PERONISMO O KIRCHNERISMO

Peronismo o kirchnerismo

Aquella parte de la generación que sumándose al movimiento jamás llegó a comprenderlo en forma cabal e intentó sin éxito entornar al General Perón estuvo en el gobierno de los Kirchner

En 2005 me enteré de los suicidios de dos viejos compañeros. Uno de ellos es Horacio Bertuol, quien integró la Juventud Peronista de Merlo en los años difíciles de la primera Resistencia y que en la década de 1980 intentó la frecuente experiencia de volver al campo. El otro es Osvaldo Vanzini, uno de los fundadores del Comando de Operaciones de la Resistencia (COR), que presidía el general Miguel Ángel Iñiguez y que fuera una de las organizaciones legendarias que enfrentaron a la “revolución libertadora”.

Cansancio, frustraciones, miseria, falta de reconocimiento y de respeto… nos imaginamos que son las situaciones que pueden haber aportado a tan desgraciada decisión. En medio de la banalidad y la desmemoria generalizada, la fiesta del progresismo de esos años hace aún más difícil la vejez de los precursores olvidados. No trato de justificarlos sino de entenderlos en un gesto de la memoria que tiene mucho de homenaje, y mucho también de duelo y de amargura.

Hoy vivimos, en medio de una estudiantina tardía y nostalgiosa, el jolgorio de un sector progresista que siente que después de años de tragar acíbar, de practicar travestismos en el PJ y de respaldar políticas neoliberales para no ser reconocidos diferentes pueden por primera vez asumir su identidad histórica sin tapujos ni enmascaramientos. Por supuesto que el mundo no es el mismo de cuando fueron jóvenes y ellos estaban llenos de discursos inflamados y juraban con tomar el cielo por asalto… Desde ya que tantos años de camuflarse como grossistas, menemistas, cavallistas, ibarristas y duhaldistas no han transcurrido en vano y, en el fondo, y a pesar de los dedos en V y de los carteles épicos, se saben cómplices de tantas traiciones habidas con la patria y con su pueblo, y unidos solo por la ideología setentista y por la dura disciplina de sobrevivir sacrificando la ética al pragmatismo de alcanzar el poder.

En el verano de 1975 estaba yo en Mar del Plata con mi familia, refugiado de la Triple A que había tratado de secuestrarme en la puerta de la casa de mi padre en el barrio de Palermo. […] Las cosas en la Argentina, en especial luego de la muerte de Perón, se habían puesto terriblemente difíciles. En aquellos meses finales de 1975 se preveía un desemboque espantoso a corto plazo, con golpe militar y represalias masivas. Sin embargo, en lugar de hacer algo para evitar ese desenlace, parecía que muchos de los principales protagonistas, como en una pesadilla, se hubiesen puesto de acuerdo para facilitarlo.

No volví a verlo. Pocas semanas después cayó en un tiroteo con un balazo en la cabeza. Salió con vida del quirófano en el hospital de Mar del Plata, aunque inconsciente. Lo esperaba un helicóptero militar que se lo llevó con rumbo desconocido. Hoy es uno de los treinta mil desaparecidos. Su familia vive en México.

Juan Burgos jamás podría haber imaginado que treinta años después de aquel encuentro, sus compañeros exultantes por ocupar tantos puestos de poder político cantarían la marcha peronista en el Congreso Nacional, mientras otros, los que no nos fuimos, los que nunca cruzamos aquel umbral ni atentamos contra el gobierno de Isabel, parecemos condenados al voto del olvido y del ostracismo.

Hoy deberíamos sentir el derecho y el deber de reinterpretar aquellos acontecimientos, porque no podríamos jamás comprender el presente si no somos capaces de resignificar el discurso hegemónico que el pensamiento dominante impuso sobre ellos. Y con todo respeto por los luchadores de aquellos años, hermanos con los que compartí sueños e ideales, quiero ahora arriesgar una hipótesis que sé que traerá escozores, pero que me parece que debemos afrontar, al menos como una posibilidad más en el debate.

Montoneros no fue la izquierda del peronismo. Fue en todo caso, en la década de 1970, el intento neoperonista más lúcido para subordinar a la clase trabajadora a una conducción pequeño burguesa radicalizada y terminar con el mito y con la conducción de Perón. En otras palabras, tanto Montoneros como otras organizaciones armadas –y en especial a partir del momento en que pretenden erigirse como conducción del proceso– se manifestaron como un fascismo de izquierda generado por una clase media progresista, una clase capaz de producir, debemos reconocerlo, fuerzas y sueños únicos en el mundo. Sectores medios argentinos que arrastraban una herida histórica del ego, la de la noche de los bastones largos de Juan Carlos Onganía. Con aquella humillación a la elite intelectual de la Argentina en la vieja Universidad de Buenos Aires, donde se encuentra hoy la Manzana de las Luces, se instaló una semilla que fructificará años después con terribles consecuencias. Creo también que esos sectores medios hallaron en el modelo cubano, en el marxismo y en los paradigmas dominantes de aquellos años –me refiero al concepto de vanguardia, de lucha armada, de foquismo, y a la confusión entre lucha militar y revolución popular– las justificaciones que los llevaron a intentar conducir el proceso por sí mismos.

