POR QUÉ LA GRIETA SE CONVIRTIÓ EN UNA FORMA DE VIVIR LA CRISIS Y OTRAS REFLEXIONES SOBRE LA ÉPOCA

Charla con Pablo Touzón y Martín Rodríguez

 

Con una mirada sagaz sobre la coyuntura, Martín Rodríguez y Pablo Touzon dialogaron con Infobae Cultura sobre “La grieta desnuda”, su último libro, en el que ingresan a las vicisitudes argentinas de estos tiempos

No es tarea fácil descifrar estos tiempos que nos tocan vivir sin caer en la “pirotecnia verbal”, sin repartir culpas que impiden avanzar y que llevan a caer una y otra vez en el fracaso. Analizar de forma desapasionada el presente no suele ser algo sencillo, cuesta apartarse y mirar con frialdad esta época de la “grieta”.

Es esa famosa “grieta”, mencionada hasta el hartazgo. Pero, ¿favorece a alguien? ¿El macrismo vino a superarla? ¿o a explotarla? ¿Qué rol juega el Papa? ¿La polarización política es consecuencia de la política que recomienda Durán Barba? Martín Rodríguez y Pablo Touzón son los encargados de buscar respuestas a estos interrogantes en “La grieta desnuda”, su reciente libro publicado por Capital Intelectual.

-¿Por qué el remanido llamado a “La Moncloa argentino” suena a algo imposible? ¿La grieta es algo inamovible?

MR: Corramos la grieta un poquito. Las razones por las que no se cree en La Moncloa son anteriores a la llamada “grieta”. En boca del macrismo lo diría de este modo: porque ellos no creen en la representatividad argentina. En parte, consideran su partido como un efecto del derrumbe de sistema político de 2001, cosa relativamente cierto. Y en parte porque en esa metáfora que dieron en llamar “círculo rojo” depositan su escepticismo por la Argentina corporativa y lo dicen en esa clave ligeramente anti élite.

Diría Marcos Peña: “¿estamos en condiciones de reunir en una mesa al sindicalismo, a los dirigentes empresariales, sociales, religiosos, etc., y hacerles acordar algo verdaderamente perdurable?”. Y yendo más a fondo, los acuerdos se hacen contra algo, ¿no? En este caso, ¿contra qué haríamos una Moncloa argentina? Hubo dos grandes momentos en la democracia. Uno, el más solemne, el nacimiento de la democracia. 1983 y el acuerdo de terminar con el Partido Militar y el autoritarismo. Costó.

Y se pudo.

Otro momento casi de “segunda transición” fue más opaco: la salida de la crisis de 2001. Podríamos decir que en 2002 entre Duhalde y Alfonsín se acordaron cosas: no dolarizar, reponer las retenciones, devaluar y confeccionar un primer esqueleto de políticas sociales (Plan Jefes). Alfonsín y Cafiero tenían una comunidad de sentido: democratizar y modernizar la vida pública. Alfonsín y Duhalde (Kirchner después ejecuta eso) tuvieron comunidad de sentido: reconstruir una Argentina productiva con una economía inclusiva. ¿Y ahora? Macri es un político de las fracturas sociales. No por su “temperamento”, sino por la naturaleza ideológica de su gobierno.

PT: La Grieta es, en este sentido, una película más que una foto. Trata mucho más de la dinámica de los acuerdos politicos, los objetivos comunes de una sociedad antes que de la cantidad de partidos que hay. Un ejemplo: en Estados Unidos hoy preocupa a todos el altísimo grado de polarización que existe y, sin embargo formalmente el sistema bipartidista republicano-democráta sigue intacto. El problema entonces es más profundo: la grieta habla más bien de una política sin objetivos, en el marco de una sociedad de alta fragmentación social y en donde su clase media se pauperiza. Es imposible acordar algo sino se sabe a favor y contra qué se está.

-¿Por qué el remanido llamado a “La Moncloa argentino” suena a algo imposible? ¿La grieta es algo inamovible?

MR: Corramos la grieta un poquito. Las razones por las que no se cree en La Moncloa son anteriores a la llamada “grieta”. En boca del macrismo lo diría de este modo: porque ellos no creen en la representatividad argentina. En parte, consideran su partido como un efecto del derrumbe de sistema político de 2001, cosa relativamente cierto. Y en parte porque en esa metáfora que dieron en llamar “círculo rojo” depositan su escepticismo por la Argentina corporativa y lo dicen en esa clave ligeramente anti élite.

Diría Marcos Peña: “¿estamos en condiciones de reunir en una mesa al sindicalismo, a los dirigentes empresariales, sociales, religiosos, etc., y hacerles acordar algo verdaderamente perdurable?”. Y yendo más a fondo, los acuerdos se hacen contra algo, ¿no? En este caso, ¿contra qué haríamos una Moncloa argentina? Hubo dos grandes momentos en la democracia. Uno, el más solemne, el nacimiento de la democracia. 1983 y el acuerdo de terminar con el Partido Militar y el autoritarismo. Costó.

