema de precios. Y si por el contrario la economía goza de estabilidad de precios, pero la demanda ha declinado y existe una oferta excedente, promover la demanda es una terapia que será exitosa y no perturbará la estabilidad.

Pero cuando la inflación está acompañada de la caída de la actividad los remedios clásicos o keynesianos, son redondamente inútiles y perturbadores.

Eso es lo que esta haciendo hoy esta gestión económica.

No aplaca la inflación y hace recrudecer la recesión. La administración del corto plazo es pésima y el rumbo del largo plazo va exactamente en la dirección equivocada.

Sólo pueden cosechar fracasos porque, en ambos plazos, han sembrado errores.

Cuando asumió el PRO tanto la inflación como la recesión dominaban el panorama como consecuencia del “agotamiento” de stocks generado por la irresponsabilidad e incapacidad del kirchnerismo.

Era obvio que la única manera de no entrar en estanflación, con esa herencia, era aplicar la vacuna de la concertación o la coordinación institucional de las expectativas.

Según Alfonso Prat Gay – lo dice ahora, pero no lo dijo en 2016 – en el PRO pensaban llamar a un Acuerdo Nacional para evitar que los ajustes confluyeran en más inflación y más recesión que las heredadas. No lo hicieron.

En consecuencia, en estas condiciones de estanflación declarada y de pronóstico de profundización, no hay otra alternativa que la del Acuerdo, el Consenso, la Concertación.

Todos, menos Marcos Peña, Duran Barba y Mauricio Macri – el trío insólito – , lo reconocen y lo predican.

Por ejemplo, el senador radical Julio Marino entrevistado por Magdalena Ruiz Guiñazú reclamó la realización de un Pacto de la Moncloa.

Ignoró la experiencia exitosa de su propio partido. La recordamos. Ricardo Balbín, durante la dictadura de la Revolución Argentina, disparó la concertación nacional con la Hora del Pueblo que culminó en las Coincidencias Programáticas de los partidos y las organizaciones sociales de 1972, fundamento del Acta de Compromiso (Pacto Social de 1973) y de 22 leyes sancionadas por unanimidad.

Toda la política argentina ignora inexplicablemente ese episodio histórico que marca un camino que hoy deberíamos transitar.

Primero un programa común y después la competencia electoral. Primero el programa y después el candidato. ¿Quién duda de esa lógica? ¿Qué significa querer ungir candidatos sin programa? ¿Acaso se duda que la legitimidad del ejercicio del poder sólo proviene del cumplimiento del programa comprometido? ¿Puede ser ético un gobierno sin programa?

En 1973 todos los partidos elaboraron y compartían, el programa de las Coincidencias; y cada uno de ellos trató de convencer a la ciudadanía que era el más capacitado para ejecutarlas.

En 1973 ganó el FREJULI, integrado por peronistas, demócratas cristianos, conservadores. Pero muchos radicales formaron parte del gobierno.

¿Cuál fue el resultado? Por qué, radicales y peronistas, desde Raúl Alfonsín a Eduardo Duhalde, pasando por Eduardo Angeloz o Carlos Menem, llegando al presente de todos los precandidatos de origen peronista de Sergio Massa a Cristina Kirchner, o los notables del radicalismo, de Fredy Storani a Martin Lousteau, niegan su existencia. Imagino que consumen la difamación que montó la Dictadura Genocida. No es una cuestión menor. La Dictadura – a pesar de sus presos – impuso una visión de la política económica en la que todos los mencionados, en la práctica, comulgan. Y así estamos. Pero además no se han preocupado siquiera por averiguar qué pasó. Pidámosle al FMI – nadie mas alejado de las Coincidencias – que nos recuerde qué pasó.

Veamos, entonces, que decía el FMI en ese tiempo, en la revisión del art.VIII de 1974 (hoy Art,IV). Para quienes dudan sobre el éxito del Pacto Social de 1973, recordamos el juicio ex post factodel FMI acerca de esa estrategia estabilizadora de crecimiento.

“El gobierno que se hizo cargo del poder el 25 de mayo de 1973 detuvo radicalmente la espiral de precios y salarios mediante una política de ingresos basada en un pacto social…En el año terminado en marzo de 1974, la tasa de inflación fue de 14 por ciento en comparación con el 80 por ciento del año terminado en mayo de 1973 … pese a la brusca reducción de la tasa de inflación, el crédito bancario aumentó 80 por ciento …En lo que va de 1974, la posición dela balanza de pagos se ha mantenido fuerte, pese a la restricción de la importación de carne impuesta por la CEE y en el encarecimiento del petróleo… en 1973 el PBI a precios constantes aumentó el 5,4 por ciento superando la tendencia registrada desde 1968” (FMI 16/12/74)

¿Algo mejor se podría decir de una gestión que duró de fines de mayo de 1973 a Octubre de 1974?

