ANTES DE LA NOCHE DEL DOMINGO, TEMBLOR Y TEMOR

En su nuevo libro, “Capital e Ideología”, Thomas Piketty, describe la larga marcha en torno de la igualdad económica y social. La conclusión es que, a partir de los 80 del Siglo XX, la desigualdad ha ganado en Europa, en Estados Unidos, en América Latina y bate records en Medio Oriente.
Zygmunt Bauman (2013) señalaba que el 10 % más rico de la población poseía el 85% del total de la riqueza (stock) mundial (NNUU) y ni hablar de las reiteradas advertencias del Papa Francisco.
Las sociedades occidentales, en el entorno de la Segunda Guerra Mundial, habían protagonizado un proceso igualitario con la construcción ideológica, cultural y política del Estado de Bienestar; el abandono del ideal del Estado de Bienestar, con sus normas y políticas, fue sustituido, como paradigma, por el dominio del mercado.
Desde los 80 del SXX (en estos pagos comenzó en 1975) no sólo se instaló el mercado como mecanismo de optimización de la economía, sino que ganó el poder la idea que la “mejor sociedad” era la del mercado.
El mercado se constituyó así en una maquinaria “ideal” para generar al mismo tiempo progreso económico y social.
En esas condiciones “el Estado” comenzó a ser pensado como un obstáculo para que la maquinaria ideal funcionara adecuadamente (Reagan “El Estado es el problema). Se instaló desde entonces el Estado de Malestar en los países que no habían alcanzado las cotas de seguridad que el desarrollo brinda.
Podemos decir sin rubor que somos una de las sociedades que, en democracia, logró generar Malestar vía el número de personas bajo la línea de pobreza. Lo hicimos al ritmo extraordinario de 7% anual acumulativo. Tasas chinas. Al mismo tiempo realizamos un mega default (2001), con algunos conatos previos y otro posterior, que es lo que estamos viviendo ahora.
Deuda social más deuda externa. Pero lo notable es que todos compartieron la construcción de la “deuda social” instalada desde 1975 en adelante. Pero algunos, Mauricio Macri – no el único- entre ellos, tiene el “mérito” adicional de la deuda externa. Pero lo más sorprendente es que los que se endeudan y quienes los avalan, sostienen que “los otros”, son “populistas”. Puede ser cierto.
Pero lo que es innegable que el peor de los populismos es el de los que se endeudan (JA Martínez de Hoz, Carlos Menem, Mauricio) porque le dejan “el muerto” a los que los suceden.
¿Qué otra cosa que “populismo” es no resolver los problemas y dejar un “paga Dios”.
Es increíble escuchar a tantos comunicadores llamar populistas a todos menos a los que hacen fiestas y no pagan la cuenta: gastan y dejan la deuda. ¡Que precario es el discurso de los comunicadores! ¡Cuánto daño han hecho y hacen, unos y otros!
Volvamos a Piketty.
La Revolución Francesa (“Libertad, igualdad, fraternidad”) que ubicamos histórica, ideológica y culturalmente como el disparador del “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, no fue la realización de la igualdad. Uno imagina todo lo contrario cuando revisa las descripciones del pueblo en la calle.
La concentración económica, dice Piketty, fue más fuerte en los años inmediato anteriores a la Primera Guerra Mundial que durante el Antiguo Régimen, en cuya caída rodaron cabezas en nombre de la libertad.
Thomas Piketty tuvo un éxito notable con su anterior obra “El Capital en el SXXI” y en esta nueva investigación ha colocado su interés en uno de los temas que más están movilizando en Occidente.
El fenómeno Trump, el Brexit, los chalecos amarillos, cruzan el Océano en el norte rico del planeta. Y los conflictos sociales y políticos en nuestra América no les van en zaga, caminan de Norte a Sur. Ahora están en Chile.
En todos lados hay un dolor común: la desigualdad social, con crecimiento o sin él, avanza.
Es un síntoma de enfermedad de la democracia porque ella no está produciendo la tendencia a la igualdad y un síntoma de enfermedad del capitalismo porque no puede administrar sus excesos.
