EL 25 E3 SEPTIEMBRE DE 1973 ES ASESINADO EL DIRIGENTE DE LOS METALÚRGICOS Y SECRETARIO GENERAL DE LA CGT, COMPAÑERO JOSÉ IGNACIO RUCCI

«El pequeño gigante como lo denominaba Peron»

VIDEO : https://www.youtube.com/watch?v=Ja_NnCbLpOQ

Este video.  Es apenas una parte de la Extraordinaria Lealtad del Cro. Rucci y los Trabajadores Argentinos a Nuestro Jefe, el General Juan Domingo Perón.

Hoy no hay una Dictadura Militar, hay una Desvergonzada y Cínica actuación de la Democracia conducida por las Corporaciones extranjeras y manejadas en Nuestro  país por Vendepatrias encabezados por un Presidente al que solo habría que juzgarlo por Lesa Traición a la Patria.

(En aquellos años y por esos motivos comenzó  mi militancia, véase en el video las ollas populares tal como hoy.

El jefe de la JP sindical de los 70, a 46 años del asesinato de Rucci: “Nunca escuché a Perón hablar de exterminio”

José Luis Pirraglia estuvo con el General en las horas siguientes al atentado montonero y niega que éste haya ordenado una masacre. Pero afirma que es imposible medir el daño causado: “Para formar un dirigente sindical se necesitan 20 años”

VIDEO : blob:https://www.infobae.com/c18d7a7b-f697-49a3-bfe3-9f6ddec3be7e

“¿Cómo medir el daño cuando matan a José Rucci?”, dice Pirraglia al evocar el asesinato del secretario general de la CGT por Montoneros, el 25 de septiembre de 1973.

Apenas dos días antes, el 23, Juan Domingo Perón había ganado las elecciones presidenciales con el 62 por ciento de los votos. Aquel crimen fue un desafío directo a su liderazgo y un sabotaje al naciente proceso democrático, luego de 17 años de proscripción del peronismo y de exilio de Perón.

Rucci era uno de los más estrechos colaboradores del Presidente electo y, dice Pirraglia, “ellos sabían que le mataban al hijo que no tuvo”.

Este veterano dirigente sindical asegura que en Ezeiza “a Perón lo quisieron matar” y está convencido de que detrás de los asesinatos de los sindicalistas José Alonso y Augusto Vandor, e incluso del de Pedro Eugenio Aramburu, había “un plan orquestado con el gobierno de Onganía y cuya ejecución nació de La Plata”, aludiendo al papel jugado por el general Francisco Imaz, ministro del Interior del régimen de facto instaurado en 1966 e Interventor de la provincia de Buenos Aires hasta junio de 1969.

Siendo muy joven, José Luis Pirraglia había sido secretario general de la seccional San Martín del gremio de los textiles. Conoció a Rucci en las reuniones de la CGT y éste lo designó jefe de la Juventud Sindical Peronista. En 1973, tras la renuncia forzada de Rodolfo Galimberti, fue nombrado, junto a Julio Yessi, como representante de la rama de la Juventud en el Consejo Nacional Peronista.

Con excepción del período en el que la dictadura intervino el gremio, Pirraglia permaneció en textiles hasta 1992. Luego pasó a cooperar con el sindicato de Municipales que lideraba Amadeo Genta. Actualmente es vicepresidente del Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (CESBA).

Respecto a la militancia juvenil actual, Pirraglia dice que “es muy difícil seguir el ejemplo de José, que por ahí se quedaba a dormir en la CGT dos, tres, cuatro días, como Saúl (Ubaldini)”. Y rescata el compromiso de aquellos peronistas que pasaron “18 años defendiendo la doctrina sin ser candidatos a nada”, mientras que la juventud actual “vive de la política”.

— Se cumple otro aniversario del asesinato de José Ignacio Rucci. ¿Cómo fue su vínculo con él?

— Yo en ese entonces era secretario general de los textiles de San Martín. Y participaba siempre de las reuniones de las delegaciones regionales, porque José convocaba a las delegaciones regionales para que participaran en cualquier decisión. En ese ínterin, yo paso a integrar el Consejo Superior Peronista y él seguía siendo secretario general de la CGT. No sé si saben cómo fue la designación de Rucci, él había ido de interventor a la UOM de San Nicolás porque no la podían manejar. Y de ahí pasa a ser secretario general de la CGT.

