COMUNIDAD ORGANIZADA Y POSMATERIALISMO

El compromiso del escritor.

La poesía es un arma cargada de futuro” versifica el madrileño Gabriel Celaya; “Nuestra arma es la letra” advierte la escritora argentina Luisa Valenzuela en prólogo a su libro “Cola de Lagartija”, un entramado retórico que refleja la visión postmoderna dentro de la literatura. Postmodernismo, o “posmaterialismo” término más correcto para nosotros, como alteración de los valores del criollismo en el posmundo occidental. Un mundo donde todo parece relativo y sin verdades absolutas. La desfronterización de la modernidad. El neodiscurso redentor, intentando demostrar que el lenguaje no es un sistema lingüístico que representa la realidad como tal, sino que es una construcción social que refleja un punto de vista particular, el punto de vista del dominante. Análogamente, el discurso histórico con su noción absolutista del tiempo y la verdad, que sólo manifiesta la versión hegemónica, y oculta o ignora el relato de los invisibilizados. Todo ello ha afectado a la misma escritura y, obviamente, al propio escritor. A tal punto que nuestro tiempo está siendo recordado como la “era de la posverdad” o modernidad líquida. La pregunta es qué actitud debe asumir el escritor de nuestro criollocontinente, ¿recuperar la solidez de las palabras o dejarlas desleír?

Soy Luis Gotte, de la ciudad de Mar del Plata, esgrimiendo mis primeras armas en el arte de la escritura. Agradezco el haber sido convocado como ponente en el III Encuentro Internacional y II Encuentro Latinoamericano de Escritores, Poetas y Artistas “Luis Yañes”. Es un grato honor y también un privilegio que me permitan reflexionar, junto a ustedes, sobre la importancia de restituir la acción cuestionadora al escritor en este instante de ilusoria posrealidad. La literatura debe dejar de ser producida por escribidores, blogueros escribistas, escribientes de ilegítima pluma para convertirse en el arte del escritor. La literatura no es parte del supermercado, es palabra convertida en arte.

 

A pesar de ciertas variantes surgidas con el tiempo, nuestra cultura criollista (armonización morohispanalusoindoamericana-tierra) representa una suma de factores y disciplinas que la constituyen y traspasan: un hato de conocimientos históricos, religiosos, filosóficos y científicos, es cierto, en constante exploración y actualización de nuevas formas artísticas y literarias y de investigaciones en todos los territorios del saber. Aún así, siempre dentro de un hilo conductor dado por un patrimonio de valores, criterios culturales y maneras de pensar, juzgar y comportarse a la que significaremos como IDEOLOGÍA de un pueblo. Donde el escritor es el músculo latente de ese pueblo, quien convierte en verbo el silencio de su gente.

Hoy todo ello ha transmutado en anti-criollismo. Y lo que llamamos ideología ha sido desintegrado de tal modo que nos hicieron sentir culpables de poseer esos valores y principios. Hoy, cada uno de nosotros es un pequeño Menoccio enfrentando al reduccionismo inquisidor del posmaterialismo por nuestra cultural forma de plantarnos ante el Nuevo Orden Mundial. Recordaré que este personaje, Menoccio, es protagonista de la obra historiográfica “El queso y los gusanos” del turinés Carlos Ginzburg.

 

De este modo han ido desapareciendo los mojones que fronterizaban la cultura de la aculturación, a las personas ilustradas de los incultos. Nos amordazamos ante este escenario, apocados por la angustia a descender en la incorrección política (el nuevo Averno), por lo que ya nadie parece inculto; somos todos eruditos. Aunque no hayamos leído nunca un libro, ni aprendido nociones básicas en conocimientos humanísticos, científicos y tecnológicos de este maravilloso mundo. Sí, lo reitero, pienso que es un maravilloso mundo.

Todos los decires y todos los saberes se justifican y equivalen, y no hay modo alguno de discernir con un mínimo de objetividad qué es lo bello y qué no lo es. Incluso expresarnos de este modo ya es arcaico pues la noción misma de belleza, en su sentido de plena captación del ser, está tan estigmatizada como la propio significación de cultura. Un triunfo pírrico de la posmodernidad.