El poder de los oligarcas rusos es una muestra del tránsito urgente del socialismo al capitalismo. El poder de nuestra oligarquía de los concesionarios es una muestra del transito veloz desde los 30 años gloriosos (1944/1974) al desolador estanque de la pobreza. No hace falta poner nombres pero si revisa la lista de nuestros mega millonarios actuales verá que predominan los que en los 70 no figuraban en ninguna foto y que a medida que el Estado fue desguazado se convirtieron en poderosos, mientras la economía estaba estancada y la pobreza se multiplicaba. La pregunta ¿hay casualidad?, es correcta.
Piketty señala que el 86% de los activos del 0,1% de los más ricos son activos financieros. Una política fiscal que disminuye los impuestos sobre los beneficios de las finanzas beneficia a los más ricos. Sólo una señal de cómo la fiscalidad puede contribuir a la desigualdad social.
Naturalmente es difícil capturar estadísticamente toda la riqueza financiera. Dicen los autores de esta investigación que en Rusia, por ejemplo, la medición del nivel de desigualdad aumentaría significativamente si se tomaran en cuenta las estimaciones de la fortuna de los oligarcas rusos alojadas offshore.
Nosotros, luego de las privatizaciones, tenemos nuestros émulos de los oligarcas rusos y sigue siendo difícil conocer sus activos financieros a pesar de los generosos blanqueos que hemos realizado.
Lo que Piketty ha demostrado, con sus investigaciones, es que la desigualdad al interior de los países ha aumentado a partir de los años 80 del SXX. El 1% de los más ricos del mundo disponían del 16% de los ingresos en 1980 y hoy disponen el 20%.
Concentración. La mitad más pobre de la población mundial detenta el 9% de los ingresos. Los más ricos (1% de las personas) a nivel mundial, capturan el doble de los ingresos de la mitad más pobre.
En los últimos 30 años los ingresos de la mitad más pobre, en los Estados Unidos, ha sufrido el estancamiento de sus ingresos (crecieron menos del 1%). Paul Krugman señalaba que los americanos de las recientes generaciones habrían de experimentar por primera vez que los hijos habrán de vivir peor que sus padres.
La desigualdad, en un mundo que “progresa”, significa que el mecanismo de “delivery” del progreso no funciona.
Aproximadamente 40 millones de adultos (70 millones de personas), en el mundo, disponen de ingresos por 360 mil dólares al año, mientras que la mitad más pobre (3,5 mil millones de personas) tiene ingresos inferiores a 3500 dólares por año.
Dice Piketty que en muchos países – vaya si lo sabemos – estamos entrando en la “zona roja” en términos de desigualdad. Lo notable que este aviso de alarma también lo ha señalado el FMI. ¿Cerca del punto de no retorno?
Además de los problemas éticos y de convivencia, la desigualdad induce a decisiones de inversión equivocadas, de prioridades equivocadas.
Las inversiones en infraestructura que induce el peso de la población acomodada no son las prioritarias para nivelar el potencial social. Si la política se rige por satisfacer a los satisfechos se profundiza la inequidad: la desigualdad tiende a reproducirse.
Las decisiones óptimas de inversión son las que sostienen el futuro y – por lo tanto – las que incentivan la productividad y la equidad. Por ejemplo, la educación y las condiciones previas que permiten llegar a ella. Esto último siempre se desatiende.
Por otra parte, los trabajos en economía del comportamiento demuestran que un elevado nivel de desigualdad desincentiva el trabajo y reduce la productividad. Sabemos que afecta a la salud, genera conflictos e instala la frustración y la desesperanza.
Los beneficiarios de la desigualdad no son conscientes del efecto boomerang (en todas las dimensiones) de esas políticas, o de la ausencia de las políticas correctoras que, afortunadamente, además de necesarias son posibles. Llegados aquí es interesante recordar la teoría del saqueador permanente y el saqueador accidental. El permanente cuida del saqueado de modo de poder “explotarlo”. El accidental lo mata: es que lo asalta una sola vez. Las nuevas fortunas, por su origen, tienen la estructura del saqueador permanente. Fueron súbitas, ganadas en el estancamiento y generando esta decadencia social (40% de pobreza).