Rucci tenía un vínculo muy cercano con Adelino Romero, que era el secretario general de Textiles en ese momento, y venía mucho al gremio. Cuando (el general Alejandro Agustín) Lanusse era presidente, se ponían de acuerdo los dos: Rucci era el que toreaba y Adelino el que negociaba; todos trabajando en función del retorno de Perón. Entonces lo mandaban a Rucci a torear con que iban a parar. Y entonces: “¿Y?” “No, todavía no me llamó”, porque llamaba Lanusse directo cuando estaban negociando el retorno.

— Tenía un papel central en esa estrategia entonces.

— Sí, sí, sí. Pero además José era un dirigente sindical. Recuerdo un plenario que se hizo en Rosario… son cosas difíciles de olvidar. Vinieron los cordobeses, que estaban agrandados con el Cordobazo y como los cordobeses son bastante verborrágicos, se mandaban unos discursos, “y porque nosotros, los gobernadores…” José, que era un gallito de riña, se paró arriba del escritorio donde estábamos haciendo la reunión y dijo: “Compañeros, ustedes cambian gobernadores, pero nosotros cambiamos gobiernos”.

— ¿Tenían ustedes temor de que Rucci fuese asesinado?

— Nosotros siempre estábamos expuestos; nuestra pelea con los sectores de izquierda fue una cosa permanente. Entonces nunca se descartaba. Para armar un dirigente sindical, nacional, necesitas 20 años. Un dirigente sindical en serio. O sea, hablando de un dirigente sindical que hace la primaria, la secundaria, y después va a la universidad. Primero es delegado en la fábrica, después en su seccional, de su seccional va al Consejo Directivo. Y ahí tenés un dirigente sindical con muchas vivencias. En San Martín yo fui secretario general con 24 años. La gente venía al gremio a hablar con el secretario general y esperaba encontrar un viejo, gordo, de bigote, y se encontraba con un pibe; entonces me costaba casi el doble, para enfrentar los conflictos y todo lo demás. Teníamos 19.500 afiliados y tenía 300 comisiones internas. 300 comisiones internas. Vos ahí tenés que aprender sí o sí, porque estás en el medio, entre la patronal y los trabajadores, porque cuando tenés que armar la conducción de la seccional tenés que poner a doce de los trescientos. Hay que tener un poder de negociación como para hacer que parezca que todo el mundo se hizo cargo de esas doce designaciones porque si uno empieza con el dedo termina dividiendo el gremio.

— Esa experiencia sindical que forma un dirigente lleva mucho tiempo.

— Sí. Cuando lo matan a José nadie puede medir cuál es el daño o qué retraso tiene el movimiento obrero para lograr sus objetivos. Porque, por ejemplo, quedaba claro, cuando fue la muerte de (Augusto) Vandor, de (José) Alonso y de (Pedro Eugenio) Aramburu, que era un plan que se había orquestado con el gobierno de Onganía y que la ejecución nació de La Plata. Esas cosas nunca se miden. Es decir, qué le pasa al movimiento obrero. Porque la gente cree que matan a uno y se pone a otro y ya está. No, no, no, no es así, se resienten muchísimo las conducciones.

— ¿Usted quiere decir que detrás de todos esos asesinatos había un mismo objetivo?

— Sí.

— ¿Una misma cabeza?

— Sí, sí. Seguro. Seguro.

— ¿Tuvo oportunidad de ver a Perón en los días posteriores a la muerte de Rucci?

— Sí, el mismo día. El mismo día, porque nos convocó. Nos convocó a la Casa de Gobierno.

— Al Consejo Superior.

— Al Consejo Superior, sí. Y esa cara de enojo, esa cara de enojo, tenía una bronca que…

— ¿Recuerda qué decía?

— El General tenía claro de dónde venía el golpe y ellos sabían que le mataban a un hijo que Perón no tuvo. José iba a Gaspar Campos y le manoteaba cosas de la heladera (risas). Tenía un vínculo muy especial.

