SÍNTOMAS DE UNA AGONÍA ESTRUCTURAL

¡Que dificil! El pasado pesa demasiado y no se puede olvidar. La memoria cansa. El presente se torna insoportable y no hay ni sombra ni calor disponible. Sensación de intemperie. Y el futuro, como mínimo, se presenta incierto, por no decir preocupante.

 

¿Qué pasará? Pregunta que responde a la impotencia ciudadana: la ausencia de canales de expresión, la pérdida de institucionalidad, nos ha convertido en una democracia de espectadores y sólo nos interrogamos como si la Historia estuviera sometida a leyes ajenas a los ciudadanos. Sólo podemos preguntar, ya que hay pocos canales donde sumar energía.

El estado de enfermedad de los partidos; la pérdida de representatividad de las organizaciones sociales, sean empresarias o sindicales; el peso inexplicable del Poder Ejecutivo unipersonal, la complicidad de anonadamiento de legisladores y miembros de la Justicia. En ese marco, antes y ahora, un grupito, una mesa chica, un núcleo cerrado, gobernado por el pensamiento de grupo, nos coloca en un estado de total imprevisibilidad: somos espectadores sometidos a la sorpresa arbitraria de quienes, encapsulados, creen gobernar mientras las corrientes duras de la historia nos conducen sin prisa y sin pausa. 

¿Puede funcionar así una democracia? El trío que gobierna, Marcos Peña, J.Durán Barba y Mauricio Macri – ante estas evidencias de baja gobernabilidad -, es el único que rechaza absolutamente la idea, la construcción de la nave del Consenso. Todos los demás, los oficialistas que no pertenecen al trío, todos los opositores, menos la izquierda extrema o el minúsculo show de los libertarios, reclaman el Consenso.

La demanda de Consenso está destinada, tal vez no de manera consciente, a suplir la ausencia de partidos y de partidos con programa; a suplir la ausencia de organizaciones sindicales capaces de canalizar las necesidades permanentes de los trabajadores y autolimitarse a las convenciones sectoriales, como si los trabajadores hubieran dejado de ser parte de la sociedad; destinado a suplir el espíritu de demanda de Escribanía del Ejecutivo que baña a los legisladores oficialistas. Para hacerlo se trata de proponer las normas que construyen el Bien Común; y tambien, el Consenso, debe estar destinado a suplir la ausencia de Justicia de una organización ad hoc que parece dedicada a administrar el tiempo para que el olvido sea la única decisión de la Justicia. 

En ese sentido y para cumplir ese cometido, el Consenso, necesariamente, debe ser una diagonal que una extremos. Sobre esto volveremos.   

Somos espectadores sometidos a la sorpresa, sufrientes de economía, política y sociedad con muchos años lamentablemente inolvidables. Pero economía, política y sociedad son insoportables cuando evaluamos el presente y mucho más que preocupantes si oteamos al futuro. 

Hoy la propuesta, en la política, ya no es “pasar el invierno” (expresión de los años 60 del primer gran plan de ajuste liberal) sino “llegar al invierno”. 

Cuando comience el invierno, sí o sí, las candidaturas estarán jugadas. Si las candidaturas de Macri y Cristina se confirman, los días posteriores al 22 de Junio, con el invierno en marcha, será imposible esperar otra cosa que meses de un frío inhóspito. Ambos grupos concitan y seguramente mantendrán para entonces, el 60 por ciento o más de las voluntades. Ninguno de esos dos candidatos promueve el Consenso con los adversarios: está en su naturaleza no hacerlo porque ambos construyen (o destruyen) sobre el disenso. 

Y es una broma de mal gusto hablar del “Consenso de los propios”. Los que promueven el Consenso, cuyo máximo capital original sería del 40 por ciento de los votantes, ¿se piensan como “diagonal” que une los puntos extremos o que canaliza gran parte de su caudal? ¿Y sino de qué vale un Consenso que excluye a los extremos en pugna? 

De ser así serían ahora tres adversarios mutuos y no dos. ¿Qué paso habríamos dado, en ese caso, para suplir la inexistencia de partidos, de organizaciones sociales, de República? Porque el Consenso es para “eso”. 

