NO VIENEN POR LA IGLESIA CATÓLICA, VIENEN POR NUESTRO EVANGELIO INDOHISPANOAMERICANO. 101 AÑOS DE DESPOBLACION

“El inconsciente es la historia de la humanidad desde los tiempos inmemoriales” C.G. Jung

Religión, Ideología y Doctrina tienen significaciones históricas distintas entre Europa y nuestro criollocontinente. La divergencia está dada por la culturación de una y la transculturación de la otra: ellos son imperialistas, nosotros luchamos por liberación.

El Evangelio cristiano ha sido resignificado en estas tierras, alcanzando trascendentales cualidades en un contexto geográfico y social que así lo determinaba y que, unido al apasionamiento espiritual del conquistador castellano heredero del Mío Cid, cobrará impulso liberador.

Religión y Doctrina inculturados, conversión y lucha, son causas en sí misma, materia y sustancia, el “ser” que en cada caso es, acto en movimiento. Y su cualidad, el accidente que las hace únicos, la forma en potencia es la: LIBERACIÓN.

Esta potencia, que sobrepasa a la idealización literaria, filosófica o artística, para convertirse en VERBO actuante, en praxis concreta, tiene su manifestación próxima en la teología religiosa.

El concepto de liberación es interpretado en clave de SALVACIÓN. De ahí que Doctrina y Religión caminarán juntos. El ser revolucionario (de Túpac Amaru al cura Hidalgo, del zapatista al justicialista) tendrá experiencias “salvíficas”, no de salvación personal, sino de liberación colectiva. Del colectivo que llaman Patria. De un colectivo compuesto por pueblos.

Justicia Social, liberación política, soberanía económica se confunden en un extraño sincretismo, que solo lo permite nuestra tierra-continente, de salvación-liberación. El imperialismo es el enemigo que nos une, y la argamasa es el mensaje bíblico de salvación del hombre-pueblo-patria.

No hay en nuestras patrias, y nunca la hubo, una separación entre cristianismo y política. No lo podrá haber mientras se mantenga la situación de explotación y dependencia. Revolución y salvación serán dos términos que estarán permanentemente hermanados, por la naturaleza misma que ubica la lucha del hombre por su salvación…que ubica la lucha del pueblo por su liberación. Este es el rasgo que distingue nuestro evangelio de las demás construcciones.

El otro imperativo es el AMOR AL PRÓJIMO, concepto medular en el mensaje evangélico. Salvación y amor son esencia de la bienaventuranza cristiana, que determinarán que la actitud del creyente consista en un radical compromiso con la historia misma del hombre. De pensar la salvación en términos de historia, redimiendo a la humanidad por sus pecados ante los ojos de su Creador, en el Juicio Final. Y que en Doctrina política implica redimir a la Patria ante la dominación de los poderosos. Pecado y dominación, serán dos conceptos que estarán unidos.

El cristianismo generó la mayor fuente de rebeldía concebida por el hombre. El anuncio de la nueva buena, salvación y amor, será la insubordinación en permanente estallido contra los poderosos del mundo, una voluntad que enfrenta la opresión, un compromiso con los desheredados, los oprimidos de la tierra y los perseguidos. Este impulso religioso sobrepasará a la misma religión para transmutarse en doctrina política que sustituirá la teología. Es el evangelio hecho política.

En nuestro criollocontinente la Palabra del evangelio encarna una energía de permanente renovación, que la diferencia del cristiano europeo. Es inmanente subversión que se vuelve contra sí misma si traiciona su propio Verbo.

La ventura religiosa de la salvación tiene mucho que ver con nuestras propias circunstancias de atraso, miseria e injusticia social. La lucha por la conquista del paraíso se conjuga entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre. Y el paraíso se conquista con una Doctrina liberadora.

La religión convertida en política, la política impulsada por el sagrado Verbo, determinará las reglas de juego en la que se librará el combate contra el opresor, contra el Imperio, contra el materialismo, contra el consumismo deshumanizante. Contra todo lo que insectifique al hombre…

El evangelio indohispanista es causa material, energía propulsora, impulso romántico como heroico, que nos lleva a comprometernos para jugarnos por el destino de las mayorías. El evangelio denuncia el pecado contra la salvación de nuestras almas para llegar al paraíso. El evangelio cuando se convierte en acción, y la acción en una Doctrina, denuncia las estructuras sociales e institucionalizadas que consolidan una situación de dependencia de nuestras Patrias y que impiden nuestro ingreso al paraíso, a un desarrollo integral.

