TRATADO DE LA BANDERITA

Monumento a Angel Vicente Peñaloza en Tama, La Rioja

Hacia 1850 el general Angel Vicente Peñaloza ya vive definitivamente en su aldea local de Guaja, rodeado de respeto y prestigio.  Cuando en 1852 llegan las noticias de Caseros, los nuevos gobernantes de la Confederación Argentina saben que para contar con La Rioja hay que contar con quien es su hombre fuerte: el Chacho.  El nuevo presidente, Urquiza, lo halaga.  Le hace reconocer su grado de coronel y en 1855 lo asciende a general de la Confederación por ley del Congreso.  Se cartea con Peñaloza, le envía algún regalito de cuando en cuando y más tarde hará con doña Victoria una sociedad para explotar un tambo: Urquiza tenía muchos modos de persuasión y uno de ellos era favorecer a sus amigos políticos haciéndolos sus socios.

El rancho de Guaja es siempre un hervidero de gente.  Mensajeros, personajes políticos, militares, espías, aduladores y vagos se demoran alrededor del general, comparten su techo y sus asados, le piden plata prestada, le llevan y traen noticias, lo comprometen –a veces- en aventuras políticas poco claras.  En esos años el Chacho saldrá un par de veces de su pago para voltear otros tantos gobiernos en La Rioja.  No desempeña ningún cargo pero es el árbitro de la política de las provincias del Noroeste y el puntal del “urquicismo” en el interior.  A veces lo usan para malas causas: al General le es difícil resistir los pedidos de sus amigos y en ocasiones éstos abusan de su credulidad.  Generoso, lleno de bondad, sólo reacciona airadamente cuando se entera del derrocamiento de su viejo amigo Benavídez; no llegó a tiempo para evitar su alevoso asesinato en San Juan.

Vive sobriamente, como siempre, con un mínimo de necesidades y comodidades.  No tiene hijos; él y doña Victoria han adoptado una muchacha que lleva su apellido.  No es rico pero de vez en vez le llegan unos pesos de sus sueldos de General y entonces más tardan en arribar los patacones que en seguir a las manos de los pedigüeños que lo acosan.

Así pasa toda la década del 50.  En 1860 tiene ya 64 años.  Aunque está entero y con buena salud, su pelo ha pasado del rubio al blanco y sigue conservando sus bigotes unidos bajo la pera, al modo de los viejos unitarios.  ¿Son los finales del Chacho?  ¿Pasará a la historia como un soldado de Facundo y de Lavalle, un guerrillero suelto de la Coalición del Norte, un caudillejo de la Confederación?  No: la historia le reserva un destino más eminente y más trágico.  Será el mártir del federalismo, la voz insumisa de las provincias contra el centralismo porteño, el testigo mudo de los métodos “civilizadores” que se imponen a sangre y fuego en el interior después de Pavón.

Porque la gesta del Chacho, la verdadera, empieza después de la batalla de Pavón y durará menos de tres años.  Los últimos de su vida; los suficientes para exaltar su memoria al recuerdo dolido de la gente y para convertir su figura en el arquetipo de la resistencia popular contra la oligarquía portuaria de Buenos Aires.

Pavón fue una batalla ambigua; los dirigentes del partido Federal que había sido el sustento de la Confederación se negaron a creer que el invencible Urquiza hubiera emprendido la retirada después de haber dispersado la caballería porteña.  Al interior del país las noticias fueron llegando lenta y confusamente.  Un proceso de disgregación que duró más de dos meses fue evidenciado luego la cruda realidad: el gobierno de Paraná estaba liquidado.  Su más firme sostén armado, Urquiza, se había recluido en Entre Ríos y no quería pelear.  Buenos Aires avanzaba agresivamente sus ejércitos sobre las provincias.  Y en todo el interior, el partido Liberal se aprestaba a recoger los frutos de la dudosa batalla.