— En ciertos libros sobre aquella etapa, hay una tendencia a responsabilizar a Perón por la represión ilegal que siguió después. Se le atribuye haber ordenado una masacre. ¿Reaccionó él de esa manera? ¿Qué hizo respecto de los sectores que habían matado a Rucci?

— Perón tenía claro que había que desprenderse de algunas cosas. Por eso cuando habla de “los sabios y prudentes” [N.de la R: en referencia a sindicalistas como Rucci] es cuando los echa de la plaza [a Montoneros]…

— En el discurso del 1° de Mayo de 1974.

— Sí, yo después de eso le digo: “General, cuando usted se fue de Argentina en la plaza entraban, con las calles cubiertas, 120.000 personas. Usted se fue y volvió y entonces ahora entran 2 millones. Y cuando usted echa a un cuarto de la plaza, echa 500.000, no echa a 25.000 o a 20.000”. Perón se reía, porque era la verdad. La plaza fue medida desde todos los lugares y no entran más de 120.000 personas, ésta es la verdad.

— Hay varios historiadores, investigadores, que dicen que usted estaba presente cuando Perón dijo que había que exterminar a la subversión marxista…

— Yo no estaba, si lo dijo yo no estaba. Nunca le escuché a Perón decir eso. Lo que pasa es que Perón estaba por encima de todas esas cuestiones…

— ¿Nunca escuchó que dijera eso?

— No. No creo que lo haya dicho. No, no, para nada. Para nada. Eso de que había que exterminar… Lo que pasa es que también se habla por ahí mal de la Juventud Sindical. Que era una fuerza de choque y qué sé yo, y yo que fui el conductor de la Juventud Sindical, el armador de la Juventud Sindical, digo que nosotros estábamos defendiendo al movimiento obrero y tratando de generar dirigentes desde ahí. Casi todos los que estaban en la Juventud Sindical llegaron a la conducción de su gremio. Ese era el objetivo, y armar trabajos con la juventud.

— Usted era referente de un sector de la juventud, la JP sindical. Se dice que Perón intentó tender puentes, aún después del asesinato de Rucci, con la juventud del otro sector, cercana a Montoneros. ¿Usted asistió o participó de esos intentos?

— No, porque eran negociaciones que Perón llevaba personalmente. Pero sí me acuerdo cuando hizo la reunión con los representantes y les puso los canales de televisión para que transmitiesen lo que les dijo.

— Con los diputados de la Tendencia.

— Exacto. Porque él tenía que poner distancia sí o sí. O sea, a Perón lo quisieron matar. A Perón lo quisieron matar, ésta es la verdad.

— ¿Matar físicamente?

— Físicamente. Lo de Ezeiza. Otra cosa que uno tiene que tener claro es que, por ejemplo, Cámpora iba a Gaspar Campos y Perón no lo atendía. Y él se quedaba media hora dando vueltas adentro y después hacía declaraciones como si hubiera estado con el General. Porque Perón ya le había descubierto el juego. Cuando le lleva la lista de los ministros que había designado, le lleva cinco. Perón le dice: “Cámpora, el presidente es usted. Usted es el que tiene que designar a los ministros”. Entonces Cámpora se va, “Gracias general”, que esto y que lo otro. Le decíamos: “Él le vino a preguntar y usted le podría haber dado una mano”. “Que me traiga toda la lista, si él me trae toda la lista, entonces yo opino”. Pero Cámpora le lleva solamente a los que Perón no iba a cuestionar y no lo lleva a (Esteban) Righi, ni a otros… Yo le pregunto qué había pasado con Cámpora. Y él me dijo: “¿Sabe lo que pasa m´hijo? Son las alfombras rojas de la casa de gobierno. Cuando está ahí sentadito y arriba de él no hay nadie, hay gente que trabaja para que él asuma un liderazgo que…” Los que conocemos bien la historia, sabemos que Perón ya había cortado ese vínculo.

— Algunos seguidores de Perón no parecen conocer del todo bien esa etapa.

— Sí, sí. Lo que pasa es que… nosotros vivíamos haciendo política. Dieciocho años defendiendo la doctrina sin ser candidatos a nada. Esa es mi generación. Y ahora viene una generación que vive de la política. Entonces la política para algunos se transformó en un laburo. Entonces, parece igual pero no es igual.