En su reciente libro, “Prosa Nueva”,  el filósofo mexiqueño Andrés Rogelio de la Mota inquiere “si bien nuestra literatura clásica occidental tenía una visión trascendental del hombre, ¿qué visión de hombre conlleva el arte contemporáneo, qué visión de hombre conlleva un arte que considera que es arte todo lo que el autor diga que es arte?”

En nombre de ideales igualitaristas, han querido exterminar a nuestras élites, aquellos ilustres centauros de nuestro pensamiento nacional, acusados de superiores y monopolizadores del saber, de los valores morales, de la belleza estética y el buen gusto y del decir. El remedio resultó peor que la enfermedad “vivir en la confusión de un mundo en el que, paradójicamente, como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es…” como bien lo reflejara el arequipeño Mario Vargas Llosa.

(quiero aclarar que tomo el concepto de elite del filósofo y ensayista madrileño José Ortega Gasset, de su libro “La rebelión de las masas” quien, como dijo el pucelano Julián Marías, ha sido leído ignorante y malévolamente).

Es paradójico que, en este milenio donde suma la tecnología y resta el analfabetismo, gran parte de nuestra juventud desconoce el significado de la mayoría de las palabras de cualquiera de los libros escritos durante el siglo pasado.

Si hubiera que amojonar un inicio fáctico de este quiebre, diríamos que prorrumpe con el Mayo francés del ‘68, que intenta derribar el principio de Autoridad, desde lo político a lo cultural, sobre todo en el campo de la educación. Esta revolución de los niños bien de las clases burguesas y privilegiadas de Francia, como lo remarca Varga Llosa, fue protagonista de aquella monserga que proclamó como grito de batalla“¡Prohibido prohibir!”, producto manufacturado por el cártel de Frankfurt de que toda autoridad es sospechosa, perniciosa y deleznable y que el ideal libertario más noble es desconocerla, negarla y destruirla. Sin embargo, una vez más la historia nos demuestra que el poder no se vio afectado en lo más mínimo con esa jactancia retórica de adolescente rebelde.

Los grandes vencedores preparaban a la sociedad occidental hacia lo que se gestaba: principio del fin de las ideologías, fiesta narcótica, individualismo, revueltas juveniles, insurrección democrática, origen de los nuevos movimientos sociales, etc.…”que todo cambie para que todo siga igual“, nos diría el escritor palermitano Tomasi di Lampedusa autor del “Gatopardo”.

En el capítulo VIII de la Primera Parte de “El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, titulado “Los molinos de viento”, el complutense alcalaíno Miguel de Cervantes Saavedra se narra este pasaje:

“En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

– La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

– ¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.

– Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

–Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento…”

En ninguna otra geografía como en nuestro criollocontinente, ha devenido en catástrofe para nuestra cultura criollista aquellas ideas subvertidas de los acontecimientos del mayo francés. El criterio de autoridad, en el sentido de prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia, se ha resquebrajado. Nuestros jóvenes han convertido en “molinos de vientos” a todo aquello que exprese algún tipo de autoridad y en ningún otro territorio ha sido esto tan dramático para la cultura como en el de la educación. El maestro, no sólo perdió la confianza y el respeto, sin los cuales es prácticamente imposible que cumpla su función de transmisor tanto de valores como de conocimientos ante sus alumnos. Además, fue despojado de su investidura de imperium, culpado de representar al poder represivo, ergo, un enemigo al que, para alcanzar la libertad y la liberación de los cuerpos, hay que enfrentar.

Muchos educadores, en su buena fe, creyeron en esta auto-condena de sí mismos, haciendo suyas algunas de las más desatinadas como ilógicas consignas de la revuelta del ‘68 en lo relativo a la educación, como considerar irrazonable desaprobar a los malos alumnos o hacerles repetir el año lectivo, e, incluso, ponerles calificaciones y establecer un orden de prelación en el rendimiento escolar de los educandos, pues, haciendo semejantes distingos, se convalida la funesta noción de jerarquías, el egoísmo, el individualismo, la negación de la igualdad y el racismo. La consecuencia de ello es la brutal división de clases a partir de las aulas escolares. El saber discrimina, dirán.

