HORACIO GONZÁLEZ IMPRIME UNA ESTUPIDEZ INCREIBLE

‘Camporismo’, guerrilla y J.W. Cooke: Mitos. mentiras y verdades

Es el problema de muchos intelectuales: su ego les impide el freno. Y tienen otra dificultad: les importa transitar la política pero subestiman sus códigos y valores. Horacio González acaba de corroborarlo. (Ver artículo de Jorge Rulli en este Boletín contestándole también)

De pronto, Horacio González emerge en la campaña electoral como un Juan Grabois veterano, y su opinión deviene en abono de la grieta en la que una porción de Juntos por el Cambio aún confía como vehículo proselitista.

Pero Juan Grabois tiene ‘escuela’ en la tarea de provocar. Al fin de cuentas, su padre, ‘Pajarito’ Grabois, coprotagonizó juveniles grescas ideológicas provocadas por su eterna contradicción de intentar fusionar el pensamiento de Ernesto Guevara y el de Alejandro Álvarez (no es tan sencillo como parece transitar del guevarismo a Guardia de Hierro… ).

En cambio González es un autodidacta. Pero lo hace bastante bien. Y para corroborarlo, acaba de agitar la escena con su propuesta ‘camporista (?)‘:

«(…) ella -CFK- no puede ser una mera vicepresidenta y tampoco puede tomar decisiones que debe tomar el presidente. Entonces ese campo está por ser diseñado. Ella no puede ser una mera vicepresidenta porque fue ella quien abrió paso a esta nueva etapa(?). Esto no lo puede ignorar ningún político, sobre todo no lo puede ignorar Alberto Fernández. Hay un primer lugar que le corresponde a Alberto Fernández, pero antes hay un primer lugar que le corresponde a ella por abrir esta posibilidad.»

Él dijo lo que, en su agonía como gurú, Jaime Durán Barba quería escuchar. Ni ‘el Cuervo’ Andrés Larroque se atrevería a tanto.

Es más: no se recordaba otro estrépito cultural provocado por González desde aquella ocasión cuando en 2011, director de la Biblioteca Nacional, intentó impedir que el premio Nobel de Literatura 2010, Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, se presentara en la Feria del Libro. Megaestupidez.

Tuvo que intervenir la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner, y el propio González le contó en cierta ocasión a otra socióloga como él y, en ocasiones, excelente periodista, Lucía Álvarez, para la revista Anfibia:

«(…) —Ese no fue mi gran episodio —se culpa ahora Horacio—. Es cierto que escribí esa carta sin percibir que era la carta de un funcionario. Pero firmé director de la biblioteca nacional así que no puedo eximirme tampoco. La Presidenta me llamó y me dijo eso, que un funcionario no escribe esa carta. Me dijo, en un tono reposado y amable, que esa carta tenía que ser retirada. Y yo hice otra carta, de retiro, tratando al menos de no quedar tan deslucido. (…)».

Probablemente, septiembre casi octubre 2019, o CFK o Alberto Fernández tengan que llamarlo otra vez para recordarle que debe cummplir con su obligación como militante peronista: verticalismo y silencio, una actualización civil de lo que Juan Domingo Perón aprendió como militar: subordinación y valor.

En aquella entrevista que Lucía Álvarez le hizo, titulada «No voy a hacer declaraciones de amor», ella logró una notable descripción de González: «(…) el peronista marcusiano, el intelectual incómodo, el funcionario kirchnerista-libertario (…)».

Sin duda alguna, ese es el contexto para el análisis de un personaje anecdótico en la construcción del poder, que ingresó a la historia del kirchnerismo porque participó del Espacio Carta Abierta, aquella respuesta del ‘peronismo de izquierda‘ a la Mesa de Enlace y los autoconvocados durante la crisis de 2008 por la exResolución 125. Ese colectivo elaboró una interpretación de la realidad que resultó tan importante como el proyecto Ley de Medios, para el relanzamiento del kirchnerismo luego de la derrota electoral de 2009.