A esa gestión (durante la que murieron Rucci y Perón) la sucedió Alfredo Gómez Morales, designado por el golpe de palacio de José López Rega, quien terminó con el Pacto y toda la concertación. Liquidó una tras otra las medidas y los acuerdos. El preparó el terreno para el “rodrigazo” de la secta de los Caballeros del Fuego y desde entonces la Argentina no volvió al sendero del crecimiento. ¿Qué pasaba entonces?

El Gasto Publico hasta 1974 no superaba el 20 por ciento del PBI; el déficit no se financiaba con deuda externa. Nada comparable a lo que sucedió desde entonces a la fecha.

La inflación promedio, en el período 1943 a 1974, fue de 25 por ciento anual sin ningún año de hiperinflación. En ese período de 30 años el PBI por habitante creció 2 por ciento anual.

Entre 1975 y 2016, tuvimos mas de 40 años de estancamiento. El PBI por habitante creció al 0,6 por ciento anual; la inflación, promedio anual, de ese período fue de 146 por ciento. Cuatro décadas de estanflación en las que el

Gasto Público anual pasó del 20 por ciento al actual 40 por ciento del PBI, porque el Estado está obligado a compensar las consecuencias sociales del estancamiento. En este tiempo explotó la deuda externa y tuvimos dos default. ¿Otra calamidad?

Mientras que en 1974 la pobreza condenaba al 4 por ciento de la población (800 mil personas), hoy tenemos 14 millones de pobres. Desde 1975 somos 20 millones más de habitantes, pero agregamos 13 millones al ejército de la vergüenza colectiva.

Desde 1975 en que la Argentina comenzó el camino de una decadencia que parece incontenible. Desde entonces los economistas que han dominado la escena pertenecen a una suerte de “secta” que ignora la realidad de modo tal que intentan “imponerla”: abjuran de las vacunas y tienen al paciente de la economía condenado de manera permanente a la terapia intensiva con amenaza de muerte.

Para justificarse construyen un mundo artificial de imaginarias respuestas basados en un modelo que ellos mismos han construido y que pretenden usar sin reconocer dimensiones de tiempo y espacio. Una convocatoria a sumergirse en un “agujero negro” en el que ambas dimensiones, por no ser tenidas en cuenta, nos sumergen en obscuridades como las que hoy estamos atravesando.

Si las cosas no suceden como previsto en el modelo, entonces, el error es de la realidad.

No todos los economistas responden a este patrón. Pero sin ninguna duda la constelación de inútiles que conforman el núcleo duro del PRO pertenece a esa “secta” anti vacuna.

La secta de estos economistas, como pasó en 1975 con los Caballeros del Fuego – que lideraba el gurú José López Rega e integraban Ricardo Zinn (presidente de SEVEL) y Pedro Pou (Vicepresidente del BCRA) ambos fundadores del CEMA; está liderada por otro gurú, Jaime Duran Barba e integrada por economistas consultores como Nicolás Dujovne y Guido Sandleris, economistas del PRO.

¿Qué encontramos en ellos? Dos cosas. Primero el pensamiento sectario que justifica no vacunarse y lo hace usando razones ajenas a la evidencia; y segundo el empecinamiento del modelo.

La ideología de la secta dominante en la actualidad ha apostado a un modelo de la administración de la macroeconomía que no se compadece con la realidad. La inflación permanece y crece hasta 4 por ciento en el mes de marzo y – lo que es peor – la recaudación tributaria declina al compas de la reducción de la actividad provocada por la política fiscal de reducción del déficit y la monetaria que pretende reducir la inflación.

Los objetivos de minimización de la inflación se alejan al mismo tiempo que se alejan los objetivos de reducción del déficit fiscal. Un esfuerzo hasta ahora inutil: la consecuencia es la continuidad de la recesión o del estancamiento y crecimiento del desempleo que se ha venido matizando gracias al empleo público y los subsidios de supervivencia. Mientras aumentan la proporción de ingresos en sectores de baja o nula productividad no hay manera de salir del circulo del estancamiento y se desvanece toda imagen de confianza en quienes conducen la economía.

En las últimas horas asistimos al despertar de los socios políticos arrojados al escenario de la derrota electoral y de las culpas propias, por el silencio previo, del fracaso económico.

