ANTICIPANDO LA IMAGEN PERFECTA

I like it. La estética de la complacencia

“El espejo ha sido siempre una trampa dilecta de Occidente, desde las aguas reflejas de Narciso hasta esta imagen que somos en un conejo de acero. Tal vez nuestras metamorfosis no hayan cambiado tanto y ahí sigamos, acariciando nuestra imagen en la pantalla, viejos cazadores cansados cayendo dentro de ese espejo que nos fascina, negados a la perspectiva, anulando las distancias, insistiendo en ser matados por nuestra mirada frontal”, explica Mariana Chendo.

El pasado miércoles 15 de mayo, la obra ‘Rabbit’ se vendió en diez minutos a 91.1 millones de dólares, convirtiendo a Jeff Koons en el artista vivo mejor pago en toda la historia del mercado del arte. Rabbit es un conejo de un metro de altura, de acero inoxidable cromado níquel que hace del conejo una pieza espejada.

Cuando el espectador se acerca, ve en el conejo el reflejo de su propia imagen.

¿En qué se identifican las esculturas de Jeff Koons, la estética iPhone y la depilación láser?, es la pregunta que se hace Byung-Chul Han en “La salvación de lo bello”

La respuesta es “lo pulido”, “lo terso”, “lo suave” como criterio de belleza de nuestra sociedad positiva. Las esculturas de Jeff Koons son el arte de “dar me gusta”: ninguna grieta en el acero, ninguna vulneración, ninguna costura.

Las obras de Jeff Koons se palpan, fieles a una época de imperativo táctil donde los hombres acariciamos con el índice nuestros dispositivos.

El lema de Koons es “abrazar al espectador”, nada debe herirlo, nada debe dañarlo, nada debe provocarle un disgusto.

No hay distancia entre el acero, la mano y la imagen, es el arte del I like it’; un arte que se corresponde con el pulimentado comunicativo al que las redes nos acostumbraron: sólo se puede dar me gusta, sólo se puede compartir –compartir incluso la indignación– y, en caso de que nos llegue algún disgusto, la opción es el bloqueo o la eliminación.

‘I like it’ o nada, sin mediaciones que puedan obturar la linealidad satinada de nuestra complacencia. Nos hemos convertido en seres de me gusta, bloqueando los disgustos que puedan conflictuar nuestras igualdades gustativas.

En el Instituto de Ciencias Médicas de Nueva Delhi, en India, un grupo de investigación reportó un nuevo problema de salud pública: las muertes por selfies.

El hombre buscando la imagen de su propia belleza que lo arrebate, buscando la belleza de su imagen en el pico más álgido, en la borrasca más profunda, en el cañón más colorado, buscando la belleza de su imagen en vías, en barandas, en los cielos.

Tal vez las tecnologías permitan anticipar el futuro de una imagen perfecta, reflejo de una belleza sin poros; pero es sin duda el pasado de las narraciones heredadas lo que nos permitirá encontrar el riesgo fatal de nuestros deseos.

La posibilidad de alcanzar la belleza en nuestra imagen lleva consigo el riesgo de muerte; las tecnologías del futuro ocultan el riesgo, pero el pasado del mito lo devela.

Pascal Quignard, en “El sexo y el espanto”, dice que el mito de Narciso es simple: un cazador es pasmado por una mirada que percibe en la superficie de un arroyo; ignorando que la mirada es la suya propia, cae dentro de ese reflejo que lo fascina, matado por la mirada frontal.

El espejo ha sido siempre una trampa dilecta de Occidente, desde las aguas reflejas de Narciso hasta esta imagen que somos en un conejo de acero. Tal vez nuestras metamorfosis no hayan cambiado tanto y ahí sigamos, acariciando nuestra imagen en la pantalla, viejos cazadores cansados cayendo dentro de ese espejo que nos fascina, negados a la perspectiva, anulando las distancias, insistiendo en ser matados por nuestra mirada frontal.

Las tecnologías no podrán redimirnos de nuestros deseos, pero, al menos, los mitos podrán alertarnos de nuestras complacencias.

 

 

Por Mariana Chendo

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