ARDE AMAZONAS

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Millones de Notre Dames incineradas de techo a piso, en una nefasta manifestación de incapacidad soberana para poner en caja la imaginación destructiva de una minoría sin cordura. De eso se trata la quema del Amazonas: personas, hombres que lo quisieron así, que lo quieren y querrán de esta manera, que lo vienen queriendo y les está yendo bien, cada vez mejor.

Si a unos pocos metros cuadrados de maravilla “a lo Notre Dame” le reconocemos un valor impensable en unidades de moneda fuerte, ¿cómo podemos esperar comprender el significado de degradar el último bastión de naturaleza a lo grande que le quedaba al maltrecho planeta?

El desastre nos toca la cabeza y los corazones, a la puerta de una terapia intensiva desabastecida de opciones. Y mientras apenas podemos convivir con esta gran impotencia, la pesca industrial incinera mares, la agricultura industrial incinera pastizales, la ganadería incinera bosques, la industria del plástico empaqueta las cenizas, y la vida toda flota en el caldo que el cambio climático hierve a fuego lento. Ocurre en simultáneo, se atiende de a uno.

El incendio del Amazonas es una práctica de al menos cinco décadas, herencia de cinco siglos, descendientes de cinco mil años. ¿Dónde estaba la humanidad que ahora dice ¡basta! elevada por el humo que llega al cielo? Dejamos que los gobiernos duerman siesta. A ellos no los afecta, la quema abre opciones económicas. Que los ambientalistas se aten tranquilos a los troncos; quemados como están hasta puede que ayuden a voltearlos.

Trump quiere modificar la herramienta legal que, en su país, evita cualquier desarrollo que pueda causar la extinción de una especie. Quiere abrirse paso para justificar el extinguir si la economía lo requiere. Es la movida magna del desarrollo sustentable.

El gran fracaso, otro humo, esta vez conceptual, que obnubiló a los conservacionistas y que, en el incendio del Amazonas, encuentra vidriera. La noción de sustentabilidad favoreció el avance gradual de una idea: si a la naturaleza se le quita de a poco, nos acostumbramos a lo que ya nunca va a volver.

Por si no quedó claro: la quema de la selva no es casual, no es mala suerte, no es accidente ni rayo, es voluntad humana en su máximo esplendor.

Al Amazonas se lo están llevando puesto individuos que reclaman lo que no deben a gobiernos que otorgan lo que no les pertenece. En un lugar donde cada árbol carga más vida de la que puede imaginar el pobre diablo que lo voltean, ¿se lo deja hacer? ¿Cómo se disiente con ellos dentro de las buenas prácticas de la conservación? Es una guerra de injusticia que nadie nombra.

Hoy se le reclama a Bolsonaro, como si Dilma, Lula, o incluso el vecino Evo fueran paladines del cuidar. Se le reclama a Trump, como si Obama hubiera dejado una marca final en la carrera contra las emisiones de CO2. Los nefastos gobiernos anti-ambientales que hoy salpican los continentes con su deleznable estrategia de destrucción global no tienen defensa, por supuesto. Esta gente daña mal y profundo, no deberían habitar este planeta. ¿Pero quién arroja la primera piedra? Quiero decirle a Clinton: ¡no es la economía estúpido! ¡Es la naturaleza! Pero el mensaje “clintoniano” vino para quedarse.

Repito: el Amazonas incendiado no es un evento ejemplificador, no es ni siquiera un evento. La diferencia está en el grado, como si a Notre Dame la derrumbaran metro a metro, y de golpe el incendiario se pasó de la raya. Así operan las amenazas: el cambio climático quita de a poco, las especies mueren de a poco. De vez en cuando aparece un pico en la tendencia, pero ella es tan dañina como el pico mismo.

Me resisto a proponer soluciones, a forzar la palabra de consuelo. No quiero hablar de resiliencia, o de “re-naturalizar,” reforestar, reparar. Son paliativos de la desesperación. Escribo desde la tristeza. Los conservacionistas hemos siempre intentado vivir más allá de las coyunturas. Los políticos, subsidiados por los economistas, que hoy ocupan el lugar de los magos, nos arrastran a ella. El hoy del Amazonas es coyuntura con cimientos profundos que a nadie interesan.

El show debe continuar. Los Bolsonaro son Napoleón. Sucumbiremos a ellos porque nos tragamos el cuento de que se corrigen desde las instituciones. ¡Reclaman soberanía sobre las especies! No debe existir desatino más contradictorio de la biología y de las religiones.

Y una cosa más: no es la imagen del satélite, o del bosque ardiendo, la que mejor expresa el desastre. El drama llano y puro está en los ojos de los animales, en los sonidos del pánico, en las cortezas crepitantes. El show va a continuar con los que analizarán la quema como un despilfarro de “capital natural”, o como un compromiso de “servicios ecosistémicos”. Y ya que estamos, ¿porqué no compensar costos, plantar soja y largar algunas vaquitas? Es así que se echa combustible al fuego: palabra a palabra. Hoy hablamos un lenguaje que incendia.

Claudio Campagna es Biólogo y médico (UBA-Universidad de California).

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