No hubo, sin embargo, una reacción unánime de los dirigentes federales contra la triunfante Buenos Aires.  Por el contrario, casi todos aceptaron como un hecho consumado, casi fatal, la derrota del gobierno nacional y se prepararon para acomodarse al “nuevo orden de cosas surgido de Pavón” –como se decía entonces.  No advertían que, ahora sí, empezaba un estilo político totalmente nuevo, comenzaba a tener vigencia una ideología distinta y un equipo de hombres decididos a liderar el país tenía fuertemente las riendas del poder desde Buenos Aires.  Y en ese estilo, en esa ideología, en ese equipo, no tenían cabida los dirigentes federales; los que, bien o mal, representaban la línea política que había organizado al país desde 1820, le había defendido su soberanía frente al ataque exterior y había conseguido, en fin, estructurar constitucionalmente la yuxtaposición pragmática de las provincias fundadoras.  El “nuevo orden” excluía esa línea de la concepción del país que sus creadores tenían.  Los viejos caudillos, los hombres de Paraná, los dirigentes del interior que habían construido la nacionalidad a tuertas o derechas, estaban excluidos.  Y si se resistían, serían aniquilados.

Ese fue el concepto con que se lanzó sobre Córdoba el cuerpo del ejército mandado por Marcos Paz, con Sarmiento como auditor.  A pesar de Mitre, que recomendaba una política más realista a sus adelantados, no había conciliación posible.  Ni siquiera se buscaba.  El partido vencedor se consideraba la expresión viva de la civilización y el progreso; todo lo que le era extraño era la barbarie.  Y allí fueron, a imponer la civilización a palos.

El Chacho estaba quieto en Guaja.  No participó de la batalla de Pavón –pese a ser designado Jefe del 1er Cuerpo de Ejército de la Confederación- ni hizo mayor cosa por unir las milicias que debían haber cooperado con las tropas que defendía al gobierno de Paraná.  Después de la batalla siguió quieto, observando el panorama, tal vez creyendo que el cambio político ocurrido en el país no afectaría a su provincia.  En dos meses esta certeza cambió.  Ocurría que a la aproximación de los batallones porteños, las situaciones provinciales iban cambiando violentamente: Mendoza cae en poder de los liberales a través de un rápido motín, Sarmiento se hace proclamar gobernador de San Juan, los Taboada –brazo armado del liberalismo en el interior- avanzan desde Santiago sobre Tucumán y deponen al gobernador “urquicista” de esta provincia y luego amenazan a Catamarca.

Era suicida permanecer indiferente frente a este cerco que en sesenta días se cerraba sobre el Chacho, uno de esos caudillos que, para el triunfante liberalismo, expresaba el país que había que borrar.  Cuando el gobernador de Catamarca amenazado por los Taboada, le mandó un mensajero pidiéndole ayuda, Peñaloza sale de su aldea y se encamina hacia la ciudad del Valle.  No va en tren de guerra; lo sigue una pequeña multitud que se le incorpora voluntariamente, pero sus intenciones son pacíficas: quiere buscar un avenimiento entre los Taboada y el gobernador catamarqueño.  El 6 de enero de 1862 está el Chacho en Catamarca.  Desde allí escribe cartas a los Taboada ofreciendo su mediación en el conflicto; los caudillos santiagueños (caudillos tanto como el Chacho, pero lavados de su condición de tales por su adscripción al liberalismo porteño) se ríen secretamente de las buenas intenciones del riojano, aunque aparentan aceptar en principio su gestión.  Casi todo el mes de enero se pasa en esos conatos: finalmente, el gobernador catamarqueño huye y Peñaloza se ve solo frente al poder de los Taboada.  Tiene que pelear.  Avanza sobre Tucumán, esperando reunirse allí con el gobernador de Salta; pero éste también lo ataca.  ¡Los viejos amigos…!