Frente al escenario por ahora más probable de comienzos del invierno inhospito, urge la conformación de un Consenso que sea diagonal de los extremos. No está en oferta.

Pero hay cultura peronista y cultura radical dentro de Cambiemos; y hay cultura peronista y radical dentro del Kirchnerismo – ambas capturadas por “las cimas del poder” que rodean a los “líderes”. Y también hay cultura radical y peronista en ese 40 por ciento que no adhiere a los extremos. Esa es la materia prima para trazar la diagonal. Quedan solo dos meses y pocas voluntades. Echemos una mirada sobre aquello que hay que consensuar.                                            

El pasado negativo en lo económico, en lo social, en lo político pesan demasiado. Son herencias que nos hipotecan. ¿Cómo pesa el pasado?¿Cuándo empezó? 

En lo económico y en relación al mundo, cuando comenzamos a endeudarnos – hace 43 años – le pusimos “riesgo al país”. Para venir, los capitales externos, nos pusieron desde entonces una prima de riesgo. El riesgo país, en definitiva, es el anverso de la fuga de capitales que se hizo exponencial a partir de hace 43 años. Hoy – en el presente – lo estamos sufriendo. 

En lo económico y en relación a la capacidad productiva del país, más allá del capital naturaleza, creyendo buscar la estabilidad de precios, anclamos el tipo de cambio y abrimos las fronteras, sin la mas mínima discriminación, y destruimos capacidad, perforamos las cadenas productivas; y el proceso nos hizo más dependientes de las importaciones: para producir un auto hoy importamos el 80 por ciento de sus partes y hace 43 años solamente el 20 por ciento. 

Quedó un país que genera relativamente menos moneda de pago al exterior. Ningún Consenso, entonces, puede prescindir de poner las herramientas para lograr la duplicación de las Exportaciones, la sustitución racional de importaciones de bienes y servicios, y la administración de los flujos financieros, como objetivos prioritarios. Sin una política de generar dólares genuinos ningún Consenso tiene sustentabilidad.

Lo social, que es la razón principal de nuestro desequilibrio fiscal, nos ha llevado a duplicar el Gasto Público sobre el PBI para compensar la reducción de la capacidad de creación de trabajo del sistema productivo. La destrucción del aparato productivo hizo pasar el Gasto Público del 20 al 40 por ciento.

No es que el trabajo ha sido desplazado globalmente por la tecnología. Es la pretendida destrucción “estabilzadora” del aparato productivo (que hoy estamos repitiendo)lo que nos ha generado el descomunal déficit fiscal. El primario, atizado por la estrechez dinámica del aparato productivo que no tributa y no emplea; y el financiero por el delirio de financiar gasto en pesos endeudanos en dólares que convertiremos en pesos: emisión con deuda a intereses demenciales, porque siempre son ampliamente superiores a la tasa de crecimiento del PBI.  El resultado de lo social es la pobreza, especialmente en la que vive el 50 por ciento de los jóvenes, el desempleo – que es la ruptura del contrato social de la democracia – y la creciente desigualdad en la distribución de los ingresos y la riqueza que escandalizan cuando observamos el nivel de las fortunas súbitas de las últimas cuatro décadas generosamente dispensada por la inconsciencia de la clase política. 

La Argentina, a partir del proceso de privatización (“desestatización”) y garantías monopólicas (“desregulación”), ha vivido un proceso similar al de los oligarcas rusos post socialismo de Estado: fortunas súbitas que son inexplicables sino es por la designación de “concesionario” otorgados por la política en su versión más canalla. 

Hoy de las 50 empresas que más ganaron en el ejercicio cerrado en junio de 2018, 40 – es decir el 80 por ciento – tienen sus negocios basados en “concesiones públicas” o empresas privatizadas o con fuerte capitalización de entidades públicas. 

No se trata de lo que ha ocurrido este año sino que, en las tres décadas de privatizaciones y concesiones, se generó una colosal transferencia de riqueza y poder de mercado, una fuerte capacidad de lobby de parte de esas empresas, una protección natural que no necesita de políticas, como lo son la defensa comercial o cambiaria, porque gozan de una barrera natural que antes era propiedad del Estado. 