Pretendieron construir un mundo en libertad, fraternal e igualitario, sin represión, ni orden, ni autoridad, gracias a la gran revolución educativa que propiciaban. Y del resultado somos todos testigos, los pobres siguieron pobres, los ricos, ricos…y el poder real incólume.

Nuestros jóvenes creen que es más fácil encontrar la emancipación moral y política enfrentándose al aparato represivo estatal, destruyendo la propiedad privada, o conmover la feminidad liberando la sexualidad, que pasar horas en las aulas escolares. Pero es en ese territorio donde se aprenden las palabras que se convierten en ideas y éstas en verbo. Son ellas el motor del progreso de nuestra civilización occidental, son las grandes obras literarias las que enriquecen nuestras vidas, mejoran nuestro espíritu y sustentan nuestra cultura. Para un “posmoderno” estas creencias resultan de una ingenuidad fachosa, retrógrada y producto del patriarcado machista.

La literatura y el arte tienen que ver con las cuestiones centrales del quehacer humano, testimonia las ideas, los mitos, las creencias y los sueños que hacen funcionar a una comunidad. Ella nos muestra lo peor y lo mejor de la ventura humana, nos ayuda a respirar, a imaginar y a correr fronteras. Para un posmoderno, la literatura misma desnaturaliza, reduce y empobrece al objeto mismo de su estudio. Subyugando la naturaleza a los caprichos del autor…entonces ¿invisibilizamos a la literatura para evitar que la literatura fronterice a la misma naturaleza?

Decía el porteño Jorge Luis Borges: “El lenguaje es la materia de la literatura, como los colores lo son de la pintura y la piedra de la escultura. Pero una obra literaria es algo más que una estructura lingüística, es el pensamiento que logra plasmarse en la palabra, es la intención del autor, es la cosmovisión que se desprende de esa arquitectura verbal, es la interrelación que el libro establece con su época y con las épocas venide­ras, en la dialéctica del libro y sus lectores”.

El escritor tiene una comprensión muy particular en percibir las cosas en su esencia. Sensibilidad de espíritu que le permite observar la realidad, describirla y transmitirla al lector. Su obra crea empatía, no sólo entre él y el lector, entre los que leen su texto y transmiten su testimonio al amigo generando unidad de concepción, ideas…que podrán forjar una acción transformadora.

Si bien el escritor no está para resolver los problemas de la comunidad, sí puede contribuir a plantearlos correctamente. A tal caso, tomemos como ejemplo las estéticas literarias del realismo y el naturalismo que emergen en una Europa donde se consolida un capitalismo injusto, surgiendo autores como Honoré de Balzac, Gustave Flaubert, Antón Chejov, Émile Zola, Pérez Galdóz… quienes examinan a la sociedad con enfoques científicos, se documentan sobre el terreno antes de escribir tomando minuciosos apuntes sobre el ambiente, la gente, la indumentaria, etc. Buscando los datos necesarios para conseguir la exactitud ambiental o psicológica. Es este arquetipo que la posmaterialidad intenta invisibilizar.

La única verdad es la realidad. Aunque se mire al posmaterialismo como un dispositivo foucaultiano para la democratización de la comunidad, difundiendo pluralismo y tolerancia, esto no ha pasado. Más bien, nuestro mundo ha quedado reducido a la virtualidad, donde se puede hacer creer cualquier cosa como factible. Realidades irreales.

Es necesario desenmascarar este posmaterialismo. Si fue un movimiento cultural deconstructivista, hoy se manifiesta como ingeniería social. No obstante, debemos considerar que no es más que otra narrativa entre muchas en la historia. Una narrativa reaccionaria como destructiva, sin dudas, pero una de tantas.