El 10 de febrero de 1862 se libra la batalla en Río Colorado: tres horas de dura lucha iniciadas por una arenga del Chacho que recomienda “apretar cinchas, acortar estribos y pelear hasta que la sangre llegue a la cintura”.  La suerte le es adversa y el Chacho debe regresar, derrotado, a su provincia, repitiendo la marcha de 1842.  Pero ahora, cuando vuelve a La Rioja, se encuentra que el anterior gobierno –ejercido por un amigo suyo- ha sido sustituido violentamente por uno que simpatiza con la causa porteña.  El Chacho ha sido declarado fuera de la ley.  Y cuatro columnas porteñas han invadido La Rioja por los cuatro puntos cardinales.  La última resistencia contra Pavón parece a punto de ser sofocada.  Pero el Chacho es dueño de muchos recursos.  Nadie conoce como él las infinitas mañas de la guerra de partidas ni la geografía de su pago: no en vano es ahora –como dice Dardo de la Vega Díaz- “el espíritu de la tierra, la voz del llano y la montaña, el alma misma de su ambiente agreste”.  No será fácil cazarlo.  Mientras va de la ciudad de La Rioja hacia los llanos, el coronel Sandes lo deshace en Aguadita de los Valdeses y fusila a varios de los oficiales vencidos; pero ni siquiera esa derrota, que parece definitiva, concluirá con el último resistente de la Confederación.  En Buenos Aires todos creen que este caudillejo oscuro que está enarbolando sin apoyo alguno la bandera de la lucha contra Buenos Aires, será definitivamente liquidado de un momento a otro.  Y cuando se espera la noticia final, el telégrafo anuncia que las montoneras del Chacho han puesto cerco a la ciudad de San Luis, que la ciudad de La Rioja está sitiada por sus lugartenientes  y que ahora el frente de guerra abarca casi 500 kilómetros de largo.

¿De dónde saca sus recursos Peñaloza?  De la solidaridad de sus paisanos y de la aspereza misma de la tierra por la que pelea.  Cada habitante pobre de La Rioja, de la sierras cordobesas, de la punta de San Luis, de la travesía sanjuanina, es partidario del Chacho, un espía en potencia, un miliciano que sólo aguarda la señal para marchar con su caballo, su lanza y su tercerola –si la tiene-.  Cada vericueto de las sendas de los llanos es un escondite, cada monte es una guarida, cada tierra es un lugar de descanso.  En cambio, para los invasores, La Rioja es un destino de horror, donde las aguadas pueden estar cegadas por los habitantes y nunca se puede dar batalla formal porque la montonera jamás parece dar la cara.

Firma del tratado

En ese otoño de 1862 la guerra arde en todo su furor aunque Mitre ha instruido a Marcos Paz y a Paunero para que busquen un acuerdo con el Chacho y aunque el Chacho mismo ha levantado el sitio de San Luis por medio de un convenio que certifica su sumisión al gobierno nacional.  Pero días después, cuando marcha hacia La Rioja pacíficamente, el coronel Rivas –ignorando el acuerdo con el gobernador puntano- le cae encima y lo deshace nuevamente.  Hasta que se concreta un tratado.  Es en el punto La Banderita, cerca de Chamical, el 30 de mayo de 1862, y lo firman el rector de la Universidad de Córdoba –en representación de Wenceslao Paunero, jefe de la fuerza expedicionaria al interior- y Peñaloza.  Allí ocurre este episodio conmovedor que relatará años más tarde Eduardo Gutiérrez.

Se firma la paz y el Chacho ordena traer a los oficiales porteños que son sus prisioneros.

– Aquí están mis prisioneros –dice el caudillo riojano.  Ellos pueden decirles si les falta un solo botón del uniforme…

El grupo porteño pega un estentóreo grito:

– ¡Viva el Chacho!  ¡Viva el general Peñaloza!

– Y ahora – continúa el caudillo- devuélvanme a los muchachos que ustedes me han tomado…

Un ominoso silencio se tiene en el grupo de jefes porteños.  No hay prisioneros.  Todos han sido fusilados.