— ¿Qué les diría a las nuevas generaciones como conclusión de aquella experiencia, de lo que pasó con Rucci? ¿Cómo se llegó a ese nivel de desencuentro para que jóvenes que se decían peronistas mataran a un referente tan importante del movimiento obrero, mano derecha de Perón?

— Lo que hay que sacar de esa experiencia es que si hubiese habido varios Rucci, Rucci estaría vivo. Hoy por ejemplo veo poca actividad gremial. Pero si uno quiere proteger a los compañeros que tienen un liderazgo, hay que hacer una política de reproducción de esos compañeros. Hay que mirar el ejemplo de aquellos compañeros. Entregaban su vida y sus mujeres tuvieron que ir a trabajar. Fueron ejemplo, porque vivían como hablaban.

— ¿Qué imagen cree que le está quedando a la juventud de lo que pasó en los 70? ¿Es correcta la imagen que se transmite sobre lo que pasó?

— Creo que lo de Rucci es muy difícil relatarlo, porque estamos hablando de un dirigente sindical que tenía un peso enorme dentro de la CGT, pero es muy difícil tomar el ejemplo de José. Porque hay algunos detalles… José por ahí se quedaba a dormir en la CGT dos, tres días, cuatro días, como Saúl (Ubaldini). Porque vivían sus obligaciones con una intensidad que no es fácil de relatar. Porque después viene una dirigencia totalmente diferent

— ¿Tiene esperanzas para el país hacia el futuro?

— Vengo sosteniendo que si el movimiento obrero no está donde se deciden las cosas, esto no tiene arreglo. Porque nadie mide en realidad el poder que tiene el movimiento obrero. Es como que le quitan poder y siempre que es criticado un dirigente es para descalificar a todo el gremio. Y yo digo que el movimiento obrero tiene que estar. Porque es el segundo dador de trabajo después del Estado. Porque maneja más del 50 por ciento de la salud de todo el país. Porque tiene más habitaciones de turismo que cualquier nacional o multinacional. Porque tiene emprendimientos educativos. Es un actor muy importante. Además, los gremios son más importantes que los hombres que puedan tener algún cuestionamiento o hayan tenido algún pecado. Cuando alguien habla mal de un dirigente, yo pregunto: “Che, ¿vos sabés quién es el secretario general de Salta de Camioneros? ¿Y sabés quién es el secretario general de Catamarca de Textiles?” Nadie puede responder. Los gremios tienen seccionales en todo el país, en todas las comunas…

— ¿En este momento se le está dando al movimiento obrero la participación que le corresponde?

— No, para nada.

— ¿Y en un eventual futuro gobierno de Alberto Fernández?

— Están hablando. Están hablando. Esa una decisión para mí fundamental. La única forma de entender algunas cosas es cuando uno es parte. Uno, estando donde se deciden las cosas, tiene posibilidad de defender el salario mejor que estando afuera. Tiene la posibilidad de conocer exactamente cosas del país que no salen en los medios. Pero, está eso de que “son corporativos”. Antes todos hablaban de las corporaciones. Pero cuando vinieron las corporaciones en serio nadie más habló de las corporaciones. Nadie más. Los corporativos éramos nosotros. ¿Y la corporación financiera? ¿Qué representa? Por eso es que la gente no tiene acceso al crédito. Por eso es tan difícil establecer planes de vivienda que se puedan pagar. Por eso es muy difícil tener un control de los precios. ¿Cuál es la cadena de valor de los precios? ¿Cuánto hace que se pide la Ley de Góndolas? Como no hay ley contra los monopolios… El único que dijo algo de eso fue (Donald) Trump: yo no tengo problema con que (las empresas) vayan a otros países, pero que le den trabajo primero a los de acá…

— ¿Eso cómo se aplica a la realidad argentina?