Pero Horacio González no es un ideólogo. Además, a los peronistas siempre les fue imposible aceptar otro ideólogo que Perón, porque los intelectuales intentan explicarlo y establecer límites racionales al imaginario peronista, cuando la fortaleza del peronismo siempre fue ser tan amplio que resulta inexplicable: de Carlos Menem a CFK, por no ir más atrás en el tiempo.

  • Néstor, siempre Néstor

Ezequiel Palacio, entrevistador de la Agencia Paco Urondo -que se ufana de practicar un periodismo militante e invita a sus lectores a militar juntos-, decidió entrevistar sin red a González en el agitado septiembre 2019, y ninguno de los 2 anticipó el escandalete que provocarían, tal como Juan Grabois tampoco lo avizoró cuando discutió con Marcelo Longobardi y Guillermo Kohan por Radio Mitre.

‘Carne de cañón’ les decían a esos voluntariosos militantes allá en el pasado, cuando González era joven.

Ni el título ni el texto de Palacio fueron tan interesantes como los de Lucía pero le vino de maravillas a Miguel Ángel Pichetto, quien sobre esa idea montó la suya propia:

«Quien tenga un departamento de más, va tener que entregarlo a la revolución».

Impactante. Sin duda que Pichetto es lo único corajudo que le ha quedado a Juntos por el Cambio ahora que Elisa Carrió devino en leona vegana. Una michifuz. El esfuerzo de Pichetto debería tener mejor futuro pero ya se sabe… el día que Juan Schiaretti acordó con Mauricio Macri el final de Consenso Federal a cambio de una cuestión financiera para la Provincia, el senador nacional quedó fuera de cuadro.

Un pilar del discurso de González hablando con el militante Palacio es la oferta personal que recibió de Néstor Kirchner para ir a la Biblioteca Nacional. Esto lo convierte en una suerte de privilegiado.

Sin embargo, el relato que años antes él mismo le hizo a Lucía Álvarez, relativiza la épica:

«(…) Cuando Néstor Kirchner llamó por primera vez a Horacio González, atendió su mujer, la cantante Liliana Herrero.

—Habla el presidente de la República – se presentó.

—Por favor, déjese de hacer bromas -contestó ella.

—En serio, soy Néstor Kirchner. Busco a Horacio González.

—Mi marido no está, llámelo mañana.

Al otro día, insistió.

—¿Podemos tomar un café? Necesitamos críticas, muchas críticas -le preguntó ahora sí, el presidente al profesor de sociología.

Fue la invitación a una charla más larga que nunca se produjo.

—De profeta no tenía nada. Era un buscador de gente. Como escribió Casullo, alguien que sale de un bar palpándose el piloto por temor a olvidarse algo. Un distraído total. Le tocó llamar a gente y lo hizo con cierta argucia. Puedo comprender perfectamente que fue un gesto de habilidad política, pero era una habilidad política que tenía que ver con mi número de teléfono —dice Horacio (…)».

Pero hay algo más en el relato que le faltó a Palacio:

«(…) Desde la puerta, su secretario le indica que tiene un llamado. Es Franco Vitali, subsecretario de Políticas Socioculturales, militante de La Cámpora. Franco es hijo de Elvio, personaje andariego, amante del tango, creador del foro Gandhi, un epicentro de la cultura durante los noventa. Néstor Kirchner lo eligió como director de la Biblioteca en 2005 y Elvio, a su vez, eligió a Horacio como subdirector. Cuando Elvio le consultó lo del cargo, Horacio no actuó como un político, no pidió unos días para pensarlo. Dijo sí, llano, al teléfono. (…)».

  • John William Cooke

La idea fija que tiene González con John William Cooke no es reciente.

En el encuentro militante con la Paco Urondo, ocurrió este fragmento de diálogo:

«(…) -Mientras charlábamos antes de entrevistarlo, nombró a John W. Cooke, y pareciera que la idea del peronismo de Cooke desapareció.

