NUESTRO FUTURO SE JUEGA EN LA ESCUELA

La educación esta jugando un papel importante en este siglo, caracterizado por la globalización impulsada por los avances científicos y tecnológicos; la fortaleza económica de una sociedad depende cada vez más de su capital humano. La población es la depositaria de ese capital, que es decisivo para impulsar el progreso y mejorar las condiciones de vida, en especial, de los más humildes. El nivel de conocimientos acumulados en la mente de los habitantes de un país es la garantía de su avance. Estuvo en lo cierto The Economist cuando, haciendo referencia al nivel educativo, afirmó en 2014 que: “La fortaleza de una sociedad depende principalmente de lo que está en la cabeza de las personas. Por esta razón Japón y Alemania pudieron recuperarse rápidamente a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que sus ciudades estaban reducidas a cenizas”.

Este siglo es el siglo del conocimiento y de la racionalidad científica y tecnológica. En suma, del saber que contribuye a acelerar el cambio de las condiciones económicas, sociales y políticas; el mundo está cambiando día tras día con la prontitud de los saberes nuevos. Las naciones ya han dejado atrás una época en la que la producción de bienes y la acumulación de capital estaba basada en los recursos naturales, y hemos ingresado a otra era, en la que el conocimiento, la creatividad y la capacidad de innovar alcanzan valores insospechados, convirtiéndose así en el nuevo capital de las personas, empresas y naciones. El valor económico del denominado capital “humano” es hoy nada menos que cuatro veces mayor al capital físico, según las evidencias presentadas por el Banco Mundial. Durante gran parte del siglo XX nuestro país se contaba entre las naciones con mayor desarrollo de su sistema educativo, pero estamos perdiendo el tren educativo del siglo XXI, no solo cuando vemos lo que está ocurriendo en las naciones desarrolladas, sino también en América Latina.

Nuestro Himno Nacional fue claro cuando proclamó la vocación por construir una nueva nación sobre los cimientos de la “noble igualdad”. Esto exige prestar atención a nuestro sistema escolar, que hoy enfrenta dos problemas: bajo nivel de conocimientos de los alumnos y grandes diferencias entre escuelas privadas y escuelas estatales, vinculadas a las diferencias en los niveles socioeconómicos de las familias. El ultimo Operativo Aprender 2018 nos permitió observar las diferencias educativas vigentes en nuestro país, que dependen de tres factores: la provincia donde reside el alumno, el nivel socioeconómico de las familias y el tipo de escuela.

Mientras el nivel de conocimientos de los niños y adolescentes dependa del dinero que tengan sus padres nos alejaremos cada vez más de un país no solo con justicia social, sino también con un crecimiento económico sostenido. Un buen sistema escolar asegura altos niveles de conocimientos a sus alumnos, pero además apunta a eliminar las desigualdades en los niveles de conocimientos de los alumnos que dependen del nivel socioeconómico de sus familias. La pobreza y la indigencia se concentran en quienes tienen una escasa escolarización; según el Barómetro Social de la UCA la pobreza afectaba a alrededor de la mitad de quienes no habían concluido la secundaria, pero esta proporción descendía entre quienes habían completado la escuela secundaria,

Nuestra escuela no está quebrando el círculo negativo de la reproducción intergeneracional de la pobreza, ya que el nivel de conocimientos de los alumnos depende esencialmente del nivel socioeconómico de sus padres. Abatir la pobreza y la exclusión social requiere una educación que haga más equitativa la distribución del capital humano. Tenía razón Confucio cuando decía: “Donde hay buena educación no hay distinción de clases”.

La mayoría de nuestros pobres son “excluidos”, ya que han sido expulsados de la fuerza laboral, no tienen un empleo productivo y difícilmente lo tengan aunque la demanda laboral crezca. Nuestros pobres hoy son “excluidos”, ya que en muchos casos son familias enteras que por más de una generación han estado excluidas del nuevo y difícil mundo del trabajo. Cuando la pobreza es coyuntural, sí se puede encontrar soluciones de corto plazo con planes sociales, pero cuando la pobreza es estructural, como la que padecemos, son necesarias otras líneas de acción que apunten directamente a la raíz del flagelo de la pobreza con exclusión social. Por ejemplo, la escuela secundaria debe ser no solo inclusiva, sino también de una calidad que no dependa del nivel socioeconómico de las familias. Existe una desigualdad en la graduación secundaria entre las escuelas estatales y privadas. De cada 100 niños que ingresaron a primer grado en una escuela privada en 2005, se registraron casi 70 graduados secundarios en 2016, pero esta proporción colapsa a apenas 32 por ciento en las escuelas estatales.

Como expresa Norberto Bobbio: “Lo igualitario parte de la convicción de que la mayor parte de las desigualdades son sociales y por lo tanto eliminables”. Nuestros adultos que hoy son pobres y excluidos no terminaron ayer la escuela secundaria, pero debemos lograr que mañana sus hijos se gradúen en escuelas secundarias de buen nivel educativo. Sin inclusión educativa no podremos abatir una pobreza que hoy es laboralmente excluyente. Sin una buena escuela para todos la justicia social no existe, pero habrá que comenzar por lo más simple y elemental: cumplir íntegramente el calendario escolar y no dejar la escuela sin docentes en las aulas.

Miembro de la Academia Nacional de Educación. Director del CEA (Universidad de Belgrano)

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