Es por eso que han considerado a nuestro Evangelio indohispanoamericano, como peligroso para el nuevo orden que se está instalando en este mundo globalizado. Entendieron que ser cristiano, en nuestro continente, es más que ir a misa y rezarle a una imagen clavada en un madero.

LUIS E. GOTTE
la pequeña trinchera
MAR DEL PLATA, SEPTIEMBRE 2018. Hoy más valido que que hace un año JMGR

Un gobierno de neo-izquierda, o izquierda poslaclausiana, impulsada por el Foro de San Pablo (2004) y el Consenso de Montevideo sobre Población y Desarrollo (2013) con estrategias diseñadas desde Podemos (España, Pablo Iglesias), Poder Ciudadano (Colombia, Piedad Córdoba), Frente Amplio (Perú, Veronika Mendoza), Alianza País (Ecuador, Rafael Correa), La Cámpora (Argentina, Axel Kicillof), Revolución Democrática (Chile, Sebastián Depolo), Movimiento al Socialismo (Bolivia, Álvaro García Linera), PT (Brasil, Gleisi Hoffmann), Morena (México, López Obrador -financista-), Partido Socialista Unido (Venezuela, Nicolás Maduro -financista-) vienen trabajando en pos de una gran patria socialista (no desde el socialismo clásico, de lo que estamos hablando es del socialismo cultural derivado de lo postulado por Engels en su libro “El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”, 1884).

Carlos Malamud, investigador Principal para América Latina y la Comunidad Iberoamericana del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos, escribe en su blog (julio del 2016): “Uno de los máximos referentes presentes fue Axel Kicillof, ex ministro de Economía del último gobierno kirchnerista, que estuvo acompañado por su correligionario Diego Mansilla, diputado del parlamento del Mercosur por el Frente para la Victoria (FPV). Entre los restantes participantes destacan ampliamente por su renombre Veronika Mendoza, candidata del Frente Amplio a las últimas elecciones presidenciales peruanas, y Piedad Córdoba, ex senadora colombiana de reconocidas afinidades con las FARC. Según algunas versiones periodísticas también hubo representantes de los gobiernos de Evo Morales y Rafael Correa, muy próximos a las posiciones de Podemos, aunque no se conoce exactamente la identidad de todos los integrantes de la comitiva internacional. Otros dirigentes presentes en Madrid para tan connotada ocasión fueron Sebastián Depolo, coordinador nacional del partido chileno Revolución Democrática, y el político argentino Juan Monteverde, del partido Ciudad Futura. Al margen de los latinoamericanos destacó el eurodiputado francés Jean-Luc Mélenchon, del Partido de Izquierda, y una representación de Syriza…”.

Las conclusiones son de ustedes compañeros.

El siguiente o sea Este artículo que se transcribe a continuación es de una revista peronista de 1970… Es EXTRAORDINARIO.

• 101 años de despoblación

El mes de octubre dejó pasar en forma casi desapercibida los resultados del VI Censo Nacional de Población, que pusieron en evidencia una tasa descendente de natalidad y el agravamiento del proceso de despoblación relativa que sufre nuestro país. El deterioro demográfico argentino se origina en la prolongada crisis económica interna y en el despojo de la población de las provincias en aras de la hidra bonaerense. Por otro lado, las inmigraciones fronterizas son desalentadas por los riesgos políticos que suponen para el régimen.
• El deterioro demográfico argentino

En setiembre de 1970, diez años después del último Censo, la población argentina había pasado de 20 millones de habitantes a sólo 23,3 millones. La década transcurrida ha marcado una acentuación del deterioro demográfico argentino, si ello era aún posible. Con una tasa de crecimiento anual del 1,5 %, la Argentina queda con un retraso abismal frente al resto de Latinoamérica, cuyos restantes países no bajan en ningún caso de un crecimiento demográfico del 2,5 % anual, excepto Uruguay.