No quiero dejar de señalar, aunque sea a luz de un relámpago, un pequeño ensayo del alessandrino Umberto Eco “Hacia la Nueva Edad Media” de 1972, donde se pregunta: ¿hemos entrado ya en la Nueva Edad Media o vamos al encuentro de una próxima Edad Media inminente”? en el cual el escritor realiza una interesante comparación de aquellos tiempos con los nuestros, encontrando grandes similitudes que tienen que ver con un período de crisis económica y de vacío de poder “la quiebra de una gran Pax acarrea crisis e inseguridades, choques de distintas civilizaciones, y lentamente se irá configurando la imagen de un hombre nuevo. Imagen que sólo más tarde aparecerá clara, pero cuyos elementos fundamentales están ya bullendo allí en un dramático caldero. Esta Edad Media será una época de “transición”, para la cual habrá que utilizar nuevos métodos de adaptación. Nacerá una cultura de la readaptación continua, nutrida de utopías…”

Seguramente ocurra sí, pero será necesario un nuevo replanteo del hombre y su universo desde la sabiduría, cuyo resultado supere lo posmoderno y de cierto realismo ingenuo de la modernidad. Será la Filosofía, madre de toda emancipación, la que nos permitirá recuperar las grandes fes dogmáticas, los grandes horizontes metafísicos…las categorías criollistas de verdad y belleza.

Hemos llegado a una línea divisoria en la historia.  La posvida, que se debate entre lo real y lo virtual, en un posmundo con su neolengua, que ha surgido con la globalización, ya no es sostenible: o cambia o sucumbiremos.  El dilema ya no es cuándo ocurrirá, sino cómo y quiénes plantearán el devenir. El futuro ya no puede ser una simple continuación del presente; tiene que ser fundamentalmente diferente.

En este Nuevo Orden opresivo, el ser humano es un ente despojado de valores, formado para cumplir con una tarea cada vez más específica, nulo para su desarrollo en plenitud, transformado en un sujeto que vive, trabaja y muere en función del consumismo, desatendiendo muchas veces las verdaderas necesidades. El hombre de hoy es un hombre sin identidad, alienado, con una conducta uniforme, permeable a las modas tan descartables como ese propio hombre, con una vida útil cada vez más acotada en el mercado laboral. El individuo de la globalización no se plantea su existencia, en términos de logros y de realización, sino que entiende su éxito como un tener, lejos del Ser.

Lentamente, generación tras generación, se fue separando a nuestro pueblo de su alma humanista y cristiana. Desnaturalizan las raíces, reducen la memoria, rebajan la lengua. “En todas las instituciones y en todos los rasgos característicos de la Hispanidad va implícita la creencia en la supremacía del espíritu. El alma espiritual del hombre se alza sobre la naturaleza entera, sobre el mundo, sobre cualquier objeto…” articulaba el vitoriense Ramiro de Maeztu.

 

El mundo marcha hacia la integración de los hombres en unidades cada vez mayores. De la familia se pasó al clan, del clan a la tribu y de esta a las naciones. Hoy vivimos la etapa en que las naciones se agrupan en bloques continentales, ya sea porque los unen los intereses políticos y económicos, ya porque tengan entre sí vinculaciones más profundas y objetivos superiores que cumplir.

Sin embargo, una sutil y desarraigada enseñanza de la Historia en los colegios, sirvió para que los distintos pueblos de nuestro criollocontinente no logren este recorrido. Nos fueron confundiendo, nos hicieron creer que el enemigo estaba en la transfrontera. Terminamos desconfiando unos de otros.

La historiografía eurocentrista no acepta que nuestros pueblos crean y confíen en sus propias fuerzas, que tenga iniciativa propia, fe en sí mismos. Ellos nos enseñan que: “Bolívar gana la guerra… por la ayuda británica. San Martín triunfa… siguiendo planes británicos”. En última instancia, si ambos logran triunfar, habría sido porque Europa se los permitió. Sin ellos seríamos incapaces de cualquier logro.

La realidad es que desconocemos nuestra propia historia en común. Sabemos de historia antigua occidental u oriental, pero no conocemos de historia indohispanoamericana. No se enseña correctamente en nuestros colegios. Entonces, cómo lograr coincidencias que nos acerquen a un proyecto de UNIDAD, en un criollocontinente que ha sido desmenuzado y desnaturalizado para hacernos creer que siempre ha sido violento, siendo que no lo fue.

