MARTÍN DOBRIZHOFFER

Nació en Friedberg, Alemania el 7 de septiembre de 1718.  Frisaba Dobrizhoffer en sus diez y ocho años, y había ya terminado los estudios humanísticos cuando ingresó en la Compañía de Jesús, en octubre de 1736.  En Trencin, Checoslovaquia, hizo el noviciado y, a continuación, volvió a hacer algunos estudios humanísticos.  En 1746 se hallaba en Viena, estudiando lógica o primer año de filosofía, y acabado el trienio en este estudio, fue destinado al Colegio de Linz, donde enseñó latín y griego, en los cursos inferiores.  Al año, fue destinado al Colegio de Steyer, y, durante medio año, fue profesor de sintaxis latina, y durante la otra mitad del curso, enseñó también retórica.

En 1746 le hallamos en Gratz, cursando teología, y como ayudante del director de la Congregación Mariana de los estudiantes mayores.  En 1747 y 1748 prosiguió sus estudios en Gratz y no los había aún terminado cuando, a su pedido, fue destinado al Río de la Plata.  Cuando en 1747 pidió y obtuvo Dobrizhoffer pasar a las misiones americanas no era aún sacerdote, aunque estaba en vísperas de ordenarse.

El húngaro Ladislao Orosz, Procurador de la Provincia del Paraguay ante las Cortes de Madrid y Roma, fue elegido al efecto en abril de 1744, y debía entre sus incumbencias más importantes reclutar nuevos misioneros.  Por sí, y por otros, hizo una propaganda a este fin, en España, Italia, Alemania, Austria y Hungría, y llegó a reunir más de cincuenta candidatos de las más variadas nacionalidades, predominando españoles y alemanes.  Dobrizhoffer ocupa el séptimo lugar en la lista, y se dice de él que era “de Bohemia”, y “vino de Viena acá (esto es, al Puerto de Santa María) y desde el 24 de diciembre del año pasado se ha mantenido a costa de la Provincia (del Paraguay); él empleó en el viaje (de Viena a Andalucía) dos meses”.

El día 20 de septiembre de 1748, zarpó de Lisboa la nave en que venía nuestro misionero y, a fines de enero del siguiente año, aportó a Buenos Aires.  La travesía, había durado cuatro meses.  En la ciudad de Buenos Aires, por algunos días, y en la Chacarita o estancia del Colegio, durante varias semanas descansaron los recién llegados.

A mediados de febrero, emprendieron el cansador viaje a Córdoba.  Florian Baucke (1719-1780) y Martín Dobrizhoffer iban en la caravana de carretas, y aunque ambos eran temperamentalmente muy diversos, era tan humorista uno como otro, como se trasluce en algunas de sus cartas, y en no pocas páginas de su Historia de Abiponibus.  Es Baucke quien nos asegura que en el largo viaje desde Buenos Aires a Córdoba, “yo fui durante toda la travesía el que entretenía a todos los jesuitas españoles que iban en la tropa de carretas, a la par de otro jesuita de le Provincia de Austria que tenía sus cómicas ocurrencias y sabía amenizar el viaje.  Se llamaba Martín, que éste era su nombre, y era hombre que agradaba por su modo de hablar y era divertido en sus ideas. Sus agudezas eran capaces de hacer reír a cualquiera”.

Bajo el magisterio del Padre Antonio Miranda, cursó Dobrizhoffer el cuarto año de Teología y, en 1750, hizo la Tercera Probación o segundo noviciado, y a mediados de ese año, se le ofreció la coyuntura de pasar a las misiones de Mocobíes, junto con su amigo, el padre Baucke.

