BENJAMÍN ROQUÉ

Benjamín Roqué (1865-1930)

Era nacido en Córdoba, en 1865, y pertenecía a una distinguida familia de esa ciudad mediterránea. Se educó y cursó estudios en el Colegio de los jesuitas. Desde joven desarrolló una prodigiosa actividad mundana y política a la que no resultó ajena su labor periodística.

Vino a Buenos Aires en 1886, donde fue contertulio de Rubén Darío en la Confitería del Aguila y en el “Royal Keller”, siendo íntimo del presidente Miguel Juárez Celman quien mientras duró en el cargo le asignó una pensión anual de 400.000 pesos fuertes. Se vinculó al alto mundo social de la ciudad y sus amigos eran de los apellidos más característicos de ella. Cuando sobrevino la revolución de 1890, no lo abandonó a Juárez Celman.

Fue por entonces un conocido “dandy”, que deslumbró en París durante la exposición del 1900. Como periodista, fue director del periódico “La Roncha”, director-propietario del periódico social “Pif-Paf” y del “Pif Paf”, de París. Fundó el Messager Americain del “Buenos Aires Sport”, y de la revista “América”. También fue editor de una publicación muy valiosa por su documentación gráfica, consistente en un álbum de gran formato titulado La República Argentina. 1906-1907, que contiene en sus numerosas páginas retratos de personalidades de la época, vistas de Buenos Aires en varios aspectos, láminas de las estancias de mayor importancia, notas deportivas, etc., a través de muchas hojas magníficamente impresas en lujoso papel ilustración.

Fue protagonista de mil novelescas aventuras y se le atribuyen anécdotas graciosas, algunas verdaderas. Intimo de grandes personalidades, fraternizó con los reyes, y se hizo muy popular en ciertos círculos alegres, nocherniegos y despreocupados del Buenos Aires finisecular y de principios del siglo XX.

Conocido como el “Payo Roque” –rubio y buen mozo- vestía aún al final de su vida, como un “bel ami” de las novelas de Maupassant: levita entallada con solapas de seda, plastrón, sobretodo “cavour” y chistera de felpa.

Después de la Primera Guerra Mundial, se lucía en el paddock del Hipódromo Argentino, en el grill room del Plaza Hotel, en el Julien, en el Petit Salón, en el Club del Progreso, en el Jockey Club y en las butacas del Richmond. Cliente a perpetuidad del Hotel París, que fue su residencia de largos años, hizo más de 50 viajes a Europa y algunos a los Estados Unidos pagados por sus protectores o, en su defecto, tuvo algún truco para costear el traslado. Benito Villanueva le mandaba periódicos cheques para su mantenimiento y juergas.

Su presencia en la calle Florida fue proverbial y motivo de la atención de los transeúntes, a tal punto que Ángel D’Agostino y Ángel Vargas, en su versión del tango Shusheta -lunfardismo que puede traducirse como “El elegante”, de los años 40-, incluyeron, con anuencia del autor de la letra -Enrique Cadícamo-, una estrofa que lo menciona como prototipo del cajetilla bien vestido.

En sus últimos años, siempre con el levitón y la galera, el pronunciado abdomen traicionaba su elegancia y hacía casi ilusoria las ventajas del pelo teñido”. Sus viejos protectores ya no lo tenían en cuenta y debía cambiar de hotel con frecuencia, hasta recalar en modestas pensiones. Pero la ciudad –y especialmente, la calle Florida en sus atardeceres- lo seguía reconociendo.

Murió en una camilla de la Asistencia Pública, en la calle Esmeralda, de esta ciudad, el 6 de octubre de 1930, a los 65 años de edad. Lo identificó con algunas dificultades, el doctor Villanueva, ex presidente del Senado, su amigo y protector de largos años.

Enrique Loncán, que lo retrató en 1919, demora la pluma “en su silueta física inconfundible, en sus amplios bigotes de domador de fieras, en su apostura bizarra y arrogante, que los años han deformado con un implacable pronunciamiento abdominal; en su aspecto de gran señor bien comido y satisfecho en sus estrechos jacquets de Bosconi Fratelli, en sus ademanes y actitudes que envidiaría cualquier “camelot du roi”, y lo muestra presto a la arenga y a la genuflexión, inmenso en el saludo y locuaz en la palabra”.

Entre sus muchas habilidades estaba la que lo distinguió como el más egregio silbador de su tiempo, la virtud parece haberla poseído desde la infancia. Fue también el más sorprendente imitador de sonidos, el más cordial e ingenioso de los conversadores informales, el más gracioso de los narradores de café. Era un personaje de aire imponente, cuyo verbo alto y gesto exuberante llamaba la atención donde apareciese.

Fue el “Payo Roque”, uno de los hombres más populares del Buenos Aires de antaño. Por eso Alberto Gerschunoff, el día de su muerte dijo que “Con su ausencia algo se ha descolorido en Buenos Aires”. Le faltaba su personaje más característico.

Susheta
(tango)

Toda la calle Florida lo vio
con sus polainas, galera y bastón…

Dicen que fue, allá por su juventud,
un gran Don Juan del Buenos Aires de ayer.
Engalanó la puerta del Jockey Club
y en el ojal siempre llevaba un clavel.

Toda la calle Florida lo vio
con sus polainas, galera y bastón.

Apellido distinguido,
gran señor en las reuniones,
por las damas suspiraba
y conquistaba
sus corazones.
Y en las tardes de Palermo
en su coche se paseaba
y en procura de un encuentro
iba el porteño
conquistador.

Toda la calle Florida lo vio
con sus polainas, galera y bastón.

Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1983).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Ighina, Carlos A. – Payo Roqué, el conde cordobés – Comercio y Justicia, Córdoba (2014)
Portal www.revisionistas.com.ar

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