A esta altura ya parece imposible evitar que aumenten los desniveles de población con Brasil y México, que con 93 millones de habitantes y 51 millones respectivamente, crecen con tasas anuales del 2,8 % y 3,5 % en cada caso. Lo que pocos saben es que la posición de la Argentina como tercera potencia demográfica de América Latina será superada en muy pocos años por Colombia, que con 21,5 millones de habitantes en la actualidad, mantiene tasas de incremente anual del 3,9 %.

La pérdida de nuestra vitalidad no puede ser más evidente.

De los escasos tres millones de habitantes en que aumentó nuestra población en
estos diez años, la mitad y fracción contribuyeron a engrosar las promiscuas y atribuladas huestes de la metrópoli porteña. Buenos Aires, continúa exitosamente su deplorable carrera por absorber parasitariamente la población de la patria grande, del interior colonizado. Si en 1960 absorbía el 33 % de los habitantes, actualmente, con el 36 % de la población argentina, la triunfadora de Pavón ostenta probablemente el triste récord del mayor grado de concentración de la población de un país en una sola ciudad.

La hidrocefalia de Buenos Aires es tal que la Argentina, con sólo 23 millones de habitantes, tiene una ciudad de 8.400.000 habitantes, sólo superada por el Gran Nueva York, con 11.500.000 y el Gran Tokyo, con 11.200.000, y equivalente a la del Gran México. Pero en los casos citados estas grandes ciudades absorben sólo poco más del 5,10 y 16 % de la población total, respectivamente.