¿Dónde estamos hoy?

El objetivo primario, impuesto por el prestamista (FMI) y compartido por los que gestionaron el crédito “gigante” de 57 MM de dólares, es liquidar el déficit fiscal primario, llevarlo a cero. Y luego generar un superávit fiscal primario cuyo objetivo es, finalmente, cancelar con recursos propios los servicios de la deuda (externa e interna). Y reducir el endeudamiento de modo tal que la refinanciación de la deuda o la ampliación del crédito sean provistas, al Estado Argentino y los estados subnacionales, sin tener que pagar tasas de interés muy superiores a la que pagan los países de igual grado de desarrollo.

La tasa de riesgo país, que en nuestro caso supera los 800 puntos básicos, es la medida de la poca confianza que los acreedores y prestamistas tienen sobre la Argentina.

En ese marco la inflación y la amenaza del desempleo, hacen que el malestar colectivo crezca. Y en ese marco decrece la capacidad de las herramientas tradicionales de la política económica. Entonces sube la intolerancia social.

El gobierno, por el Principio de Peter, siente la venganza de su nivel de incompetencia.

La intolerancia crece en función del tiempo. La incompetencia se acrecienta mientras los problemas permanecen. Intolerancia e incompetencia: un combo indigerible.

El golpe al nivel de vida de la inflación elevada y acelerada angustia la mañana.

La incompetencia en el arte de gobernar es muy difícil de superar si, quienes deciden, están encerrados en la “secta” que genera el “pensamiento de grupo”; aislados, cerrados ideológicamente, no sometidos a control externo y con capacidad y práctica de exclusión de quien difiere, provocando autocensura, demonización de los diferentes, presión para la conformidad y poco estudio de caminos alternativos, etc.

El “pensamiento de grupo” condena a la incompetencia. Pero, si quienes gobiernan lo hacen en la lógica del sistema político, un partido abierto, con la policromía de miradas independientes, pero a la vez cooperativas; y no las miradas de oposición, sino aquellas que buscan el éxito compartido; entonces la salida se oxigena.

Hoy el estado de nervios de los radicales imposibilitados de lograr “el acceso a la cima” (Carl Schmitt) los hace alzar la voz a la búsqueda de algún resultado capaz de vencer internamente la manifiesta incompetencia gobernante, para detener el ritmo de la intolerancia que puede llevar a la derrota.

Derrota de la coalición a la que pertenecen, derrota por un nuevo cisma radical o derrota por tener por delante – aun en el caso que no pierda Cambiemos y que la UCR no se divida – cuatro años con un gobierno de minoría parlamentaria y una Casa de Gobierno patológicamente aislada de la realidad.

La prédica radical nace del drama social que provoca la inflación y el riesgo de expansión del desempleo. Procuran una salida a ambos problemas para detener las consecuencias de la intolerancia social creciente.

“La inflación imparable … hace que … las familias no puedan hacer más de una comida diaria … el avance del hambre”, dice el comunicado del CTEP, que dirige Juan Grabois, que este miércoles reclamó solidaridad en el Alto Palermo.

Dirigentes del PRO, Carolina Stanley o María Eugenia Vidal, comparten esta inquietud. Pero la “mesa chica” – los que mandan, Marcos, Duran – no está dispuesta, por incompetencia, a renunciar al ajuste purificador primitivo.

Tasa galopante de inflación (51 por ciento en doce meses) y economía en descenso que genera desempleo (abierto, enmascarado y potencial), definen una economía en estanflación.

No hay manera de salir de esa trampa de la economía mal gestionada, utilizando solo herramientas tradicionales. La “secta” no lo entiende.

En el gobierno – como concesión a la demanda radical – debaten la formulación repetida de instrumentos de promoción del consumo (crédito, subsidios, etc.) sin atender a las causas de la depresión profunda de la demanda. O a un eventual acuerdo de precios de algunos productos para que el índice de inflación manifieste una desaceleración.

Pero al mismo tiempo el gobierno persiste en la estrategia del ajuste a través de las tasas de interés monumentales o la reducción del gasto o el incremento de los impuestos.

En ese contexto el “acuerdo de algunos precios” es una patraña que ni remotamente puede torcer la dirección de la política económica. Un Acuerdo es de toda la política económica. No de algunos precios.