— La Argentina tiene que tener muy claro para dónde quiere ir y tiene que trabajar fervientemente para generar empleo. Hasta ahora todos los ajustes fueron fracasando. Desde Rodrigo para acá, o desde Alfonsín para acá, cada uno que vino con un plan de ajuste fracasó. Y éste también. Entonces si los europeos se unen para tener más fuerza nosotros, en la CGT, ¿nos dividimos para tener menos fuerza? Es un error. ¿Cuáles pueden ser las diferencias entre las cinco CGT? Si todos defienden trabajadores. A ver, ¿Qué diferencia que pueden tener? El movimiento obrero tiene que estar donde se definen las cosas. Pero también tiene que revisar su actividad, tiene que resolver el tema de los precarizados. Por ejemplo, en el año 83 voy a un plenario de delegados en Mar del Plata. Y los delegados de Mar del Plata defendían el trabajo en negro. Yo no podía entender: “¿A ustedes les contaron de la jubilación, de los beneficios sociales…? ¿Saben que los sindicatos son fuertes o débiles a partir de los compañeros? ¿Qué sindicato quieren?” Me dicen: “Tenés razón, pero resolveme el tema, porque si no trabajo en estas condiciones no trabajo”. Hablo del año 83. Y seguimos igual. El trabajador me dice que no haga la denuncia porque se queda sin laburo. Resolveme el tema del laburo. Hay temas que si no se arreglan con el gobierno y el movimiento obrero no tienen solución.

— Y los empresarios…

— Sí, hay que atacar el tema empresario y resolver el problema de los impuestos. Ahora, si vos leés a (Michael) Porter en Las ventajas competitivas de las naciones, él tira por los aires esta cosa de que el salario es el que condiciona. Habla de los países que crecen a partir de la voluntad de sus pueblos: Holanda, que no tiene territorio, es el mayor exportador de flores; Japón, que no tiene petróleo ni acero, gran exportador industrial. Japón pagaba los salarios más altos. Porter tira por tierra con todas estas cosas de que el salario es el que condiciona. Es mentira.

Agradecimiento a: José Luiis Pirraglia por permitirme reproducir el articulo.

·        25 DE SEPTIEMBRE DE 1973. MUERTE DE JOSE I. RUCCI C.G.T CONCORDIA- ORACIÓN Y RECUERDO PARA UN MÁRTIR OBRERO

Un martes 25 de Septiembre de 1973 al mediodía, un comando militar de las organizaciones FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y “Montoneros”, ametrallaba fríamente sobre la humanidad indefensa del líder de la C.G.T. Nacional, José Ignacio Rucci.

La perversidad y cobardía de sus ejecutores es patética y la historia así lo ha demostrado.

Aun hoy los asesinos temen dar la cara aunque recibieron siempre la protección oficial del poder político percibiendo grandes sumas dineradas en concepto de indemnizaciones.

A pesar del tiempo transcurrido, este alevoso atentado criminal sigue presente en la memoria de los argentinos especialmente en el movimiento obrero organizado. Es un crimen impune y de lesa humanidad. La justicia argentina con pruebas irrefutables y contundentes pretende archivar la causa, lo cual ha sorprendido a los juristas penales más prestigiosos y destacados de la Argentina.

La Confederación General del Trabajo C.G.T. Regional Concordia recuerda hoy con suma tristeza, sentido tributo de homenaje y reconocimiento al cumplirse el Cuadragésimo Sexto año de la injusta muerte de un gran dirigente obrero. Figura emblemática de la resistencia peronista que había recibido el legado y la formación de la vieja” guardia Sindical” al cual los historiadores más prestigiosos del peronismo reafirman que Juan Domingo Perón consideraba como a un hijo.

En cuanto a sus asesinos, la historia ha dictado su sentencia inapelable: la condena social.

Con marchas y contramarchas del pasado y del presente, el sindicalismo organizado está de pie.

“Compañeros: quiero que esta reunión del Día del Trabajador sea para rendir homenaje a las Organizaciones Sindicales y a esos Dirigentes Sabios y Prudentes que han mantenido su fuerza orgánica y han visto caer a sus dirigentes asesinados sin que todavía haya tronado el escarmiento.”

Discurso del entonces Presidente de la Nación Argentina, Juan D. Perón, Plaza de Mayo, 1º de mayo de 1974.

Consejo Ejecutivo C.G.T.

Regional Concordia

 

Roberto G. Ferrier

Secretaria de Prensa C.G.T.

 

Oscar D. Ava

Delegado Regional C.G.T.