Estuvo cuatro años entre los Mocobíes de Santa Fe, entre 1750 a 1754, pero cuando aún Baucke no había llegado a dar a la Reducción de esos indígenas, el impulso, seguridad y prosperidad que ella después adquirió.  Aún en aquel estado, aquella labor de los jesuitas en las proximidades de la ciudad de Santa Fe, había sido sumamente benéfica a los moradores de esa ciudad, como lo recordaba el mismo Dobrizhoffer, pues nos dice que “hallándome parado junto la puerta de nuestra iglesia, paróse junto a mí un noble caballero español y medio llorando de pura emoción, me dijo: ¡Oh Padre! ¡cómo estaban nuestras cosas, pocos años hace!  Por ley se nos había prohibido venir a esta Iglesia, si no era armado.  Ni a la calle podíamos salir sin peligro de le vida”.

Este cambio era el resultado benéfico que habían producido las reducciones de indios mocobíes que constituían una barrera infranqueable entre Santa Fe y el Chaco, entre los moradores de la ciudad santafecina y los abipones, tobas y mocobíes.

Fue en circunstancias nada favorables que llegó Dobrizhoffer a esta reducción de la Concepción, que estaba en lo que es ahora la Provincia de Santiago del Estero, al sur del río Saladillo y en el punto donde desemboca en éste el Río Salado, teniendo al norte la localidad de Salavina, y al sur la de Sumampa, y cuyo párroco era entonces el Padre José Sánchez Labrador.  Acababan los abipones y los tobas de asaltarla y se habían llevado cuanto hallaron a mano.  Con ellos habían hecho causa común no pocos mocobíes, y el pánico más horroroso se había apoderado de todos los indios reducidos, particularmente de los de San Javier, cuyo pueblo acababa de ser asaltado.  “Llegué al pueblo, y al momento me rodearon los indios alzados.  El P. José Sánchez salió a mi encuentro y se echó en mis brazos.  Presentaba un aspecto lastimero; estaba todo desgreñando y tenía la sotana toda despedazada, de suerte que su vista me infundió terror, y después me produjo tristeza y conmiseración.  Su sotana o mantón era una especie de bolsa, despedazada y rota, y sin color alguno definido; la barba negra, tupida y desgreñada.  En sus ojos mismos aparecía cuánto había tenido que sufrir.  “Más tolerable sería mi vida en Argelia, entre los moros que entre estos bárbaros que te rodean”, exclamó, no bien me saludó, y con gemidos de esta índole dióme el misionero la bienvenida”.

Así inició Dobrizhoffer su actuación entre los indígenas, y cuatro años más tarde, el 14 de abril de 1754, hizo en la Iglesia del Colegio de Santa Fe, la que subsiste junto al actual Colegio de la Inmaculada, la profesión solemne, siendo rector de aquel Instituto el Padre Miguel de Cea.

No llegó Dobrizhoffer a dominar a los Abipones de La Concepción, pero llegó a dominar el idioma, lo que no era poco, y tal vez para que lo perfeccionara al lado de un gran maestro, los superiores lo destinaron a la reducción de San Jerónimo, ubicada en el mismo solar que ocupa ahora la ciudad de Reconquista, sobre la orilla septentrional del Arroyo del Rey, y que poco después se trasladó al sur del mismo.  Fue el Padre Cardiel su fundador, pero le había sucedido en el gobierno de ese pueblo el Padre José Brigniel, natural de Kagenfurt en Harsten, de padre francés y de madre griega.  Cuando llegó a ese pueblo Dobrizhoffer, se entendió perfectamente con su ilustre compatriota. “Dos años estuve con él en el pueblo de San Jerónimo, y fue él mi maestro en el estudio de la lengua abipona.  Perecía estar hecho, y como nacido, para tratar con los Abipones”.  Durante dos años estuvo con Brigniel en el pueblo de San Jerónimo, y allí aprendió el abipón y el medio de doblegar a los belicosos indios abipones.

Destinado a la reducción de San Fernando, ubicada donde en la actualidad se halla la ciudad de Resistencia, capital de la provincia del Chaco, subió Dobrizhoffer desde lo que es ahora Reconquista, por río a su nuevo destino.  También se encontró allí con otro alemán de la pasta de Brigniel: José Klein.