No volví a verlo. Pocas semanas después cayó en un tiroteo con un balazo en la cabeza. Salió con vida del quirófano en el hospital de Mar del Plata, aunque inconsciente. Lo esperaba un helicóptero militar que se lo llevó con rumbo desconocido. Hoy es uno de los treinta mil desaparecidos. Su familia vive en México.

Juan Burgos jamás podría haber imaginado que treinta años después de aquel encuentro, sus compañeros exultantes por ocupar tantos puestos de poder político cantarían la marcha peronista en el Congreso Nacional, mientras otros, los que no nos fuimos, los que nunca cruzamos aquel umbral ni atentamos contra el gobierno de Isabel, parecemos condenados al voto del olvido y del ostracismo.

Hoy deberíamos sentir el derecho y el deber de reinterpretar aquellos acontecimientos, porque no podríamos jamás comprender el presente si no somos capaces de resignificar el discurso hegemónico que el pensamiento dominante impuso sobre ellos. Y con todo respeto por los luchadores de aquellos años, hermanos con los que compartí sueños e ideales, quiero ahora arriesgar una hipótesis que sé que traerá escozores, pero que me parece que debemos afrontar, al menos como una posibilidad más en el debate.

Montoneros no fue la izquierda del peronismo. Fue en todo caso, en la década de 1970, el intento neoperonista más lúcido para subordinar a la clase trabajadora a una conducción pequeño burguesa radicalizada y terminar con el mito y con la conducción de Perón. En otras palabras, tanto Montoneros como otras organizaciones armadas –y en especial a partir del momento en que pretenden erigirse como conducción del proceso– se manifestaron como un fascismo de izquierda generado por una clase media progresista, una clase capaz de producir, debemos reconocerlo, fuerzas y sueños únicos en el mundo. Sectores medios argentinos que arrastraban una herida histórica del ego, la de la noche de los bastones largos de Juan Carlos Onganía. Con aquella humillación a la elite intelectual de la Argentina en la vieja Universidad de Buenos Aires, donde se encuentra hoy la Manzana de las Luces, se instaló una semilla que fructificará años después con terribles consecuencias. Creo también que esos sectores medios hallaron en el modelo cubano, en el marxismo y en los paradigmas dominantes de aquellos años –me refiero al concepto de vanguardia, de lucha armada, de foquismo, y a la confusión entre lucha militar y revolución popular– las justificaciones que los llevaron a intentar conducir el proceso por sí mismos.

En este escenario de pensamiento, el “evitismo” fue, y lo sigue siendo, no más que una fantasía pequeño burguesa que sueña con hacer de aquel peronismo y de lo popular algo presentable para el pensamiento de izquierda. En aquellos años se confundía la revolución con la lucha militar, se proponía en suma contener y disciplinar al conjunto que expresaba algo que se nos escapaba de la comprensión racional, y que tiene relación con la fiesta popular y con nuestra capacidad de aceptar lo imprevisible y lo inconmensurable. El peronismo histórico fue eso, el subsuelo sublevado, el desorden, el magma social, el aluvión zoológico, como dijo alguna vez el radical Ernesto Sammartino. Él sabía de qué hablaba porque estaba del otro lado. Lo popular es siempre el caos, nunca el cosmos; es el caos creativo, generador constante de nuevas situaciones y oportunidades que algunos tratan de interpretar y que a otros les produce rechazo o repulsión. Perón jamás buscó realmente la institucionalización de su movimiento ni permitió que el país se institucionalizara sin el peronismo. Apostó siempre a los trabajadores y abortó toda solución mediante el recurso de desorbitar los procesos políticos. Porque su carisma se ejercía en el campo de la salvación, más que en el territorio cartesiano de las soluciones. Por eso es que aún la gente recuerda al peronismo por la sidra y el pan dulce, por la sonrisa de Evita y los brazos alzados de Perón. Los sectores medios se burlan, pero no estamos en el campo de la racionalidad instrumental. Estamos en el territorio de una Argentina profunda donde lo sacramental mantiene su vigencia y su potencia.