 

Agradecimiento a la Regional Concordia por este recuerdo

 

·        El día en que Montoneros mató a José Ignacio Rucci, el sindicalista de Perón

Hace 44 años, el secretario general de la CGT era asesinado en lo que se conoció como la Operación Traviata

Cuarenta y cuatro años después del asesinato de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT y alfil del general Juan Domingo Perón, Boletín del ICIMISS  reproduce parte del capítulo 1 de Operación Traviata, del periodista Ceferino Reato, cuyo último libro es Salvo que me muera antes. Agradeciendo la deferencia aunque con “reservas”.

«Lino» apunta su bigote renegrido hacia el fusil FAL; el caño penetra el agujero en forma de 7 que acaba de hacer en la tela roja con las letras «Se vende», que cubre una de las ventanas del primer piso de una casa vecina a la de José Ignacio Rucci. «¡Perfecto! Desde aquí seguro que le doy en el cuello a ese burócrata traidor,» exclama satisfecho con su tonada cordobesa. Es el jefe del grupo montonero que está por matar a Rucci, secretario general de la Confederación General del Trabajo y pieza clave en el pacto entre los empresarios y los sindicalistas auspiciado por Juan Perón para contener la inflación, impulsar la industria nacional y volver a un reparto «peronista» de la riqueza: la mitad para el capital y la otra mitad para el trabajo. Un esquema con una mayor participación del Estado, con obstáculos y topes para el libre juego de las fuerzas del mercado, pero dentro del capitalism

Es el martes 25 de septiembre de 1973 y faltan quince minutos para el mediodía. Dos días antes Perón fue elegido presidente por tercera vez con un aluvión de votos, casi 7,4 millones, el 61,85 por ciento. Los peronistas siguen festejando el regreso triunfal del General luego de casi 18 años de exilio; los que no lo son confían en que el anciano líder, que ahora se define como «un león herbívoro» y «una prenda de paz», tenga la receta para terminar con la violencia desatada durante la dictadura, que también fue fogoneada por él. Pero, Lino ya no tiene muchas esperanzas en Perón: las fue perdiendo con la matanza de Ezeiza y con la caída del «Tío» Héctor Cámpora. Perón se les está yendo a la derecha y ellos han decidido apretarlo, «tirarle un fiambre», el de su querido Rucci, para que los vuelva a tener en cuenta en el reparto del poder, tanto en el gobierno como en el Movimiento Nacional Justicialista.

 

Es el martes 25 de septiembre de 1973 y faltan quince minutos para el mediodía. Dos días antes Perón fue elegido presidente por tercera vez con un aluvión de votos, casi 7,4 millones, el 61,85 por ciento. Los peronistas siguen festejando el regreso triunfal del General luego de casi 18 años de exilio; los que no lo son confían en que el anciano líder, que ahora se define como «un león herbívoro» y «una prenda de paz», tenga la receta para terminar con la violencia desatada durante la dictadura, que también fue fogoneada por él. Pero, Lino ya no tiene muchas esperanzas en Perón: las fue perdiendo con la matanza de Ezeiza y con la caída del «Tío» Héctor Cámpora. Perón se les está yendo a la derecha y ellos han decidido apretarlo, «tirarle un fiambre», el de su querido Rucci, para que los vuelva a tener en cuenta en el reparto del poder, tanto en el gobierno como en el Movimiento Nacional Justicialista.

Al acecho, Lino y sus hombres esperan que Rucci salga en dirección al Torino colorado de la CGT, chapa provisoria E75.885 pegada en el parabrisas y en el vidrio trasero, que acaba de estacionar frente a la casa chorizo de la avenida Avellaneda 2953, entre Nazca y Argerich, en el barrio de Flores. Los Rucci viven desde hace poco más de cuatro meses en el último departamento, al fondo de un largo pasillo de mosaicos color sangre que el chofer del sindicalista, Abraham «Tito» Muñoz, recorre con paso ligero para avisar que ya llegó y que también están listos los «muchachos», el pelotón de guardaespaldas reclutados entre los metalúrgicos que ahora esperan charlando en la vereda sobre fútbol, boxeo y mujeres. Rucci lo recibe en camiseta, tomando unos mates que le ceba su esposa, Coca. Ya ordenó al albañil que le está haciendo unos arreglos en el patio que se apure porque «el domingo cumple años mi pibe y quiero hacerle un asadito», y está conversando con su jefe de prensa, Osvaldo Agosto, repasando el mensaje que piensa grabar dentro de una hora en el Canal 13 para el programa de Sergio Villarroel, un famoso periodista que saltó a la pantalla grande por su cobertura del Cordobazo, la revuelta popular de mayo de 1969 contra la dictadura.