• El despojo de las provincias

La macrocefalia de Buenos Aires ha recibido muchas veces la condenación formal de los regímenes liberales y la cultura oficial, pero siempre ha sido presentada como un hecho inevitable de la naturaleza de las cosas. Nada más lejos de la verdad. La existencia de esta deformación parasitaria en el cuerpo de la República no se debe a la acción de fuerzas naturales sino a la imposición de hechos políticos y económicos muy concretos a lo largo de la historia argentina.
El perder de vista las raíces históricas del proceso de concentración bonaerense, hace que el liberalismo de derecha y de izquierda caiga en el mismo error.
Un sólo barrio de Buenos Aires, como Flores por ejemplo, duplica o triplica en 1970 la población íntegra de provincias como Catamarca y La Rioja, o equipara las poblaciones de Salta o Santiago del Estero.
Este hecho no constituye una distorsión natural ni tampoco siempre ha sido así.
Es el resultado conciente y deliberado de una política aplicada durante más de 100 años enderezada a allegar a Buenos Aires todos los recursos del país, y de allí hacia el exterior, a los imperios de turno. Hace 100 años, cuando el unitarismo porteño impuso por las armas su régimen liberal y centralista al resto del país la población argentina estaba distribuida en forma equitativa en el territorio nacional. La ciudad porteña ocupaba entonces el 12,9% de la población total del país y existía un razonable equilibrio entre las distintas provincias y regiones, pese al gran desarrollo de la zona litoral a partir del siglo anterior.
La campaña de Buenos Aires y la provincia de Santa Fe participaban del 20.8 % de la población, pero la Mesopotamia constituida por Entre Ríos y Corrientes participaba del 15,1 %, al igual que la región central formada por Córdoba y San Luis; mientras el conjunto de las provincias del Noroeste absorbían el 28,6 % y la región de Cuyo, con Mendoza y San Juan, el 7,1 %. La importancia demográfica de Buenos Aires, con ser grande ya, no anulaba la personalidad política, económica y poblacional de las provincias de la patria grande.
Corrientes y Entre Ríos, con más del 7 % de la población total cada una, Córdoba con el 12,1 %, Santiago del Estero con el 7,6 % o Catamarca con el 4,6%, hacían oír su voz acerca del destino nacional con el derecho propio que les daba el arraigo de su población al territorio y su participación en la guerra de la independencia. Esas voces resonaban fuerte en pro de un federalismo que respetara los derechos de todos y cada uno a los recursos nacionales, y anticipaban con clarividencia la desvirtuación de los objetivos de la independencia nacional a través del puerto de Buenos Aires.
Durante cien años la historia dio plena razón a esta anticipación y las provincias han debido asistir al drenaje de su población joven y la pauperización de la que restaba, aferrada a la tierra. El centralismo porteño absorbió progresivamente todo el ahorro y la inversión nacionales, y con ella los caminos pavimentados, la electricidad y, los transportes; monopolizó la cultura y la administración pública. El régimen federal quedó solo en el papel de la Constitución; Buenos Aires absorbió todo y no irradió nada.
Lógicamente a posteriori surgieron las teorizaciones justificadoras o racionalizadoras de la inevitabilidad de este centralismo. Una vez creadas, las “economías externas” centradas en Buenos Aires determinaron a esta ciudad como la localización obligada para el comercio exterior, la administración pública y la industria; y junto con ellos los servicios y las finanzas. Pero las ventajas de la localización económica en Buenos Aires no surgieron de la nada; fueron el producto de un régimen histórico-político concreto, que simultáneamente saboteó la industrialización de las materias primas en el lugar, y desniveló las oportunidades a favor de Buenos Aires; por medio de una red de transportes distorsionada y de fletes diferenciales, por la concentración de las oportunidades de crédito y de la infraestructura física.
Así se llegó a una situación por la que la ciudad capital y sus suburbios superan holgadamente la población sumada de todas las provincias interiores que constituyeron la patria en 1810, incluidas las mesopotámicas. Obsérvese en el cuadro adjunto que la población global de todo el glorioso y sacrificado Interior de las guerras de la Independencia, o sea Entre Ríos y Corrientes, Córdoba y San Luis, Mendoza y San Juan, Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero, La Rioja, Salta y Jujuy, suman sólo el 31,5 % de la población total en la actualidad. Bárbaro despojo de las provincias en aras de la “civilización”, o “modernización” como se lo ha dado en llamar desde 1966. Pero no fueron las nuevas regiones colonizadas durante la segunda mitad del siglo pasado, o sea la chaqueña-misionera y la patagónica, las que recibieron los brazos que emigraron de ese Interior por falta de trabajo.
Con sólo el 5,3 % y el 3,8 % de la población respectivamente, esos inmensos territorios padecen de los mismos problemas que las provincias más antiguas y ven transcurrir ociosos sus recursos naturales por la concentración de las inversiones en el Gran Buenos Aires y su litoral adyacente.
• El fracaso del desarrollismo
Existe una estrecha vinculación entre el centralismo porteño y la pérdida de la vitalidad demográfica argentina.
La despoblación de las provincias en aras del Gran Buenos Aires provoca una disminución del crecimiento vegetativo interno, debido a que la tasa de natalidad de las áreas urbanas de alta densidad es generalmente muy inferior a la de las áreas rurales o de poca urbanización. Este conocido hecho tiene particular vigencia en Buenos Aires por sus agudos problemas de vivienda.