Con ese proceso nació una nueva oligarquía adversaria de cualquier proyecto productivo nacional que ejerció una poderosa influencia destinada a diluir la fortaleza de los partidos, las organizaciones sindicales y empresarias. 

Justamente el Consenso “Diagonal” es la única arma que le queda a la política para articular una respuesta a la dramática orfandad de la economía y la sociedad.

Es en este marco que debemos juzgar el Miércoles, Jueves y Viernes negros. Invesores se deshacen de bonos, las cotizaciones caen, los rendimientos suben. A mas riesgo mas ganancia. Paradojicamente la buena suerte es que la codicia cumpla la función de una barrera que detiene el tirabuzón. Si ella desaparece, parar el ascenso del Riesgo País, que es la medida de la desconfianza en nuestra capacidad de pago, será una tarea herculea. 

Ninguno de los doce trabajos de Heracles se compara con esta tarea de resultado impredecible para un débil gobierno al que, su propia tropa, le sugiere que deje la candidatura a la única figura del PRO a la que la mayoría de la opinión publica digiere. 

La renuncia de Mauricio a la candidatura – que debería ser antes del 22 de junio – además del pato rengo que ya se insinúa, implica un salto mortal para María Eugenia Vidal que debería afrontar la maldición de que ningún gobernador de Buenos Aires fue elegido Presidente en el turno sucesorio. El riesgo del Principio de Peter, alcanzar el nivel de incompetencia, y además la generación de un vacío de candidato en la Provincia. No son los nombres los que resuelven los problemas políticos. Sin duda “otro Mauricio” es necesario para que Cambiemos brinde una expectativa hasta junio. El problema es que “otro Mauricio” no es posible: lo que lo sostiene es la presencia de Marcos y Durán y ninguno de los dirigentes PRO, que lo apuntalarían en un cambio, ha podido romper el cerco que ambos construyen para su propia suervivencia. Y ambas cabezas ya demostraron lo que constitutivamente son.

En esta situación la lógica del Riesgo País es acompañada por el ascensor de la cotización del dólar, impulsado por quienes tratan de escapar de la telaraña de incertidumbre que nos domina. 

Telaraña que teje la triple incertidumbre. La económica, derivada de una estanflación descorazonadora. Que se suma a la incertidumbre social, empujada por la crisis distributiva que se manifiesta duramente en el aluvión de la pobreza y en la creciente temperatura de la conflictividad social. Y  finalmente, “cerrando”la telaraña, la incertidumbre política. 

Todas estas incertidumbres son consecuencia de la gestión PRO. Pero esta última, la política, es una consecuencia deseada por Marcos Peña. Las dos primeras son fracasos. La tercera un “éxito”: lograron generar el miedo de los inversores a los que querían generarles confianza.  

Entonces ¿qué queda de “la confianza” que era la madre de todas las batallas? Mauricio sostenía que todo se resolvería con el golpe de confianza que su llegada habría de producir. ¿Es posible que personas adultas pudieran creer que la confianza de gobierno se genera con palabras, gestos, globos, alegrías y bailecitos, recibiendo a la abstracción de “los mercados”?

Macri convenció a los principales medios y comunicadores sociales que garantizaba el alúd glamoroso de inversiones y que comenzaría a gestarse un nuevo primer mundo. Como el que celebraba Carlos Menem y sabemos como terminó. Hay en todo esto un aire de familia. 

En ese contexto de crecimiento por inversiones, de estabilidad por confianza, y de extinción de las condiciones de pobreza, él lograría la unidad de los argentinos tan enemistados a causa de la grieta generada por CFK. 

Obviamente el estancamiento con inflación y pobreza, eran el fundamento del conflicto y de la desunión provocados por la patología del kirchnerismo: la búsqueda del culpable. 

Esos males no han desaparecido y surgió la patolgía del macrismo. El estancamiento y la inflación, y el crecimiento de la pobreza, son las notas dominantes de esta gestión. La patología es el incentivo del miedo electoral  y del odio como aglutinante. Las preguntas son por qué y para qué.