Todo se transforma en discusión entre nuestros pueblos. No importan los motivos, son tan variados como absurdos. Estas controversias nos impiden seguir avanzando mirando al futuro. Hacemos lo que los países hegemónicos quieren que hagamos, así nos siguen “tutelando”. Somos nuestro peor enemigo, nos educan mal y les sale barato desunirnos. Caemos una y otra vez en conflictos regionales. La mejor forma de mantenernos en el subdesarrollo es subdesarrollándonos nosotros mismos.

Debemos romper con este estado de tensión y desconfianza, superando nuestras diferencias, que son de formas y no de fondo. Difícil, pero no imposible.

Por lo que, la posible unidad no debe construirse emulando a la europea, sino desarrollando nuestra idea de CONTINENTALISMO. Unidad que no implica perder nuestras identidades culturales, por lo contrario: cada vez más argentino, más brasileño, más chileno, más boliviano, más mexicano, más cubano…más criollistas.Recuperando las ideas y sueños de Simón Bolívar, José Artigas, Manuel Ugarte, José Vasconcelos, José Martí, Leopoldo Zea, Alfonso Reyes, Antonio Cuadra, Pedro Henríquez Ureña, José Rodó, Rubén Darío, Antonio Caso y tantos otros pensadores ya desaparecidos de nuestros libros escolares, de nuestras disertaciones universitarias, de nuestros criterios en las tomas de decisiones.

Tenemos, y debemos, ser capaces de articular una unidad de concepción entre los diferentes movimientos sociales del criollocontinente. Debemos impulsar, desde una construcción de Tercera Posición, ni liberal ni socialdemócrata, una organización a nivel macroregional de partidos movimentistas. Una unidad que se proponga y mantenga una dinámica de combate a favor de la Justicia Social y la Liberación de los pueblos. Esta Unidad debe ser un ideario colectivo desde la criollidad.

El porteño Alejandro Pandra nos manifiesta y revela que somos mestizos de una cultura nueva que surge como superación de todos los antagonismos: oriente y occidente, acción y contemplación, razón y mito. En América surge un nuevo tipo humano con características originarias y propias, destinado a ofrecer al mundo una nueva propuesta cultural. Esto, lejos de ser una utopía o una ficción, es una realidad comprobable en la vivencia popular, que se transforma en un ejemplo de una permanente integración. Allí, en los niveles de la cultura popular, es donde debemos buscar el crisol viviente que selecciona elementos integrables y desecha los no integrables. En el seno del pueblo no intelectualizado, no alineado a ideologías foráneas, es donde hallamos la vigencia de esa integración que se cumple por encima de las posibilidades lógicas, de las previsiones intelectuales, de los causes previstos. Es que el pueblo vive su tradición cultural, y este le provee el patrón necesario para aceptar realidades que rechaza la mente crítica y racionalista. El pueblo humilde, no prejuiciado, siempre está dispuesto a la apertura, al abrazo, a la integración en el nosotros.

En tal sentido, para la consecución de dichos fines, es primordial que desde la filosofía junto a la literatura y el arte se propongan reencontrarnos con dos conceptos fundantes de nuestra campeadora cultura, y así lograr recuperar al hombre en toda su dignidad y trascendencia:

1. el de “Hispanidad”: que como dijera el ex presidente argentino, Juan D. Perón, en su discurso del 12 de octubre de 1947 “por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan honroso tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes, de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la HISPANIDAD iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos…”.  

2. el de “Hombre”: no solamente la savia cervantina circula por nuestra cultura, también la sangre del Cid Campeador recorre nuestras venas. Sangre noble castellana, insurrecta, insumisa, que no se doblega ante el destino que parece imponernos los poderosos. Es ella la que moviliza a sus hijos criollos contra las injusticias y las sinrazones del poder. Fue el Cid quien legó su carácter y su personalidad a la nueva hispanidad que emerge de la reconquista y que se trasladará al nuevo continente, fundiéndose con sus pobladores formando un nuevo hombre, el nosotros criollo o criollismo con su sentido de arraigo al suelo.