Al mismo tiempo la población que emigra de las áreas rurales del interior es generalmente la población femenina y masculina joven, o sea la de mayor fecundidad potencial; fecundidad que se ve anulada por limitaciones económicas y sociales al trasladarse a la estéril hidra metropolitana.
El doble problema de la subordinación de las provincias al papel de colonias —con la consecuente emigración de su población a la metrópoli por falta de trabajo— y de la alarmante disminución de la tasa de crecimiento demográfico en la Argentina, ha preocupado a voceros del ala desarrollista del régimen. Es que la utilización del deterioro demográfico interno afecta a sectores interesados en el desarrollo del mercado interno.
Por un lado, la pauperización del interior resta mercado a la producción industrial masiva al poner a casi 10 millones de habitantes —exceptuados el área metropolitana y los pocos centros urbanos fuertes del interior— en condiciones de infraconsumo. Es sabido, y ha sido reiteradamente estudiado y demostrado, que los habitantes de las provincias tienen en general ingresos que equivalen de la tercera parte a la mitad de los habitantes del área metropolitana.
Estos exiguos ingresos constituyen a dichos habitantes en consumidores de productos industriales de primera necesidad, como alimentos elaborados, textiles y confecciones, etc., pero no les permiten acceder a consumes industriales más elevados, como es el caso de muchos artefactos para el hogar, automóviles, productos de la industria papelera y gráfica, etc. Por otro lado, el lento crecimiento de la población global determina una igualmente lenta incorporación anual de nuevos consumidores.
Como consecuencia es la misma industria de la metrópoli la que observa que los límites de mercado del Gran Buenos Aires le quedan estrechos. Esta situación pretendió remediarse durante la década del 60 con una profusa legislación tendiente a promover la descentralización industrial creando estímulos impositivos y de otros órdenes en las provincias, a fin de crear fuentes de trabajo y elevar los niveles de ingresos regionales.
Dichas intenciones quedaron en el papel. La pretendida industrialización de las provincias fue un rotundo fracaso y el área metropolitana siguió absorbiendo la casi totalidad de las radicaciones industriales. Más aún, provincias parcialmente industrializadas o que nacían como importantes centros industriales especializados fueron despojadas. Tal fue el caso de Córdoba, que durante los años 50 se perfilaba como el centro de la industria automotriz, y que durante el mismo régimen frondizista que declamó la política de descentralización geográfica vio instalarse en Buenos Aires la totalidad de las nuevas plantas automotrices, quedando relegada a un papel secundario; o el de Tucumán, donde fue desmantelada la industria azucarera después de 1966.
Pero simultáneamente, se descuidaron totalmente las economías agrarias regionales, y la mayoría de sus cultivos característicos, como la yerba mate, el azúcar, el algodón, la vid, el tabaco, etc., entraron en franca crisis, particularmente a partir de 1966. De este modo las provincias siguieron sin industria y sus economías rurales, principal sustento de su ocupación y sus ingresos, entraron en franco tirabuzón.
El lento crecimiento de la población de nuestro país ha provocado también la preocupación del ala “nacionalista” del régimen, por el deterioro de la Argentina como potencia dentro de América Latina, y ha planteado el problema de la inmigración extranjera. Pero el sistema encuentra un escollo insalvable en la contradicción entre los objetivos políticos de reforzar el potencial demográfico de la Argentina en el continente y los riesgos políticos de fomentar la inmigración extranjera.
Es que la promoción de la inmigración europea es una utopía ya que la Argentina no ofrece en la actualidad los atractivos que a fines del siglo pasado y principios del presente; ni, fundamentalmente, la situación europea es la misma. Ello deja en pie sólo la alternativa de la inmigración fronteriza de Chile, Bolivia y Paraguay. Pero eso significaría profundizar las raíces de la Argentina en la América Latina india y mestiza y desviarla de su papel de apéndice de Europa y Estados Unidos.
Ello pone al régimen en un callejón político sin salida y lo obliga al inmovilismo en su política inmigratoria. Mientras, los sectores militares se lamentan resignadamente del crecimiento demográfico de Brasil, viendo relegado su papel como ejército gendarme cféT imperialismo en América Latina, o estudian las posibilidades de la inmigración japonesa. . .
• El interior arde
Buenos Aires ha agotado definitivamente las posibilidades de la Nación y aún las de su propio desarrollo. Encerrada en sí misma, su parasitismo económico y demográfico es tal que le impide extraer más jugo del mismo tronco nacional del que hasta ahora se ha sustentado.
Aislada políticamente, ve renacer la lucha federal de las provincias bajo nuevas banderas. El eje político tradicional que atraviesa la República siguiendo la antigua ruta al Alto Perú, desde Rosario hasta Tucumán, pasando por Córdoba, antigua rival de la hegemonía porteña, está sacudido por una intensa vocación política, sofocada durante décadas de historia pero siempre latente. Las puebladas se extienden también a la Mesopotamia y las provincias andinas, con Corrientes, que inició la lucha seguida por Rosario y Córdoba en 1969, y Catamarca, que continuó las manifestaciones de Tucumán y Salta en 1970.
El Interior arde y el neoliberalismo replegado en Buenos Aires no tiene para oponerle una política que no sea la de la represión.
El día llegará en que, como en 1820, las montoneras federales aten sus caballos en la Plaza de Mayo.
Tags: Gerardo Duejo
Fuente: http://www.ruinasdigitales.com/cristianismoyrevolucion

Mar del Plata, 21 de Agosto de 2019
Prof. Luis E. Gotte

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