Y se pudo.

Otro momento casi de “segunda transición” fue más opaco: la salida de la crisis de 2001. Podríamos decir que en 2002 entre Duhalde y Alfonsín se acordaron cosas: no dolarizar, reponer las retenciones, devaluar y confeccionar un primer esqueleto de políticas sociales (Plan Jefes). Alfonsín y Cafiero tenían una comunidad de sentido: democratizar y modernizar la vida pública. Alfonsín y Duhalde (Kirchner después ejecuta eso) tuvieron comunidad de sentido: reconstruir una Argentina productiva con una economía inclusiva. ¿Y ahora? Macri es un político de las fracturas sociales. No por su “temperamento”, sino por la naturaleza ideológica de su gobierno.

PT: La Grieta es, en este sentido, una película más que una foto. Trata mucho más de la dinámica de los acuerdos politicos, los objetivos comunes de una sociedad antes que de la cantidad de partidos que hay. Un ejemplo: en Estados Unidos hoy preocupa a todos el altísimo grado de polarización que existe y, sin embargo formalmente el sistema bipartidista republicano-democráta sigue intacto. El problema entonces es más profundo: la grieta habla más bien de una política sin objetivos, en el marco de una sociedad de alta fragmentación social y en donde su clase media se pauperiza. Es imposible acordar algo sino se sabe a favor y contra qué se está.

-En un capítulo hacen un interesante análisis del duranbarbismo ¿Creen que la política del algoritmo profundiza la grieta? ¿Por qué?

PT: Absolutamente. Al repetir e imitar los mecanismos del mercado, su ley de oferta y demanda y su lógica de segmentación, la gramática de la política algorítmica reproduce en clave tecnológica las desigualdades que ya existían en la sociedad. No aspira a transformarla, sino solamente a representarla. Casi como poner un enorme espejo frente al electorado y actuar en consecuencia.

En un funcionamiento similar al de Netflix o de Spotify, se nos ofrece siempre más de lo que ya nos gusta, creando grandes efectos de burbuja sociales y culturales que a su vez retroalimentan la grieta ensanchando la polarización política. Un perfecto círculo vicioso que neutraliza los efectos de la política como actividad creativa y creadora. Por eso la grieta no es una anomalía del sistema: la grieta es como funciona, al menos en los sistemas democráticos actuales. Diríamos que cristaliza la división del poder en la sociedad tal y como estaba; en ese sentido, tiene más allá de la jerga y la pirotecnia verbal un profundo efecto conservador.

MR: Dicho rápido, el efecto algorítmico rompe la inercia de una frase común en la militancia política, esa que dice que “la política es una herramienta para transformar la sociedad”. La contraseña de Cambiemos podría ser: “La política es una herramienta para dejar a la sociedad intacta”. Una política sin voluntad, de poder “tercerizado”. Como cuando Marcos Peña dice: “Los gobiernos no devalúan, los que devalúan son los mercados”.

Eso es tan cierto como esquivo. O el ejemplo del debate sobre el aborto. Macri “abrió” el proceso. Pero, ¿qué quiere él? ¿Es el árbitro? ¿Podemos saber qué quiso Macri? Alfonsín se puso la ley de divorcio al hombro. Kirchner el matrimonio igualitario. Pero Macri “abrió el proceso”. Es poco. La voluntad política no es patrimonio del peronismo. Por eso el ejemplo de Alfonsín.

-El libro dedica un capítulo al Papa, ¿cuál creen que es su rol e influencia en la política nacional?

MR: Nosotros creemos que sobre el Papa se montó la expectativa de hacer de él el jefe que el peronismo no tiene desde la muerte de Kirchner. El liderazgo de Cristina es otra cosa, tiene otras características más de referencia que de conducción. Pero sobre el Papa se montó la fantasía de un jefe de todos los peronismos, con capacidad de contención y síntesis. El Vaticano como la nueva Puerta de Hierro de la que llegan mensajes y gestos que deben ser descifrados. Todo ese juego de besamanos falló, no tuvo ningún peso electoral. El paso en 2013 de ser el virtual “jefe de la oposición” a ser “el último populista”, tal el giro de Cristina cuando fue ungido, y que regó de “tuits borrados” las lecturas apresuradas de los militantes del minuto a minuto, diría que mostró que el kirchnerismo entendió mal a Bergoglio y Bergoglio mal al kirchnerismo, porque la ideología originaria de Bergoglio tenía varios puntos en común con el kirchnerismo.

Alcanzaba con leer sus homilías publicadas. Y cuando se hizo Papa y Cristina “levantó la veda” se conocieron porque salieron de abajo de las piedras todas las amistades peronistas con Bergoglio. Pero de fondo, desde un punto de vista social, a nosotros no nos interesa lo que el peronismo haga con Francisco sino lo que el mensaje de Francisco hace con la política: ponerle la palabra “crisis” en el centro. Y por hacer no entendemos algo de tipo “conducción” sino los efectos de su discurso global en favor de una visión crítica del mundo.