Naturalmente todo se agrava en economías de bajo crecimiento y mucho más en una economía estancada desde hace 45 años como la nuestra.
En ese sentido quienes pregonan “imitar al primer mundo” olímpicamente ignoran aquello que hicieron y hacen, los países desarrollados, para crecer (incentivos a la inversión) y distribuir el crecimiento (distribución primaria y secundaria). Imitar lo que hacen los exitosos y no “repetir” lo que dicen que hacen y que realmente no lo hacen; esa es la cuestión. Muchos de nuestros colegas, la mayor parte de los comunicadores formadores de opinión y legiones de políticos fungen como traductores tardíos de ideas que están archivadas. Hoy política industrial es lo que hacen la mayor parte de los países que crecen. Busque Ud., la palabra industria en los discursos de Macri o en el de los comunicadores. No obstante el kirchnerismo pronunció las palabras, pero no hizo las políticas: el resultado es el mismo, la hipocresía es peor.
Edgard Morin sostenía que la libertad– piense en “los mercadoslibres» – tiende a la concentración y a la desigualdad. Decía el gran pensador que la presión por la igualdad- piense en los “socialismos reales” – genera totalitarismo.
La fraternidad (no es “romanticismo”) permite mantener la tendencia a la igualdad en el marco de la libertad.
El camino a la igualdad tiene que ser querido, no es espontáneo.
Las bases de la democracia se debilitan cuando se resquebraja cualquiera de esos tres términos. El menos reclamado, “la fraternidad” es antídoto a la enfermedad de la violencia.
Raúl Alfonsín, en 1983, decía “con la democracia se cura, se educa, se come”. El significado de esa frase era que el sostén de la democracia consiste en garantizar la oferta de los bienes públicos (por ejemplo, la salud, la educación) y el trabajo digno de todos (por ejemplo, ganar el pan).
Esas condiciones materiales niveladoras aportan al proceso de la igualdad. No hay tendencia a la igualdad sin un Estado capaz de brindar los bienes públicos y una economía capaz de proveer trabajo digno para todos.
El trabajo es la fuente de la distribución primaria y ella el fundamento del nivel de tendencia a la igualdad.
Desde el amanecer democrático pasaron años, y si bien la libertad no se ha resquebrajado, la incapacidad de oferta de bienes públicos y de trabajo digno, pone de manifiesto las verdaderas razones de la marea de pobreza y de la creciente desigualdad asociada a la escandalosa concentración de la riqueza generada en las últimas décadas. Esos son datos.
Este proceso es consecuencia de la construcción política, deliberada, de una “nueva oligarquía de los concesionarios” como mecanismo de concentración excluyente. Los servicios y bienes públicos estatales no contenían ganancias. Privatizados sí.
La “nueva oligarquía” son los propietarios de los que fueran bienes y servicios del Estado. Bienes y servicios protegidos por una barrera natural. Los apropiadores figuran en el top ten de los multimillonarios en dólares, son fortunas surgidas de manera súbita. Ninguno de esos “nuevos oligarcas” son herederos de la “oligarquía vacuna” que producía bienes transables; ni de la “burguesía industrial”, que producía bienes transables. Son hijos de otra cosa.
Lo que importa es que, en el escenario de la desigualdad, esos concesionarios son los principales protagonistas. ¿Cuáles son los bienes y servicios que disparan la protesta? Basta volver a los inefables Cuadernos para verificar cómo el ordeñar al Estado ha generado fortunas escandalosas.
Muchos “concesionarios” poderosos (o influyentes) no figuran en la Cuadernos. Algunos, sorprendentemente, han conquistado a fiscales y probablemente a jueces que conviertan sus delitos en la causa para ser víctimas. Grave.