Después de tres años de vida destemplada, Dobrizhoffer debió ser trasladado a una de las tranquilas y encantadoras reducciones de Guaraníes, Santa María la Mayor, en la costa del Uruguay, en lo que es ahora la Provincia de Misiones, y en cuatro meses que allí permaneció, recobró sus perdidas fuerzas.  Una vez restablecido, se le destinó a la nueva reducción de Itatines, llamada San Joaquín de Tarumá, al norte de la Asunción, donde actuó durante seis años.  La reducción de San Joaquín de Tarumá se fundó en 1737, con indios Itatines y Tobas y, aunque distante como cuarenta leguas al norte de los pueblos de Guaraníes, era un oasis, en comparación con los turbulentos pueblos de Abipones.

En 1763, cuando ya existían las reducciones abiponas de Concepción, San Jerónimo y San Fernando, se fundó una cuarta mucho más al norte, sobre el río Paraguay y en lo que es ahora la Provincia de Formosa.  Fue sin duda una imprudencia fundarla en un punto tan alejado de toda ayuda y protección, y enviar para esa fundación a un hombre solo.  Aunque fuera alemán, y aunque se llamara Martín Dobrizhoffer.

Una parcialidad de Abipones, cansados de sus guerras contra los españoles, y contra los guaraníes de las Reducciones, enviaron a tres delegados para pedir al Gobernador de la Asunción el que les formara pueblo y diera misioneros.  José Martínez Fontes, que era Gobernador a la sazón, acogió el plan con entusiasmo y sobre todo el comandante Fulgencio Yegros aplaudió y apoyó la idea.

Se dejó a los indios escoger el lugar para fundar el pueblo y eligieron una llanura que está a treinta leguas al sur de la Asunción y a cuatro leguas de la costa occidental del Río Paraguay.  El sitio estaba rodeado de bosques, ríos y esteros, y era excelente a juicio de los indios, pues no podían llegar hasta allí los españoles, de quienes siempre desconfiaban.  Los indios guaraníes llamaban Timbó a esa localidad, por un árbol que allí abundaba.  Otros la llamaban la Herradura porque hay allí una curva en la costa, con una isla adjunta, cuyo aspecto se parecía al de una herradura.  Además, había a la vista del pueblo, dos ríos que corrían a su lado y se unían allí mismo en un solo río, o lago, que desembocaba en el Río Paraguay.  Ambos ríos, eran de agua salada.

Allí se asentó Dobrizhoffer, en aquella soledad, rodeado de salvajes y de fieras, “confiando tan solo en la protección de Dios”, y con algunos presos paraguayos que le habían acompañado desde la Asunción, obligados a ayudar en la construcción de la iglesia y casas.  Difíciles fueron los primeros meses que pasó en el Timbó.

El 14 de enero de 1765 escribió el afligido misionero una carta al P. Miranda, de la que sólo tomamos algunas líneas: “…Apenas partieron de aquí los Españoles con Don Salvador, el día 12 de noche, los Tobas han arreado toda la caballada, que se hallaba alrededor del pueblo; llevaron también mi mula, que por 5 años ha sido mis pies y mis manos”… “Coyuntura más favorable de dar un golpe fatal a estos implacables enemigos no hallará el Paraguay; pues, mis indios quieren todos guiar y acompañar a la soldadesca española; el rastro aparente los lleva a la toldería en donde hay muchos cautivos paraguayos y guaraníes.  El camino es bueno ahora, y será como de 4 jornadas.  Esta noche esperamos otro asalto”… “Aquí hay peste de tercianas y de viruelas. El pueblo nuevo de Mocobíes, en las cercanías de San Jerónimo, se empezó con el año nuevo; todos los Mocobíes de adentro irán agregándose a ella.  Se llama San Pedro” …

“El P. Klein me dice que su Reverencia el P. Provincial se hubo de ahogar en las cercanías de San Jerónimo; pues, en medio Paraná los tomó una tormenta deshecha, y en el barco hubo mucha avería”… “Los Comuneros Correntinos tienen en estrecha prisión a su general y sólo dos sacerdotes, quienes son cabeza de ellos, pueden hablarle”.