PT: Hoy el Papa sostiene una visión crítica global casi ausente con la crisis de la izquierda a nivel mundial. Tres temas: pobreza, inmigración y medio ambiente, que están desaparecidos (o que aparecen en clave represiva y punitiva) de las agendas de Trump, Putin o el PC Chino, y que para Francisco responden a una única crisis sistémica. En América Latina, el colapso del modelo bolivariano dejó un vació análogo, si además se tiene en cuenta además la deuda ética de algunos gobiernos del “giro a la izquierda”.

El diagnóstico papal parte de la necesidad de reconstruir los lazos de solidaridad de la ex clase obrera, de repensar la representación entre los descartados y excluidos del mundo de la tecnología y del trabajo, de la articulación entre viejos y nuevos trabajadores: algo de eso se cristalizó en el crecimiento de la CTEP durante los primeros años del macrismo. Creemos que es más interesante ese aporte que las mil y una roscas hechas en la nomenklatura peronista que, además, tuvieron resultados más bien fallidos en la práctica.

-¿Creen que el fracaso final del gobierno de Cristina se explica en la creación del “Estado militante”? ¿O los problemas empezaron antes, cuando el kirchnerismo pasó de procesar a producir conflicto?

PT: En realidad, el “Estado Militante” es una consecuencia de lo segundo: la forma política definitiva y estatal que asumió ese proceso en el mandato del 54%. La paradoja es que a pesar de ese “monolitismo” fue notablemente incapaz de producir transformaciones reales y efectivas en el orden social y económico; mucho menos en todo caso que bajo el formato del kirchnerismo anterior a 2011. El Estado Militante, al concentrar el poder y eliminar todas las mediaciones sociales (sindicatos, empresas, iglesias, partidos, etc) se vuelve en realidad frágil. Basta un cambio de suerte electoral para que ese Estado empiece a militar para otro: donde unos ven corporaciones, otros ven círculos rojos, pero la mecánica de funcionamiento es muy similar.

-Cuando analizan los usos políticos de la grieta consideran que “es mucho más peligroso para el Newman que para el Nacional Buenos Aires apostar todo a la división social”. ¿A la larga el que juega con fuego se quema podemos decir?

MR: Te diría que hay un entrenamiento militante que es contrario a la lógica de “política de 9 a 18” de Cambiemos. Apostar a la grieta involucra el cuerpo de verdad. Es una tarea 24/7. Hay una palabra que define a Cambiemos: la desdramatización. Montados sobre los defectos que la sociedad percibió del kirchnerismo acoplaron automáticamente un diagnóstico: “exceso de calorías”. Desdramatizar la política, encarar los temas a secas, esperar la ayuda del mundo. Todo ese chiste (que repetir es trillado) de la flora y fauna en los billetes. Una Argentina sin muertos y sin Historia.

Pero esa relativa “plancha” de los primeros dos años llegó con una cuenta monstruosa: el amontonamiento de una deuda con la que se pagaron gastos corrientes y la aceleración inflacionaria de una economía dolarizada en plena corrida, entre muchas otras. Por eso la coincidencia del diagnóstico de izquierda sobre el fracaso de Macri es simultánea a la sonrisa socarrona de Espert o Melconián: porque sus halcones son trotskistas de derecha que no desdramatizan nada. Si la molestia de Peña eran esos editorialistas que siempre les estaban dando la “bienvenida a la política”, tenés a los economistas duros que les dicen “bienvenidos a la guerra”. La Argentina es una sociedad dramática. Dicho esto, vamos a ir a una campaña amarilla más dura, con más Pichetto y Bullrich. No va a ser una charla ted.

PT: La grieta se convirtió en una forma de vivir la crisis, más que de resolverla. Una manera de actuarla y representarla. Pero a la vez, la fractura social argentina, del país que paso de 5% de pobres al 30% en 40 años, es la constante estructural, la falla de San Andrés sobre la que se construye este precario sistema político cuyo único objetivo parece ser hoy “antisísmico”: “que no me explote a mi”. En este sentido, la composición sociológica del PRO podría amplificar aún más esta fragmentación, cristalizando una élite política muy similar a la de muchos países latinoamericanos.

La elitización de la Argentina, el 17 de Octubre en reversa lenta que vivimos en las últimas décadas, es fácilmente apreciable en esa distancia entre las vacaciones en la Pedrera y Punta del Este. El retrato-robot del liderazgo argentino contemporáneo: joven, clase media alta, entre 35 y 45 años, del AMBA, sin acentos del interior y sin corbata. Y Cambiemos es mas consecuencia de este fenómeno que su causa.

Buenos Aires, 2 de julio de 2019

 

Autores de “La Grieta Desnuda”

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