—Así está bien, tiene que ser un mensaje de conciliación, como para iniciar una nueva etapa. Tenemos que ayudar al General: dieciocho años peleando para que él vuelva y ahora estos pelotudos de los montos y de  los «bichos colorados» del ERP quieren seguir en la joda, dice Rucci, conocido como José o «El Petiso», con su tono exaltado de siempre.

Agosto, que fue uno de los jóvenes que en 1963 robó el sable corvo de San Martín del Museo Histórico Nacional como un golpe de efecto para reclamar contra la proscripción de Perón, escucha con atención, intuye que están por suceder cosas importantes en la cúpula del sindicalismo peronista y saca un tema que no lo había dejado dormir tranquilo.

—Ayer recibimos otra amenaza en la CGT. Un dibujo de un ataúd con vos adentro. Y anoche, cuando salíamos con Pozo (Ricardo, principal asesor político de Rucci, NDR), nos dispararon desde un auto, le contó Agosto por lo bajo, aprovechando que la esposa, Coca, se había alejado en busca de otra pava para seguir el mate.

—Yo sé que me la quieren dar esos hijos de puta, pero no me voy achicar. Por algo cantan «Rucci traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor». Igual, tenemos que arreglar con esos pelotudos de los Montoneros. Estos chicos están confundidos: ¡querer sustituir a Perón!, ¡pelearle la conducción al General!… Sobre las amenazas, vos sos testigo que las tomo en serio y que me cuido mucho. Más no puedo hacer.

—¿Por qué no haces que te custodie la policía? Tus muchachos de la custodia son buenos para repartir piñas en los actos pero no son profesionales.

—¿Para qué? ¿Para que me mate la policía por la espalda? Ya voy a cambiarlos, cuando Perón asuma la presidencia… Hablando de eso, Tito: ¿por qué no vas al fondo a decirle a los muchachos que vengan, que se nos hace tarde?

Rucci se refería a los tres «culatas» que esa noche habían quedado de custodia en la casa: Ramón «Negro» Rocha, un ex boxeador santafesino que había peleado tres veces con el mismísimo Carlos Monzón; Jorge Sampedro, más conocido como Jorge Corea o Negro Corea, otro ex boxeador pero de Villa Lugano, y Carlos «Nito» Carrere, a quien había traído de San Nicolás. Tres muchachos de confianza, del gremio, pero que ese día estaban bastante averiados: no habían dormido bien, habían tomado bastante e incluso uno de ellos había vuelto muy tarde del cabaret, a las 7 de la mañana. Coca lo había visto cuando entró casi a los tumbos. Ella estaba por llevar a los chicos, a Aníbal y a Claudia, a la escuela cuando vio que se movía el picaporte de la puerta de entrada. Pensó que venían a matarlos y abrazó a sus hijos, pero enseguida se dio cuenta que era uno de los escoltas de su marido.

Mientras Tito Muñoz vuelve al living a la cabeza de una fila adormilada, Agosto menea la cabeza y echa un vistazo a su reloj: «Uy, son casi las 12, tendríamos que ir saliendo…»

..

Rucci se pone una camisa bordó y un saco marrón a cuadros, y ordena a Muñoz, su chofer: «Tito, avisale a los muchachos que están en la puerta que se suban a los autos, que se preparen que ya salimos. Pero, que no hagan mucho lío con las armas, que no las muestren mucho. ¡A ver si se cuidan un poco!».

Otro llamado telefónico lo interrumpe. Esta vez es Elsa, una amiga de Coca, que la enreda en una charla interminable sobre un juego de copas regalo de casamiento que para su desgracia acaba de rompérsele. Coqueto como siempre, Rucci se retoca el jopo y el bigote frente a un espejo, y le hace señas a su mujer.

—Dale Coca, apurate que me tengo que ir.

—No le puedo cortar, José, la pobre me quiere hablar, le contesta su mujer, tapando el tubo.