Esfuerzos heroicos debió de hacer el buen misionero para alimentar a sus feligreses, para tenerlos tranquilos y para ir ganándoles la voluntad.  Se consiguió casi desde los principios que algunos indios se dedicaran a la agricultura, sembrando y cosechando toda clase de productos.  “Encontré -dice Dobrizhoffer- que el sitio era óptimo para el cultivo del tabaco, pero nunca hallé una oportunidad para sembrar algodón”.  Las frutas, eran abundantes, como era abundante en algunos días la pesca en los ríos cercanos.

En éste, como en los otros pueblos, fueron frecuentes las invasiones de Tobas y Mocobíes, causadas en parte por el mismo Gobernador Martínez, quien envió contra ellos una expedición de doscientos hombres, que sólo sirvió para excitarlos a la venganza.  Desgraciadamente los indios de Timbó eran enemigos antiguos de Ichoalay, quien los habían castigado en otros tiempos a causa de sus incursiones y matanzas de españoles.  Ichoalay había sido siempre uno de los mejores amigos de Dobrizhoffer y éste sentía simpatía por aquel gran cacique.  Los encuentros fueron numerosos, favoreciendo la suerte de las armas a Ichoalay.  También los Tobas, Mocobíes y Guaraníes lograron molestar a la Reducción con sus asaltos, robos y mortandades.

En una oportunidad en que estaba Dobrizhoffer casi solo en el pueblo, se presentaron numerosos Tobas con su cacique Keebetavalkin.  Evidentemente era su propósito el robar y matar.  Dobrizhoffer conservó su sangre fría y les habló amistosamente y los invitó a almorzar.  Al efecto mandó matar una vaca.  Comieron a su gusto, pero no se retiraron aquella mañana, antes pasaron la noche en el pueblo no sin alarma y miedo de parte del misionero.  Al día siguiente, dijo éste la misa sin tocar al efecto la campana, para no alborotar a los bárbaros.  Se les oía cuchichear y decir frases diversas.  Dobrizhoffer siguió la misa como si nada pasara, pero dispuesto a morir de un momento a otro.

Este hecho nos conmueve, y suponemos lo que debió significar para el buen misionero, que en esta ocasión dio pruebas de un coraje superior a toda ponderación.

La vuelta de unos diez Abipones a la reducción, trayendo doscientos caballos robados en la estancia de Ichoalay, bastó para que se marcharan del pueblo esos peligrosos visitantes.  Su cacique Keebetavalkin quedó, y fue para su bien.  Una peste que diezmó al pueblo le atacó también a él, y antes de morir, recibió el bautismo.

Desde el 14 de mayo de 1765 hasta el mes de noviembre esa peste hizo estragos en la población y puso a prueba la fortaleza del buen Dobrizhoffer.  El desbande fue general.  No pocos cruzaron el Paraguay y se acogieron a los bosques.  Le fue menester al celoso misionero recorrer los alrededores del pueblo, hasta a distancia de muchas leguas, para atender a los enfermos y administrarles los sacramentos.  Durante siete meses el ir y venir de Dobrizhoffer fue continuo.  Como los secuaces del cacique Oachari habían traspasado el Paraguay, veíase también el misionero obligando a hacer otro tanto casi diariamente.

Cuando el Gobernador Martínez Fontes sufrió un ataque de apoplejía, nombró a Fulgencio Yegros su substituto en el gobierno.  “Era un hombre analfabeto, nos dice Dobrizhoffer, pero bravo e inteligente”.  Una de sus grandes obras fue la expedición, que hizo contra los Tobas.  Con cuatrocientos soldados de a caballo pasó a la Reducción del Timbó, donde se le juntaron los Abipones de la misma.  La empresa duró catorce días y la derrota causada a los terribles Tobas fue enorme, aunque no tan grande como se había esperado y deseado.