Entonces el Chacho, con su golpeada tonada riojana, con voz amarga, empieza a hablar.  Nadie recogió exactamente sus agravios pero es fácil imaginarlos:

– Así que yo soy el bárbaro…  Yo soy el caudillo que hay que exterminar…  Yo, que he hecho tratar a los prisioneros como lo que son, como adversarios dignos y como compatriotas…  Y ustedes los hombres de la civilización…  ¿qué han hecho con esas vidas?  ¿Qué derecho tienen a reclamar el patrocinio de la civilización para ustedes…?

Era el interior del país mismo el que hablaba por su boca en aquel caserío de los llanos riojanos.  Eran los millares de paisanos que pedían un tratamiento más justo, más humano para ellos, de parte de los que ahora conducían el país.  Pero no había respuestas para esos interrogantes patéticos.  Se había dicho: civilización o barbarie.  Y ¡guay de los que quedaran catalogados como bárbaros!.

Paz en el interior.  Mientras se pone en marcha el proceso que llevará a Mitre a la presidencia constitucional de la Nación, el Chacho, en Guaja, es garantía de orden.  Peñaloza quedaba encargado de la pacificación de La Rioja; ninguno mejor que él para hacerlo.  Paunero, zorro viejo, escribía a Mitre: “Nuestros amigos no son capaces de conservar el orden en La Rioja sin la cooperación del Chacho”.  Y el coronel Rivas decía que “sin el Chacho no hay República posible”.  Pero por el otro lado estaba Sarmiento, clamando con admirable constancia contra el Chacho y acusándolo de ser un permanente peligro.  Y estaba la “línea dura” del liberalismo, que insistía en que sólo liquidando la influencia de hombres como el Chacho podría asentarse “el nuevo orden de cosas surgido en Pavón”.

Pero al menos había paz.  El paisanaje que había andado atrás del Chacho volvía a rehacer sus trabajos, sus ranchitos, sus majadas.  Algunos ya no tenían ni eso y se amontonaban en Guaja importunando al General con sus pedidos: los pobres no sabían hacer otra cosa que pelear.  Y otros, finalmente, perdidos por perdidos, andaban correteando por San Juan y Córdoba, cuatrereando, buscándose la vida como podían… Y estos eran, justamente, los motivos con que justificaba Sarmiento sus pedidos a Mitre para que terminara de una vez con el problema del Chacho.  ¿No era Sarmiento quien escribiera, un año antes, “son bípedos de tan perversa condición que sólo la sangre tienen de humano”?

Una paz así no podía durar.  “La precariedad de la paz –señala Félix Luna- estaba dada por la irreductibilidad de las concepciones de vida en pugna.  Eran dos patrias las que se enfrentaban: no había conciliación posible, por más esfuerzos que hicieran los espíritus menos enconados”.  Mal que mal, durante unos meses las cosas se van manteniendo así.  Peñaloza despliega una gran actividad para socorrer a las familias de sus viejos soldados; en varias cartas pide a Paunero que urja socorros al gobierno nacional.  Lo cierto es que la guerra había sido devastadora para La Rioja y las expediciones porteñas cometieron tropelías tremendas contra los partidarios del Chacho, reducidos a la miseria después de los incendios de sus casas y la destrucción de sus haciendas.

“El Chacho se porta riojanamente bien”, escribía Paunero a Mitre.  Y el mismo Chacho felicitaba a Mitre en noviembre de 1862 por su elevación a la Presidencia de la Nación.  Pero el deterioro de la situación era inocultable y en ambos mandos se estaban preparando resueltamente para la guerra final.  No puede decirse que el viejo caudillo no hiciera esfuerzos para que no estallara.  Cuando Sarmiento le intimó la entrega de algunos cuatreros que habían hecho depredaciones sobre la raya sanjuanina, Peñaloza, conciliadoramente, le aseguró que las partidas de merodeadores habían sido disueltas y que no era necesario adoptar medidas punitorias contra ellos: “al soldado valiente y al amigo bueno, cuando se desvía, es más prudente encaminarlo que destruirlo”.  Sin duda, el Chacho seguía siendo “una propiedad de sus amigos” y la solidaridad creada al calor de las antiguas luchas pesaba en su ánimo más que las consideraciones políticas.