La respuesta que ensayan los colegas alineados con el macrismo – tal vez mas por miedo a lo que vendría que por amor a lo que vino -, es que “la inflación” es el precio a pagar por la recuperación de los precios relativos (tarifas), es decir, por la eliminación de los subsidios y algo más. Y el estancamiento es hijo de la demora en la eliminación de los subsidios. 

Como nuestra economía, dicen esos colegas, no puede crecer con déficit fiscal primario (del financiero no se habla) y “el gradualismo” demoró esa meta, entonces, la inflación y el estancamiento son hijas de la demora de las medidas. No de las medidas. La cupla es del tiempo. O del optimismo.

Lo cierto es que la demora fue financiada con deuda externa. Deuda celebrada por el PRO porque indicaba “nuestra inserción en el mundo”. El “respeto” de los mercados era una tasa de interés macha que alentaba la abundancia y la celeridad del crédito.  

Por culpa del tiempo, al gigantesco problema heredado, le sumamos la conocida y dificil de resolver, deuda externa. Todas estas políticas empiezan y terminan igual. Empiezan con crédito y terminan con deuda. O comienzan con “confianza” y terminan con desconfianza. 

Cuando se acabó la posibilidad de endeudarnos abandonamos el gradualismo e ingresamos en el ajuste acelerado. En pocos meses llegamos aquí. 

El primer año saltó la inflación y cayó la economía. En 2017 siguió la inflación y la economía no alcanzó a recuperar lo perdido en 2016. En 2018 y 2019 la economía fue para atrás y la inflación para adelante. En síntesis, estancamiento (el PBI 2019 será menor al de 2015 y mucho menor el PBI por habitante) y la inflación (el promedio de la era Macri del 36 por ciento). 

Con Macri, en promedio, todos los argentinos somos más pobres, y los que estan en la pobreza  son muchísimos más, aunque el porcentaje sea parecido al que heredó de Cristina. 

Y además estamos muy endeudados en dólares y – como si fuera poco – hemos dolarizado la energía, recurso de propiedad pública, cuyo costo – salvo amortizaciones – es en pesos. Ese precio asociado al dólar multiplica sus efectos.

Los temblores de esta semana son consecuencia de la telaraña de incertidumbre que la gestión Macri ha tejido. 

Lo que hagamos en lo inmediato desde adentro está limitado por el desierto que representa el camino electoral. Un solo candidato bajo sospecha y deseos – y agrego necesidad – que no lo sea. Y todo lo demás en ciernes. Un desierto dificil de recorrer. De señales luminosas, por ahora, ni hablar. 

Una señal de afuera es el apoyo y el enorme condicionamiento del FMI. Manos atadas. Mientras nos humedecen los labios. 

¿Hay alguna otra? 

El panorama del mundo no permite alentar la expectativas de un nuevo “viento de cola” que la disipe. El viento de cola que sí bendijo, post default, a Eduardo Duhalde  y a Néstor Kirchner y de cuyas mieles gozó CFK, Cristina lo dilapidó y no se volverá a repetir en el entorno previsible. 

A pesar de las Nuevas Tecnologías – en los paises desarrollados – se está produciendo una desaceleración de la productividad del trabajo. El envejecimiento demográfico brinda un freno a pesar de los avances de las Nuevas Tecnologías y del proceso inversor que las acompaña. Lo dicho anuncia una desaceleración de la economía planetaria y – situados en nuestra realidad – preocupa la debilidad de los precios de las materias primas.

Las apuestas de Mauricio Macri no sólo son probadamente equivocadas en lo que hace al manejo de la macro economía, sino que sus entusiasmo en pos de la especialización en la producción de materias primas para “ingresar al mundo”, parece que va en el timbreo equivocado. Naturalmente Vaca Muerta es otra cosa. Pero “esa cosa” requiere para ser significativa inversiones que aún no están; y para que ademas de significativa sea positiva, requiere que no se convierta en la “enfermedad holandesa”. Que nos calme de la presión estructural del dólar pero nos demuela con la presión del desempleo.