Carlos Pagni (La Nación,11/4/19) resume al Presidente en su discurso de CIPPEC. “El nudo que debe desatar es secular. Aportó cifras. En 77 de los últimos 100 años hubo déficit fiscal. En los últimos 80, la inflación promedio fue, excluyendo los períodos de híper, de 62,6 por ciento. En uno de cada tres años hubo recesión. Se produjeron ocho defaults”

Una vez más los errores. No hubo ocho defaults de la Nación sino cuatro. Solo dos de ellos relevantes por su proximidad. Los otros en el SXIX.

El primero del SXX – si se puede llamar default – tuvo nacimiento en 1982 con la crisis de la deuda latinoamericana.

Entre idas y vueltas se acomodó en 1992 con el Plan Brady. El otro default (2002), más o menos, se terminó de acomodar con Macri.

En síntesis, los errores, y la grosera simplificación de la historia, que realizó el Presidente en el discurso citado por Pagni, significan mucho más que un sesgo de lectura para justificar la incompetencia de gestión, basado en un supuesto fracaso casi centenario. El primer default de en la nueva democracia le pone fecha al inicio de esta decadencia.

Ese sesgo le impide diagnosticar correctamente el origen de los males; y por tanto procurar la terapia para la macro enferma que deriva, por cierto, de una situación estructural, y a la vez llevar a cabo un correcto proceso de transformación de largo plazo.

Basado en esta cadena de despistes, el actual gobierno procura combatir la inflación con herramientas que producen profundización de la recesión o mantenimiento del estancamiento. Esa es la actual política de restricción monetaria y alza en las tasas de interés que la “promoción del consumo” o “el acuerdo de algunos precios”, no modifican: sólo confunden.

Pretender contener el descenso del consumo, con un aliento marginal de la demanda, basado en subsidios directos y créditos subsidiados y acuerdo de algunos precios, es un discurso inútil.

La impotencia y contradicciones de esos instrumentos, están muy lejos de poder alcanzar metas de estabilización y crecimiento.

En subsidio, el gobierno procura estabilizar el tipo de cambio presente para, alentando una futura de dolarización, mejorar su situación electoral.

En materia de largo plazo, y esto es lo más importante, el PRO apunta a la estrategia de “especialización” en la explotación de recursos naturales: agro, paisaje, viento, sol, minerales.

Esta estrategia de largo plazo, que mirada desde la ciudad es un proceso de desindustrialización y bloqueo de la diversificación productiva, viene acompañada por una vocación de apertura comercial externa (baja del Arancel Externo MERCOSUR y apuesta al acuerdo con la UE) que, en el planteo macroeconómico de hoy, resultará en apertura con tipo de cambio retrasado.

La “idea” es que los desajustes derivados de esa estrategia (en todos los planos) se financien con deuda externa.

Este manejo de la macro y esta estrategia de largo plazo son, esencialmente, las características básicas del modelo de organización económica (productiva, comercial y de ingresos) que predominó desde 1975 hasta hoy.

En ese período hubo dos gestiones proactivas dominantes que instalaron los pilares, inclusive culturales (“deme dos”), del modelo: JA Martínez de Hoz y D.F. Cavallo. Las demás, dentro del período, fueron gestiones de adaptación pasiva sin que ninguna haya generado transformación material alguna o aplicado políticas que llevaran a ello.

Estas cuatro décadas que el PRO heredó, dejaron gravísimos problemas macroeconómicos y muchos más graves de tipo estructural.

Macri agravó los primeros y profundizó los segundos: su política de alguna manera reivindica – en la práctica – las propuestas originales de las dos gestiones proactivas que antes mencionamos.

Si miramos los números reales, citados más arriba, del modelo de especialización y apertura comercial con tipo de cambio atrasado (1975 al presente), que es el modelo que predica el actual gobierno y que practicaron sin excepción todos desde 1975; y los comparamos con los datos del modelo de diversificación productiva y política pro exportadora, vigente, prácticamente, desde 1930 hasta 1974, no hay lugar para la duda.

Estamos repitiendo la estrategia de pobreza, desindustrialización, inflación, deuda y default. No sólo por la política macro sino por la orientación del largo plazo.

A los radicales habría que recordarles que la estrategia de desarrollo por diversificación productiva y política concertada de ingresos en el corto plazo, dio frutos, como lo señalan las estadísticas citadas, cuando ellos eran fieles a la doctrina originaria. ¿No quieren repasar la historia?

La especialización y el ajuste recesivo, producto de la incompetencia, generan fracaso y peligrosa intolerancia.

¿Será posible que cambiemos de rumbo? Qué paradoja “Cambiemos” no lo cambia: lo profundiza.

 

Carlos Leyba

Se el primero en comentar en "¿SERÁ POSIBLE CAMBIAR?"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*