Los sectores medios siempre tuvieron problemas para comprender ese peronismo originario, o acaso tuvieron dificultades para enfocar la mirada del modo en que aquí se lo intenta ahora. A partir de la década de 1960 se buscó reinterpretarlo mediante el marxismo, y muchos lo aceptaron cuando a través de la mediación de John William Cooke se persuadieron de que el peronismo no era revolucionario, pese a lo cual resultaba imposible hacer en la Argentina una revolución sin él. De nuevo la imagen del gigante miope e invertebrado.

Ahora, treinta años después, deberíamos preguntarnos cómo se pensaba aquella realidad. Se pensaba sobre la base de los paradigmas que tenían vigencia antes de que colapsara la Unión Soviética, antes de que se cayera el muro de Berlín y que los sueños cubanos de una industria de escala se derrumbaran por falta de insumos.

En este escenario de pensamiento, el “evitismo” fue, y lo sigue siendo, no más que una fantasía pequeño burguesa que sueña con hacer de aquel peronismo y de lo popular algo presentable para el pensamiento de izquierda. En aquellos años se confundía la revolución con la lucha militar, se proponía en suma contener y disciplinar al conjunto que expresaba algo que se nos escapaba de la comprensión racional, y que tiene relación con la fiesta popular y con nuestra capacidad de aceptar lo imprevisible y lo inconmensurable. El peronismo histórico fue eso, el subsuelo sublevado, el desorden, el magma social, el aluvión zoológico, como dijo alguna vez el radical Ernesto Sammartino. Él sabía de qué hablaba porque estaba del otro lado. Lo popular es siempre el caos, nunca el cosmos; es el caos creativo, generador constante de nuevas situaciones y oportunidades que algunos tratan de interpretar y que a otros les produce rechazo o repulsión. Perón jamás buscó realmente la institucionalización de su movimiento ni permitió que el país se institucionalizara sin el peronismo. Apostó siempre a los trabajadores y abortó toda solución mediante el recurso de desorbitar los procesos políticos. Porque su carisma se ejercía en el campo de la salvación, más que en el territorio cartesiano de las soluciones. Por eso es que aún la gente recuerda al peronismo por la sidra y el pan dulce, por la sonrisa de Evita y los brazos alzados de Perón. Los sectores medios se burlan, pero no estamos en el campo de la racionalidad instrumental. Estamos en el territorio de una Argentina profunda donde lo sacramental mantiene su vigencia y su potencia.

Los sectores medios siempre tuvieron problemas para comprender ese peronismo originario, o acaso tuvieron dificultades para enfocar la mirada del modo en que aquí se lo intenta ahora. A partir de la década de 1960 se buscó reinterpretarlo mediante el marxismo, y muchos lo aceptaron cuando a través de la mediación de John William Cooke se persuadieron de que el peronismo no era revolucionario, pese a lo cual resultaba imposible hacer en la Argentina una revolución sin él. De nuevo la imagen del gigante miope e invertebrado.

Ahora, treinta años después, deberíamos preguntarnos cómo se pensaba aquella realidad. Se pensaba sobre la base de los paradigmas que tenían vigencia antes de que colapsara la Unión Soviética, antes de que se cayera el muro de Berlín y que los sueños cubanos de una industria de escala se derrumbaran por falta de insumos.

Ese entramado de ideas rectoras y de cosmovisiones se derrumbó en el mundo, pero las fuerzas que se sostenían con ellas no han cambiado demasiado. En 2001 volvieron a tratar de “organizar” porfiadamente la fiesta popular y nuevamente trataron de conducirla, o en caso contrario liquidarla, que fue lo que hicieron con el proceso asambleario. Sigue siendo el fascismo de los sectores medios que no soportan el desorden de lo popular y que ahora aprendieron a construir simulacros democráticos para continuar por otros medios el manejo racional de la irracionalidad popular.

Aquella parte de la generación que sumándose al peronismo jamás llegó a comprenderlo en forma cabal estuvo en el gobierno con el kirchnerismo. Puede que los carteles montoneros asusten a los resabios jurásicos de la derecha y a los cavernícolas retirados de las Fuerzas Armadas, pero en realidad esa algarabía de estudiantina tardía es en buena medida, y hasta que demuestre lo contrario, la garantía de preservación del statu quo, o sea del modelo de la soja, de los servicios públicos privatizados, de los proyectos de minería por cianurización a lo largo de la cordillera, del mantenimiento de un sistema financiero basado en la especulación y manejado por la banca extranjera, así como del desprecio de los funcionarios por la pobreza extrema, por el hambre y la indigencia que crucifican a millones de argentinos.

[Esto es un extracto del libro “El peronismo de la agonía”, de Jorge Rulli. Editorial Biblos, 2019]

 

Por Jorge Rulli

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