El hombre del criollocontinente es sustancialmente diferente al europeo. Es por ello que necesitamos de una definición que nos sea propia, distinta al enunciado globalista o la que nos propone el relato de la progresía militante.

La tierra, esta tierra, que nos marca y moldea en esencia y substancia. Ella hace la diferencia, porque tiene conciencia de sí misma, tiene vida, por lo que manda a su hombre a protegerla, preservarla y cuidarla. Nuestra tierra es la madre dadora de alimentos, lo fue para nuestros padres, para nosotros y lo será para nuestros hijos. Nos formó y nos constituye en la Raza Cósmica del oaxaqueño José Vasconcelos, síntesis hombre-naturaleza. Un hombre que no solo es materia y espíritu, también es raíz con su tierra. No importa nuestra procedencia, no importa de qué geografía provengamos, ella nos enraíza y nos continentaliza.

Refiere el antropólogo porteño Rodolfo Kusch de la necesidad de reencontrar al hombre nuestro, es decir, a ese “hombre total”, que ha sido desdoblado y desconstituido. “Frente al pueblo americano no cabe sino ser americano, y esto significa recobrar resortes imprevistos, ésos que sólo puede dar el mismo pueblo…se nos enseña a no ser pueblo…pero tengo que pensar como el pueblo, de ahí la importancia del discurso popular.” Ante el hombre desmenuzado (el alma de su cuerpo, del cuerpo de su cultura, de su cultura con su historia y de la historia con la tierra) reconstruyamos a ese hombre total.

Un hombre total de cuerpo, alma y tierra que, cuando encuentra su equilibrio se convierte en PUEBLO y, cuando ese pueblo defiende su tierra y su cultura, su tradición y su historia, toma la categoría de PATRIA. Cuando la Patria, en su conjunto, decide seguir un objetivo común se convierte en NACIÓN. Y cuando se logra la perfecta armonía y equilibrio entre Pueblo, Patria y Nación, junto a un gobierno que comprenda y entienda las consignas de su tiempo, consigue el proyecto final: ser COMUNIDAD ORGANIZADA, con visión Continentalista.

En definitiva, reencontrarnos con la hispanidad y definiendo al hombre nuestro, estaremos dando los pasos necesarios para pensarnos desde nuestra propia sabiduría y categorías. Desde el nosotros criollo. El hombre nuevo, como iniciador de una raza, como elemento germinal, célula fecunda de una nueva forma cultural.

Y si me permiten, y para culminar, repetiré unas estrofas del metapense Rubén Darío:

Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña.
Mis ilusiones, y mis deseos, y mis
esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña…
Quisiera ser ahora como el Ulises griego
que domaba los arcos, y los barcos y los
destinos. Quiero ahora deciros ¡hasta luego!
¡Porque no me resuelvo a deciros adiós!

MUCHAS GRACIAS

Luis E. Gotte

ENCUENTRO REALIZADO LOS DÍAS 25, 26 Y 27 DE ABRIL DEL 2019, PROMOVIDO POR EL MOVIMIENTO “ACCIÓN DE PAZ”, Y A CUYO PRESIDENTE DR. HC ALEJANDRO D’ALESANDRO AGRADEZCO INFINITAMENTE.

1 Comment on "COMUNIDAD ORGANIZADA Y POSMATERIALISMO"

  1. Armando D. Garcia Lillo | 10 mayo, 2019 at 01:41 | Responder

    Estupendo articulo de Luis E. Gotte que resume la cosmovision del hombre de nuestro continente hispanoamericano.-Del hombre nacido en esta tierra, consustanciado con ella y con sus raices culturales y responsabilizado en el destino de sus coterraneos.-Coterraneos que no se circunscriben solamente a las nacionalidades, que son principios de organizacion institucional, sino en la metapolitica del continentalismo hipano americano que sera el devenir de la comunidad organizada nacional, cuya formacion y institucionalizacion son prioritarias.-

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