Así se llega a abril de 1863.  Los amigos del Chacho lo instan a que se subleve.  Para vivir así, perseguidos, hostilizados, mejor es que todo se defina en la pelea.  Hay indicios de que ya en marzo el caudillo está decidido: “Todos los pueblos se pronuncian clamando por la reacción –le escribe a fines de marzo a un amigo puntano- y todos piden que se les devuelvan sus libertades”.  Se queja de que “los que nos prometían la fusión se han convertido en dictadores, tiranizando a sus mismos hermanos, desterrando al extranjero y confiscando bienes hasta dejar a las familias en la mendicidad”.

Las fiestas patronales de Chepes le dan oportunidad para reunirse con todos sus antiguos lugartenientes.  Entre zambas y cuecas la rebelión del Chacho queda resuelta.  A mediados de abril Peñaloza, titulándose “General del 3er Cuerpo del Ejército del Centro”, dirige a sus compatriotas una proclama convocándolos a “reunir la gran familia argentina y verla toda entera cobijada bajo el manto sagrado de las leyes”.  Y el 16 del mismo mes escribe una carta a Mitre denunciando a “los gobernadores de estos pueblos, convertidos en otros tantos verdugos de las provincias cuya suerte les ha sido confiada” y anunciando que “los pueblos, cansados de una dominación despótica y arbitraria, se han propuesto hacerse justicia; y los hombres todos, no teniendo ya más que perder que la existencia, quieren sacrificarla más bien en campo de batalla”.  Aclara que no ha violado el tratado de paz “porque no he faltado a mis promesas, sino cuando a mi se me ha faltado y cuando se ha burlado la confianza de todos los argentinos”.  Es probable que el Chacho abrigara recónditamente alguna esperanza de conciliación, pues también dice a Mitre: “Usted, como jefe de toda la Nación, es padre de todos los argentinos y es de quien deben esperar sus hijos el remedio para estos males…”.

El mismo día envía cartas a algunos de sus amigos en diversas provincias y una intimación al gobernador de Córdoba para aliar sus fuerzas.  Es la rebelión.  Una rebelión definitiva y final, a cara o cruz.

Ha sonado para el Chacho la hora de la verdad.  Sus enemigos están contentos.  Ahora sí, podrán emprender la liquidación del caudillo cuya sola presencia detenía la instauración drástica del “nuevo orden”.  Mitre encarga a Sarmiento que haga en La Rioja “una guerra de policía” y los Taboada, con los gobernadores de Catamarca y Tucumán, inician una suerte de marcha sobre La Rioja para cercar al Chacho en su guarida de los llanos.

Pero Peñaloza, no piensa dejarse copar.  Envía a su capitanejos a sublevar todo el noroeste: Felipe Varela, Carlos Angel y Severo Chumbita van a Catamarca; Gregorio Puebla y Pablo Ontiveros marchan a San Luis; partidas sueltas se sublevan en las sierras de Córdoba, en el revuelto oeste catamarqueño y en la zona de las lagunas de San Juan.  Durante algunas semanas los adversarios se vistean y buscan sin encontrarse.  Todo es incertidumbre en el interior del país.  ¡De nuevo la guerra!  El gobierno nacional está resuelto a terminar con la insurrección, que retrasa sus planes de progreso, inmigración y atracción de capitales; el paisanaje de las provincias está decidido a jugarse en esta última patriada, con lanzas y sables viejos contra los fusiles Engfield de los nacionales.  Hay una sola indecisión en este invite nacional: Urquiza, que no contesta a las cartas que le envía Peñaloza suplicándole que se ponga al frente de su rebelión, pero que tampoco hace nada por evitarla…

Fuente

Cárdenas, Felipe – Vida, muerte y resurrección del Chacho.

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Luna, Félix – Los Caudillos – Ed. Planeta, Buenos Aires (1988)

Portal www.revisionistas.com.ar

Todo es Historia – Año III, Nº 25. Mayo de 1969.

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

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