¿UNA NUEVA PRIMAVERA ARGENTINA O MAS DE LO MISMO?

En el marco de la enorme incertidumbre que agobia a los argentinos, asistimos a un bombardeo mediático sobre lo que podría ocurrir en el futuro cuasi inmediato. Como la economía genera la mayor audiencia, la mayoría de los análisis especulan sobre el sube y baja de las reservas del BCRA, el valor del dólar, el mayor o menor “cepo”, los retiros de divisas de las cuentas bancarias, la evolución de la tasa de inflación, la variación de la tasa de desocupación y de la cantidad de pobres que se contabilizarán a dicha fecha. Pero nadie tiene seguridades sobre ese futuro cercano. Tal vez ni los propios protagonistas.

La situación es realmente incómoda para todos ya que hay un presidente en ejercicio, que a su vez es candidato a presidente, que fue severamente castigado en la “encuesta obligatoria” (PASO) y un candidato triunfante que sacó una amplia ventaja, difícilmente descontable, que no puede actuar sobre la realidad económica. Si bien la política económica se asienta en medidas concretas, también lo hace sobre las famosas “expectativas”. Y es allí donde reside la incomodidad mutua, que retroalimenta la incertidumbre generalizada. Además; qué escenario tendríamos si las elecciones mostraran una mayor diferencia; o si hubiese una recuperación (aunque no alcance) de MM, o bien que la tercera fuerza (RL) aumente significativamente sus votos. Habría un nuevo escenario que no sería ni mejor ni peor; sólo diferente. Esa diferencia tendría, mínimamente, implicancias en la composición del futuro gabinete.

Aunque sea el tema frecuentemente transitado por los argentinos, no todo es economía o depende ella. Inclusive otros factores influyen enormemente sobre ella. Por ejemplo, los factores geopolíticos que pueden cambiar los precios de las commodities, como el petróleo o los granos. Dos temas que modificarían extraordinariamente, en varios sentidos, cualquier plan económico nacional, que sería aleatorio frente a los vaivenes que podría presentar la inestable situación global. Como ejemplo habría que analizar lo que implicaría el BREXIT con la unificación de las bolsas de Hong Kong y de Londres, creando un centro financiero mayor que el de Wall Street; o la intensificación de la guerra comercial USA-China (granos y tecnologías); o un eventual escalamiento del conflicto con Irán (petróleo).

El indispensable plan integral de gobierno que se deberá presentar el 28 de octubre debería contemplar en forma simultánea tanto el corto plazo (las altas expectativas internas), como el largo plazo (el rumbo estratégico nacional); lo cual no es fácil de resolver, ni es tan simple como algunos creen.

Hay coincidencia casi unánimes que el país necesita una macroeconomía estable; debe exportar más para disponer de divisas; que no debería haber tanta pobreza; que hay que reactivar la economía; lograr empresas más competitivas; bajar los impuestos, bajando el gasto o aumentando la eficiencia estatal; crear empleo de calidad; lograr mayor inversión privada, nacional o internacional; descentralizar el país, ocupando todo su territorio; incentivar proyectos que agreguen valor dentro de nuestras fronteras; promover mayores niveles de I+D; dar un gran salto de calidad en la educación pública; bajar los niveles de inseguridad ciudadana; lograr instituciones con funcionarios respetados por toda la sociedad; y otras metas razonables. Tampoco hay márgenes reales para “aislarse” del mundo, ni hay espacios geopolíticos para distraerse en artilugios formales. Hay que elegir entre complejas opciones inteligentes ya que resulta difícil maniobrar entre elefantes que por un “descuido” te pueden aplastar.

Todo ello se podría lograr teniendo claridad en el rumbo, conocimiento profundo de cada problemática, equipos de gobiernos serios, profesionalmente aptos y con espíritu patriótico y contando con un mínimo de paciencia popular, que lamentablemente no es mucha. Ello implica un manejo delicado de las expectativas; más aun las iniciales, pero también las de largo plazo, ya que una contradicción evidente entre ambas resultaría altamente desaconsejable.

Evidentemente la situación general no es buena porque hay muchos frentes abiertos; y aunque se cerraran algunos podrían complicarse otros. La situación es tan grave que se necesitarían acciones firmes y tal vez duras; como sería el caso de aplicar una alta dosis de antibióticos de amplio espectro para combatir una septicemia. Equilibrar acciones y resoluciones que tengan un impacto político sobre todos los sectores sociales argentinos no será una tarea fácil. Cualquier desbalance podría afectar apoyos imprescindibles para cualquier inicio de gestión.

A los efectos de mitigar eventuales marchas y contramarchas iniciales, sería necesario disponer de fuertes respaldos políticos y sociales (Pacto Social), que solo podrían lograrse a partir de acuerdos que aglutinen al menos a dos tercios del espectro de la política representada en el Parlamento, a los que habría que sumar las entidades representativas de empresarios, sindicatos y movimientos sociales. El apoyo moral y gestual de las iglesias sería altamente bienvenido. La doctrina implícita de unidad nacional sería mantener actitudes contrarias a la grieta y favorables a los consensos básicos.