-En mí no. No desapareció y no debe desaparecer. No para que haya alguien que cumpla con el mismo itinerario biográfico de Cooke, que forma parte siempre de lo irrepetible. Pero veo  que muchos creen que no mencionando el nombre de Cooke se tranquilizan las aguas. Y no es así. Es una figura que, al salir de lo común, tenía el factor carismático que excedía a lo natural y esperable. No era alguien que se había acomodado del marxismo al peronismo. Era alguien que estaba en el interior mismo de las tantas fisuras que había producido el peronismo. Cooke habita la casa del peronismo en tanto marxista y es un marxista en tanto peronista. Esa conjunción habilita naturalmente al peronismo lo que es. Entonces, esa figura de Cooke responde un poco la explicación de qué es el peronismo, que es el arte de hacer entrechocar distintas ideas que ha producido la humanidad. Abandonar las ideas de Cooke sería abandonar el peronismo. Sería cegar, cortar e inhabilitar el peronismo mismo. Quienes lo hacen, porque temen ciertas palabras o porque dicen que la época ya pasó o este no es el momento, desconocen que siempre hay un momento que atraviesa todos los momentos. Siempre hay un tiempo genérico que atraviesa todos los tiempos. Quien no lo entienda así no está en condiciones de hacer una política más profunda, llamándose como se llame. (…)».

Muy polémico lo de González. Casi con certeza es un mito. Muchos de los peronistas de su generación jamás respaldarían semejante elucubración.

Pero, en su momento, Álvarez también había mencionado la fijación de González con Cooke:

«(…) Hace tiempo que Horacio González repite una idea: al kirchnerismo le faltan textos. Lo planteó, con preocupación, en Kirchnerismo: una controversia cultural, y lo repitió en la sala Borges, frente a ministros y candidatos. En ese acto, también dijo que la conducción no puede estar disociada de un fuerte humanismo crítico. Habló del drama del mando y de John William Cooke. Lo nombró, dice, como quien tira una moneda a la Fontana Di Trevi. Hay algo de esa figura que funciona como espejo en Horacio. Cooke no tenía lugar en el peronismo; nombrarlo es un modo de seguir inscripto en su problema: “mantenerse afuera del hecho maldito sin maldiciones”. (…)».

Probablemente González reivindica a Cooke porque es una forma de recuperar su propia historia. Y por ese mismo deseo final reclama que se revise el rol de la guerrilla, ya que él fue de las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), antes de pasar por Montoneros.

En definitiva, González está reclamando poder mirarse al espejo y sostener, ante sí mismo, que no vivió ‘al cohete’, tal como sí le ocurrió a gran parte de su generación que colaboró en la destrucción de la Argentina.

  • La guerrilla antiperonista

El relato de Álvarez en la revista Anfibia:

«(…) Cuando sintió que la militancia universitaria era poco, se incorporó a la FAP. Estuvo clandestino. Se alejó rápido escapando de la carrera “político-militar” que le ofrecía.

En 1971, un año después de recibirse, comenzó el vínculo con el Movimiento Revolucionario Peronista, un grupo que luego se incorporó a la órbita de Montoneros. Horacio militaba en una Unidad Básica en Flores. Vivía en una pensión tipo conventillo, en un cuarto con una cama de metal y una mesa destartalada, a la que había ido a parar luego de su divorcio y con la seguridad de que esa condición era parte del despojo militante, de su conversión a combatiente.

Lidiaba con la verba universitaria en un contexto de peronismo barrial. Sufría por hacerse preguntas en una época poco proclive a la duda. Cargaba con la desconfianza de las cúpulas de Montoneros por su perfil un poco inmanejable. Fue preso más de una vez. En todas ellas sintió alivio de saberse menos temeroso de lo que creía.

El asesinato de Rucci lo dejó del lado de la JP Lealtad, una escisión final de Montoneros que cuestionaba la militarización. Horacio recuerda esa experiencia con desagrado. Todavía hoy se pregunta si esa crítica a la lucha armada, si esa retirada justo antes de la tragedia, se basó en un argumento ideológico o en un instinto de supervivencia. Si no lo impulsó, antes que nada, el temor. La pregunta lo atormenta y lo incomoda, pero Horacio González tiene ese vicio: necesita habitar las incomodidades. (…)».

Los peronistas nunca podrían explicar a Cooke tal como sí pueden hacerlo desde la izquierda. Porque Cooke fue más ‘castrista’ o ‘guevarista’ (cuidado, nunca fue lo mismo) que peronista.