—Bueno, me voy, le dice Rucci tirándole un beso.

—Elsa, esperame que se está yendo José… Chau José, chau, le contesta, y sigue la charla con su amiga Elsa.

 

Cuando abre la puerta de la casa chorizo, sus trece guardaespaldas ya están en sus puestos, sentados en los cuatro autos estacionados sobre Avellaneda: tres lo esperan en el Torino colorado sin blindar; cuatro en un Torino gris ubicado a unos 50 metros, casi llegando a Argerich; los otros seis, en los dos coches del medio, un Dodge blanco y un Ford Falcon gris, que es el que saldrá primero, encabezando la caravana, y al que Agosto recién se está subiendo.

Las últimas palabras que se le escuchan a Rucci son un trivial «Negro, pasate adelante y dejame tu lugar así te ocupas de la motorola», una orden suave dirigida a Rocha, que en el apuro se había ubicado atrás, junto a Corea. Rocha sale del asiento trasero y está por abrir la puerta delantera cuando lo sorprenden el estruendo de un disparo de Itaka que abre un agujero en el parabrisas y una ráfaga de ametralladora.

En el primer piso de la casa de al lado a Lino no se le mueve un pelo; apunta con cuidado, espera el segundo preciso e inmediatamente después de la ráfaga de ametralladora, aprieta el gatillo del FAL. Son las 12,10 y la bala penetra limpita en la cara lateral izquierda del cuello de Rucci, de un metro setenta de altura, que a los 49 años estira su mano pero no llega nunca a tocar la manija de la puerta trasera del Torino colorado. De izquierda a derecha entra el plomo, que parte la yugular y levanta en el aire los 69 kilos del «único sindicalista que me es leal, creo», como dijo Perón la primera vez que lo vio, en Madrid. Los pies dibujan un extraño garabato en el aire y cuando vuelven a tocar la vereda el secretario general de la CGT ya está muerto. Un tiro fatal, definitivo, disimulado entre los 25 agujeritos que afean su cuerpo, abiertos por el FAL de Lino pero también por la Itaka y la pistola 9 milímetros que usan «El Monra» y Pablo Cristiano. De nada sirve que el fiel Corea eluda las balas y le levante la cabeza gimiendo «José, José». Rucci está tirado en el piso, la cabeza casi rozando esa puerta trasera que no abrió, los zapatos italianos en dirección a la pared. Ya no puede oír los disparos furiosos de sus confundidos custodias, que, luego de la sorpresa, apuntan contra fantasmas ubicados en la vereda de enfrente, en las vidrieras del negocio de venta de autos usados Tebele Hermanos, que se hacen añicos, y en el colegio Maimónides, una escuela primaria y secundaria a la que asisten unos 400 chicos judíos y en cuya terraza algunos de sus culatas han creído divisar las siluetas de los atacantes. No consigue ver al joven sobrino y ahijado de Coca, Ricardo Cano, que cruza la calle como un loco, disparando con un fusil contra el colegio, pero que no logra abrir el portón que el portero ha cerrado para proteger a los alumnos, ni siquiera con la ayuda de otros dos de sus muchachos. Tampoco puede socorrer al Negro Rocha, a quien un disparo le ha abierto la cabeza, ni a Tito Muñoz, su chofer, que se arrastra con su arma hasta un garaje vecino y no alcanza a llegar al lavadero que se desmaya, todo ensangrentado por los cuatro balazos que le han agujereado la espalda, uno de los cuales le rozó el corazón. Ya es tarde para José Ignacio Rucci. Tantos «culatas» no le han servido ni siquiera para adivinar el lugar de dónde partieron los disparos asesinos.

¡¡La historia nacional y el peronismo ni olvida ni perdona… y la Patria te debe un homenaje póstumo por tu lealtad a la causa nacional y del pueblo argentino!!

Buenos Aires, 25 de setiembre de 2019

Arq. José Marcelino García Rozado

Se el primero en comentar en "EL 25 E3 SEPTIEMBRE DE 1973 ES ASESINADO EL DIRIGENTE DE LOS METALÚRGICOS Y SECRETARIO GENERAL DE LA CGT, COMPAÑERO JOSÉ IGNACIO RUCCI"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*