Mientras los abipones participaban en esta expedición, todo el cuidado y conservación de la reducción recayó sobre el misionero, quien pasó graves peligros.

La temida invasión de represalia no se hizo esperar.  Seiscientos salvajes Tobas, Mocobíes y Lenguas se dispusieron a caer sobre la Reducción.  En ésta, sólo había doce hombres de armas y la chusma de mujeres y niños.  A las cuatro de la madrugada, cayeron los seiscientos bárbaros sobre la indefensa Reducción.  Unos se llevaron sesenta bueyes de arar, que el P. Dobrizhoffer había ubicado cerca de su morada.  Otros penetraron resueltamente en las casas de los indios y se apoderaron de sus pocos bienes.  Otros finalmente rodearon la casa del misionero y comenzaron a disparar flechas contra la misma.  Los pocos soldados que había, sólo pensaron en ponerse a salvo.

“Yo mismo -escribe Dobrizhoffer- también tuve mi mal momento, momento de terror, pero reaccioné, y vi que era menester ir a lo heroico.  Tomé un fusil, y lo apunté hacia los invasores y, en esa actitud, me fui acercando hacia ellos.  Cuando así me hallaba y a punto de tirar, mientras caían las flechas a mi lado, una de ellas se incrustó en mi espalda, del lado derecho, privándome del uso de le mano derecha.  Tomé entonces el fusil con la izquierda, para evitar que cayera al suelo, y retrocedí a mi habitación.  El capitán de los cuatro soldados españoles, que allí se hallaba, hizo girar la flecha, como hacen los chocolateros, y así extrajo aquella flecha que tenía cinco cortes laterales.  Salí al rato con mi brazo derecho cubierto de sangre, pero los bárbaros se habían marchado de aquel punto.  Me fui entonces a un punto alto del pueblo, cerca del cual se habían congregado, en la seguridad de que todos huirían al oír el primer tiro.  Porque así es: un hombre con un arma de fuego puede resistir a seiscientos bárbaros.  Tal es el terror que tienen ellos a esas armas.  Hice un disparo y ésto los amedrentó, aunque sólo fue, después de algunas horas, que emprendieron le retirada.  Desgraciadamente se llevaron las caballadas de los abipones”.

Al regresar después los Abipones al pueblo, que habían ido contra el enemigo por otros caminos, celebraron con júbilo la salvación del mismo, aunque sintieron la pérdida de los caballos. “Yo -dice Dobrizhoffer- atendí a los heridos y después procuré curar mi pobre brazo.  Como esas fleches llevan veneno, temblaba mi brazo y se cubría de sudor.  Al acostarme, en vano daba con una postura que me permitiera reconciliar el sueño.  Después de cinco meses recobré totalmente el uso de mi brazo, pero, aún hoy día, llevo la cicatriz de aquella herida, que me recuerda el desprecio que sentí entonces por la muerte, y el cariño con que defendí mi Reducción.  Será siempre para mí un recuerdo de mi querido Paraguay”.

Después de este desgraciado suceso ordenó el Gobernador Yegros, que diez soldados pasaran a la Reducción y la custodiaran.  Así lo hicieron, pero fue una lucha constante la que se debió hacer para impedir los saqueos y matanzas de los Tobas.  Desgraciadamente no era posible instruir y educar a quienes estaban de continuo a caballo y sólo pensaban en expediciones, para vengar injurias e infligir otras que habrían de ser vengadas por los enemigos en guerras posteriores.

La mayor parte de los niños, niñas y mujeres eran constantes en reunirse cada tarde para las clases de religión, pero los hombres y los jóvenes seguían en sus borracheras y supersticiones.  Estos no eran catecúmenos, sino energúmenos, como solía decir Dobrizhoffer.