No hay viento de cola a la vista. La consecuencia es la necesidad no solo de lograr una macroeconomía ordenada, sino y fundamental, definir el motor que dará lugar al crecimiento condición sin la cual no hay macroeconomía que ordene la salida de las tres incertidumbres que nos inquietan. 

No podemos esperar el motor exterior. Las estadísticas mundiales de la segunda década del SXXI son elocuentes: en estos diez años la caída de la productividad por trabajador es sistemática. Si consideramos esta tendencia a la baja de la productividad y la relacionamos con la caída del crecimiento de la población en edad de trabajar y tenemos en cuenta que, a lo largo de la década, se ha reducido la tasa de desempleo, resulta que, entonces, es posible inferir una desaceleración sistemática en el crecimiento del Producto Potencial a nivel mundial.

Esta conclusión es sorprendente toda vez que es evidente el crecimiento de las inversiones en tecnología y la rápida expansión de los beneficiarios de la educación superior. Sorprendente pero debemos tenerla en cuenta para profundizar la respuesta de cómo diseñaremos ese motor interior que es una condición necesaria siempre, pero mucho más lo es cuando las expectativas de las olas de arrastre son poco alentadoras.

En ese contexto externo sin futuro viento de cola, además la segunda década del SXXI para los argentinos ha sido terrible. Una década perdida. El PBI por habitante cayó desde 2011 a la fecha. Peor noticia no se podría ofrecer. La consecuencia es que la productividad por trabajador se desplomó. 

En nuestro caso no por el envejecimiento de la población como parece apuntar el análisis a nivel mundial. 

Muchos colegas sostienen la oportunidad de disponer de un Bono Demográfico que sería un activo. Cosa cierta si miramos las estadísticas sin calificarlas. Pero se desmorona si tenemos en cuenta que el 50 por ciento de los jóvenes son pobres, hijos de pobres y probablemente nietos de pobres. Esas carencias califican el Bono Demográfico. No es, entonces, un activo neto. 

En segundo lugar la tasa de inversión sobre el PBI, en la década, nunca alcanzó ni remotamente los niveles mínimos aceptables como para suponer una transformación productiva. Peor aún, si analizamos la inversión en equipamiento reproductivo, los datos magros y de baja calidad de los que disponemos, nos informan que, en nuestro país, hay una ausencia radical de lo que puede llamarse un proceso inversor y menos aún un proceso transformador. 

La mayor parte de lo que se computa como Inversión en las Cuentas Nacionales son rubros vinculados a la Construcción y al equipamiento automotriz. Sin duda esas inversiones pueden contribuir a la mejora de la productividad, pero son mejoras marginales. Lo que transforma es el equipamiento productivo. 

Sin duda el espantapajaros mas eficaz para que no aterricen inversiones, es una macro economía como la que hemos tenido en esta última década. 

Pero no es menos cierto que para que las inversiones despeguen y vuelen a nuestra realidad es necesario formular un modelo que priviligie el aparato productivo y los incentivos necesarios para ser un campo de atracción. No tenemos lo uno ni lo otro. La propuesta PRO que eso nos lo brindará la conexión al mundo, sin motor propio, es una quimera. Y lo es más en el contexto del mundo en el que estamos. No habrá viento de cola. 

La construcción del motor propio para desarrollarnos es una condición necesaria y suficiente, pero sólo es posible con la conformación de un Consenso Diagonal que es lo contrario de un Consenso Excluyente.  

Y de estos problemas de coyuntura, que son síntomas de agonías estructurales, no podemos salir sin un programa de largo plazo y eso exige pensar un proyecto colectivo generoso, inteligente y capaz de sugerir al conjunto que otra calidad de vida es posible para todos y que hay que empezar por el trabajo. 

Y el trabajo productivo necesita más que una bicleta, más que un escritorio en la municipalidad, más que un uniforme multicolor de policía: necesita la inversión que da lugar a la productividad. 

Nada cambiará si lo principal,el aparato productivo, sigue siendo entregado para “la estabilidad” … del cementerio.

Carlos Leyba

Se el primero en comentar en "SÍNTOMAS DE UNA AGONÍA ESTRUCTURAL"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*