El rumbo estratégico, entendido éste como el marco conceptual del largo plazo, que debería tomar la Argentina es uno de los temas más trascendentales y repercutirá necesariamente en la situación económica interna, sea en forma de inversiones (abundancia o faltantes) o externa (mercados abiertos o cerrados). Errar el rumbo estratégico es perder efectividad en todas las medidas que se pueden tomar en la microeconomía o en lo social, por más eficientes y justas, que puedan ser. Elegir apropiadamente las alianzas estratégicas es una parte fundamental de las tareas de cualquier conducción. No es un tema ideológico sino de intereses nacionales a largo plazo.

No significa ni alineamientos automáticos, ni relaciones carnales, ni desafíos extravagantes. Implica necesariamente entender en profundidad cuales son los intereses globales y sectoriales (la seguridad o la alta tecnología sensible (nuclear entre ellas) son issues importantes) de cada uno de los grandes players del mundo, para así operar o negociar eficientemente con cada uno de ellos; tarea permanente por la gran incertidumbre global.

Pese a que la historia muestra que una vez más la trampa de Tucídides está en pleno desarrollo, algunos diplomáticos argentinos interpretan que no existiría una guerra comercial entre USA y China sino que se trata de un “ajuste intersocietario para organizar la competencia entre ellos”, neologismo que expresa un reparto (imperial) de zonas de influencia geopolítica y de negocios; nada bueno para nosotros, si cometemos errores por no tener visión de futuro; por ejemplo cualquier facilismo financiero conllevaría una carga de problemas futuros.

Todo apunta al desafío de crear confianza, interna y externa. Sin confianza y previsibilidad será inútil esperar inversiones ni la consecuente generación de empleo de calidad. Si ello no ocurre en un plazo razonable, no demasiado largo (2 años como máximo), las expectativas caerán y nuevamente habríamos entrado en un nuevo ciclo de decadencia, que inexorablemente llevará a mayores sufrimientos populares e emigraciones de importantes sectores de clase media profesional muy capacitados.

Argentina está en un “momentum” de trascendental importancia para su futuro.  Salvando las distancias históricas y nacionales sería situarse en el equivalente a la época de transición en China entre Mao Ze Dong y Deng Xiao Ping. Allá fue el conflicto entre el fervor revolucionario que llevó a la hambruna a millones de chinos contra el modelo que impulsó una brillante inteligencia estratégica, consistente en acoplarse tácticamente al principal factor de poder imperante en aquellos años (allá y en ese entonces fue el sistema financiero internacional) para lograr desarrollar el milenario Plan Estratégico nacional, enmascarado tras la “adopción” del capitalismo occidental y las prácticas del mercado. Plan Estratégico que llevó a China a ser la gran potencia actual.

La palabra latina “momentum” designa una oportunidad propicia, frecuentemente única e irrepetible, para hacer algo exitosamente y es fruto de una serie de circunstancias objetivas y subjetivas que concurren en una coyuntura dada y que posibilitan el éxito de una iniciativa política. Casi siempre el “momentum” dura poco. Recoge una corriente de opinión mayoritaria dentro de la sociedad, un anhelo sentido, una demanda social generalizada. Su éxito depende de la capacidad de dar respuesta a esos requerimientos. Decía el novelista y político francés Víctor Hugo que “nada es más fuerte que una idea a la que le llegó su momento”.

Cada país posee características históricas propias, sea en recursos, en población, en ubicación geográfica y en desarrollo productivo y tecnológico. La visión realista de su estado actual es fundamental para determinar cuál es el camino necesario que se debe recorrer para transitar un destino que mejore el nivel de vida de su población y permita un desarrollo humano sostenible en el tiempo. Cada nación tiene desafíos específicos en tiempo y espacio, y no hay recetas universales para todos los países, aunque haya principios básicos o certezas que deban transitarse.

En orden al desafío de adaptarse a las nuevas circunstancias, necesitamos una profunda transformación productiva y tecnológica, que debe centrarse en nuestras buenas capacidades humanas, la que debe estar acompañada de resolver simultáneamente todo el espectro de sectores con problemas, que son casi todos. Debería haber una política de shock de cambios en el vetusto paradigma nacional, encerrado desde hace décadas entre ciclos neoliberales (que ni los países centrales occidentales practican) y ciclos estatistas o corporativos (que los países socialistas/ comunistas ya no practican). Es necesario cortar ese nudo gordiano y superar en forma pragmática esta grieta económica-ideológica, que también es cultural, en orden a lograr un auténtico cambio de rumbo, lo que generaría un fuerte impacto emocional en toda la población. Medidas gradualistas serían menos aconsejables, pues mientras se vaya arreglando un tema, podría desarreglarse otro y así no habría noción o entendimiento de cambio de rumbo. Lo peor que podría ocurrir es que el nuevo gobierno sea considerado más de lo mismo. De todo ello dependen nuevas oportunidades o lamentables retrocesos.

Toda esa gran transformación estructural debería hacerse manteniendo un alto estándar de derechos sociales; los salarios no son hoy un impedimento para el progreso de las naciones. Las clases medias capacitadas son absolutamente imprescindibles para elevar los niveles cualitativos de los sistemas productivos. Esa es la base. Lo demás es creatividad e inteligencia estratégica, además de mucho trabajo y compromiso con la Patria.

PANORAMA ACTUAL  al  21 septiembre 2019

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