Precisamente desde la prensa del Nuevo MAS, Martiniano Rodríguez realizó una notable descripción de Cooke a la que debería arriesgarse González:

«(…) Su figura y sus posiciones generaron tensiones dentro y fuera del peronismo. Sus ideas acerca del movimiento peronista, la lucha armada, la liberación nacional y el papel de la clase obrera no encajaban del todo dentro del peronismo, pero tampoco en la izquierda no peronista. Pero en algunos casos fue retomada por ambos.

(…) Para entender a Cooke hay que partir de una definición: pretendía simultáneamente ser peronista y ser independiente de Perón. Su objetivo era dotar a las masas peronistas de una “ideología de liberación”… que con el correr de los años se fue haciendo cada vez más radical. Pero todo eso, dentro del peronismo. Ser peronista, pero criticar a Perón si se corría a la derecha.

Esta idea ya la llevó a la práctica siendo diputado, y cuando Perón había logrado erigirse como la única y todopoderosa figura dentro del movimiento.

Así, llegó a votar diferente al resto de los diputados peronistas cuando veía que era necesario. Ya su figura se mostraba como un pequeño peligro, al punto que Evita (el tapón a cualquier desborde por izquierda) le propuso ocupar otros cargos, cosa que desestimó.

Cuando en 1955 la Revolución Libertadora echó a Perón, y comenzó la Resistencia Peronista, Cooke apareció como el lógico representante del líder en Argentina. Perón lo ungió como “el único jefe que tiene mi mandato para presidir a la totalidad de las fuerzas peronistas organizadas…”.

(…) Pero Cooke, simultáneamente, tenía que reclamarle a Perón que no se refugiase en países con dictaduras de derecha. Es que mientras los militantes de la Resistencia se jugaban la vida, Perón pasaba de vivir bajo la dictadura de Stroessner, a la de Somoza, luego bajo Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, para terminar con Franco en España.

Al mismo tiempo, Cooke le reclamaba que era hora de radicalizar el programa, de empezar a dotar al movimiento peronista de una ideología antiimperialista. Pero Perón era hábil, y sin decir abiertamente no, tampoco lo hacía.

El puesto de Cooke terminó cuando apoyó el duro conflicto contra la privatización del frigorífico Lisandro De La Torre, en enero de 1959 bajo la presidencia del recién electo Arturo Frondizi (mayo 1958 -marzo1962). En contraste con la mayoría de los dirigentes del peronismo que prefirieron callarse para que les permitieran ir a las elecciones, John William Cooke mantuvo sus ideas y no le quedó otra que renunciar. Perón no lo ayudó, sino que lo dejó caer. Por lo menos le sirvió a Cooke para empezar a entender un poco mejor qué era el movimiento peronista. (…)».

En cuanto a González, con certeza no le importa el lío que armó. Provocar es parte de la rutina de todo intelectual.

Y Lucía Álvarez ya lo había anticipado:

«(…) Carta -Abierta- tiene su impronta, su liderazgo, su escritura política. Pero el director de la Biblioteca nacional también está incómodo ahí. Se queja de estar peleado con todos sus compañeros; amaga con irse cada vez. Horacio tiene ese vicio: necesita polemizar con sus amigos, llevarlos a su estado de inquietud permanente, aun cuando eso signifique exponer por demás los tropiezos propios y los colectivos.

—Dijo por lo menos veinticinco veces que se iba. Porque Horacio es así, un exagerado. Ése es su modo de habitar el mundo, de pensar las cosas: abusa un poco de su sentido crítico. Por eso es el discutidor con más derrotas. Pero también con más triunfos estratégicos —dice Aurelio Narvaja, director de Colihue, original de Carta, su amigo íntimo. (…)».

Carece de sentido ir más allá de sus dichos. Pero permite disparar algunos debates interesantes. Es una obviedad pero hay que recordarlo: carece de sentido una sociedad donde no se pueda debatir sin poner en riesgo ‘el Sistema‘.

 

Por Dr. Guillermo Rodríguez Y  Edgar Mainhard

Buenos Aires, 24 de setiembre de 2019

 

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