A los dos años de fundada esta Reducción del Timbó, manifestó su fundador el estado de su quebrantada salud.  La gota le afligía grandemente y el brazo estaba aún tan dolorido por la herida recibida que creyeron los Superiores conveniente reemplazar al misionero.  Al efecto fueron elegidos los PP. José Brigniel y Jerónimo Rejón.

Ambos misioneros llegaron a Timbó y pronto comprobaron cuán terribles eran las hostilidades de los Mocobíes y Tobas.  Tuvieron, sin embargo, el consuelo de que el cacique Oachari, gravemente enfermo por la mordedura de una serpiente, recibiera voluntariamente el Bautismo y terminara santamente su corta, pero heroica vida de soldado y de caudillo.

A fines del año 1765, o a principios del siguiente, volvió Dobrizhoffer a la reducción de indios Itatines, denominada de San Joaquín, donde había estado años antes, y asumió el gobierno de la misma, en reemplazo del Padre Fleishauer, que había sido trasladado a la de Santa Rosa.  La reducción de San Joaquín, rodeada de campiñas y bosques, y ocupada por pacíficos indígenas, todos ellos cristianos e iniciados en la civilización, era un digno premio y una merecida recompensa, después de tantos trabajos y sinsabores, sufridos en la inculta y rebelde Timbó.

Su vida en San Joaquín fue tranquila y pacífica, y puede sintetizarse en las pocas, pero significativas palabras que estampó en su Historia de Abiponibus refiriéndose a esta época de su existencia en América: “Entre éstos neófitos Itatinguas del pueblo de San Joaquín pasé primero seis años y después otros dos (1765-1767) no sin placer y contentamiento de mi parte”.

Aunque de ordinario no salía del pueblo de San Joaquín, sabemos que en una oportunidad se lanzó a explorar lejanas e ignotas tierras en la región del Tarumá y Mbaeverá, haciendo al efecto, y en compañía de un grupo de valientes neófitos una expedición de cuarenta leguas.  En su amenísimo libro no sólo relató con abundancia de detalles la áspera jornada, sino que dejó además un mapa con las rutas seguidas a través de bosques y esteros.

Al dictarse en Madrid, la Real pragmática de expulsión de la Compañía de Jesús, inspirada en la nueva forma de gobierno del despotismo ilustrado, en febrero de 1767, la suerte de jesuitas y sobre todo de los aborígenes estaba sellada.  Los jesuitas fueron desterrados de la Metrópoli española y de todos sus dominios.

En 1768 se presentaron en San Joaquín, los emisarios del gobernador del Paraguay, Carlos Murphy, con la orden de aprisionar a los dos misioneros.  El P. Iturri, en su Breve relación de lo sucedido en el arresto, nos dice que los misioneros de San Joaquín y de San Estanislao, ambos pueblos se hallaban en los montes de Tarumá, necesitaron “de mucha prudencia y eficacia para contener a los indios que, con las armas en las manos, trataban de defender a los Padres, especialmente los del pueblo de San Joaquín, que es de los dos el principal”.

“El P. Martín Dobrizhoffer -añade Iturri- era el cura de este pueblo y estando solo, trabajó mucho por sosegarlo, como lo consiguió, quedándole sumamente agradecido el Comisario, Don Narciso Duarte, con los de su comisión, como que debía al Padre no menos que la vida y la de sus compañeros.  Así lo escribió el mismo General Duarte al señor Murphy que le había enviado; y éste, después de muchas gracias que dio al P. Martín, le informó jurídicamente el Sr. Bucarelli”.

Todo lo que en esta ocasión acaeció debió de repercutir dolorosamente en la debilitada salud del buen jesuita.  Cuando en 1748 vino al Paraguay, se hizo constar que tenía “bueno salud”, pero, veinte años más tarde, ya no poseía aquellas fuerzas y aquel temple.  Las tribulaciones sufridas en el Timbó, y los sucesos adversos de 1767-1768, le postraron en el lecho, según consta de un documento que tenemos a la vista.  En él, y con fecha de 17 de marzo de 1768, escribe Bucarelli que están en disposición de embarcarse 150 jesuitas, y que no se cuenta en este número a Martín Dobrizhoffer, pues “queda enfermo en el hospital”.

A fines de marzo del año 1768 pudo Dobrizhoffer unirse, a bordo de la fragata La Esmeralda, con sus hermanos de religión, y así lo hizo constar el capitán del barco.  En este navío, y en compañía de los PP. Brigniel, Burgés, Iturri, Eyler, Sánchez Labrador, Juan García, José Ferragut, Roque Gorostiza, José Jolis, Francisco Miranda, Florian Baucke, y varios otros, menos conocidos, pero no menos beneméritos, cruzó Dobrizhoffer el Océano, después de abandonar las playas americanas.  La grata y amena compañía de tantos y tan preclaros jesuitas, que como él iban en La Esmeralda, contribuiría sin duda a aminorar la añoranza de lo perdido y a suavizar la monotonía de la larga y pesada travesía.

Cuatro meses duró ésta.  El día 16 de mayo zarpó La Esmeralda de Montevideo y, a fines de agosto, arribaba al puerto de Cádiz, desde donde fueron los expulsos trasbordados al puerto de Santa María.  Dobrizhoffer y los demás jesuitas alemanes fueron recluidos en el convento de los Padres Franciscanos, y ahí estuvieron hasta el 19 de marzo de 1769, fecha en que partieron, unos con rumbo a Holanda, y otros en dirección a Italia.  En agosto de aquel mismo año de 1769, llegó Dobrizhoffer a su querida ciudad de Viena.

Desde el primer momento, se alojó en la Casa profesa que, en esa ciudad, tenía la Compañía de Jesús, y comenzó a trabajar con ardor y asiduidad en todos los ministerios espirituales, pero muy particularmente en la predicación.

En1770 se hallaba Dobrizhoffer en la dicha Casa Profesa de Viena, y era ayudante del Padre Bibliotecario; en 1771 era además, uno de los sacerdotes que, una vez al mes, disertaba ante la comunidad sobre un tema ascético, y era además “operario”, esto es, uno de los sacerdotes que atendían a las necesidades espirituales de los fieles.

La reina María Teresa, que conoció y trató a nuestro ex-misionero, gustaba grandemente de su conversación, y de oírle contar sus peripecias y aventuras en tierras americanas.  Fue ella quien indujo a Dobrizhoffer a poner por escrito sus recuerdos y dar al público las valiosas noticias etnográficas e históricas que tenía atesoradas en su privilegiada memoria.  Felizmente cumplió Dobrizhoffer los deseos de la cultísima reina y, entre 1777-1782, escribió su Historia de Abiponibus en tres nutridos volúmenes, aunque no llegó a publicarla hasta el año 1784.

Otro escrito de nuestro misionero es la valiosa y desconocida carta que, en 12 de enero de 1780, escribió a Bacmeister, y en la que, después de excusarse por no haber contestado antes a la que le dirigiera aquel ilustre sabio, manifiesta que ha estado ocupado en ciertos viajes, en preparar y predicar sus sermones semanales y en curar sus achaques.  “Ultimamente, y con la autorización de nuestra augustísima reina -escribe Dobrizhoffer- he conseguido disponer de tiempo, pues me retiró del cargo de predicador, pues ya soy sexagenario y tengo una salud que está muy lejos de ser robusta”.

Finalmente, agrega Stoeger, ese varón que era, ante todo, un buen religioso, al mismo tiempo que jovial y práctico en improvisar versos y coplas, terminó sus días en el Hospital de los Hermanos de la Misericordia, en Viena, el día 17 de julio de 1791, cuando contaba setenta y cuatro unos de edad.

Fuente

Dobrizhoffer, Martín – Historia de los Abipones – Traducción de Edmundo Wernicke.

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Furlong, R. P. Guillermo – Entre los abipones del Chaco – Buenos Aires (1938).

Portal www.revisionistas.com.ar

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