En lun programa de TV el miércoles 23 de octubre, mientras la mayor parte de los participantes reconocía la veracidad de los hechos que los Cuadernos relatan, dos de ellos con entusiasmo, señalaban que la causa caería, no porque fuera mentira o porque los hechos no estuvieran probados, sino por “vicios procesales”.
Vicios que de existir no fueron causados de manera inocente. Hacer las cosas mal, si así fuera, es una manera de darle la razón y quedar bien con las dos partes: te condeno públicamente (héroe) y dejo el camino allanado para que por los vicios procesales te absuelvan (amigo). Ahora, noticia de este sábado, un famoso fiscal les da una mano y contribuye a que los “vicios” de forma (si los hubiera) derriben las confesiones de fondo. ¿En esa trama vivimos?
Estamos dando vuelta una curva que nos lleva a la recta final de un largo y penoso proceso electoral. Este domingo hemos tenido un ejercicio de la libertad fecunda que es elegir. Escribo antes del resultado.
Poco podemos hacer los ciudadanos este domingo por la igualdad: los contendientes y sus agrupaciones políticas, con pocas excepciones, vienen de carreras políticas que han sido responsables de alimentar a la “oligarquía de los concesionarios” (concesiones y cesiones oprobiosas desde hace 30 años), y de acrecentar sin desmayo la pobreza y la desigualdad bien medida, de desindustrializar al país y, de una u otra manera, debilitar al Estado de modo que no pueda prestar ni eficiente ni eficazmente los bienes y servicios públicos prioritarios.
Sólo un cambio copernicano, en lo hasta aquí hecho por los mismos contendientes, puede dar luz a un proceso sólido en la marcha a la igualdad. No hay que perder la esperanza.
Pero el domingo mismo, antes de que finalice el día, haya o no un vencedor – pero mucho más si lo hubiera – habrá de ser el momento histórico para dar el paso necesario para abrir la puerta a “la fraternidad” que es condición necesaria. Hoy es domingo. Las urnas no se han abierto. Las cosas que deseo aún no han ocurrido. Cuando Ud. lea estas palabras ya habrán abierto.
En este espantoso proceso de la grieta, que empezó en el kirchnerismo pero que se potenció de una manera inmoral durante la gestión PRO, la “amistad política” desapareció. Y ella es la condición necesaria, el primer paso, para la pedagogía política de la fraternidad.
La fraternidad es la vacuna para evitar el contagio de la violencia. Sería imperdonable que los líderes políticos no tuvieran esta noche de domingo un gesto de madurez que empieza por el diálogo.
Una convocatoria inicial, modesta, amparada en la idea que una Nación “es un proyecto sugestivo de vida en común”.
La Argentina no tiene un proyecto de Nación. Esta extraviado hace décadas. Y los “borradores desprolijos e inconsistentes” que se han tratado de imponer comenzaron por la incomprensión de que no son posibles si no incluyen, como motor, “la vida en común”.
Justamente Chile, que está atravesando un temblor, es una advertencia. No fue el temblor de la naturaleza al que han estado sometidos tantas veces nuestros hermanos trasandinos.
El rector de una Universidad jesuita de Chile, decía cuando todo empezó “En estos días, hemos vuelto a experimentar la fragilidad del pacto social, del modelo que nos rige y de las instituciones políticas que nos conducen. Los acuerdos y complicidades que hasta hace poco parecían sostenernos, paulatinamente se han visto erosionados por abusos de todo tipo y se van evaporando con facilidad”
No hay escalas para medir los daños del temblor social al que hemos asistidos perplejos. Se ha desatado una furia salvaje, en un país que crecía y que – para los predicadores nativos – tenía la “virtud suprema de tener una apertura al mundo” garantizada por decenas de acuerdos de libre comercio.
Nadie puede negar los progresos materiales comparados: kilómetros de subterráneos y edificios de primer mundo. Crecimiento. Sí.
Pero Chile – que sí tiene una versión de la amistad política, lo que es claramente insuficiente – al decir de algunos analistas sociales no tiene “un Proyecto de Nación”. O lo que es lo mismo – y está demostrada por la violencia – no tiene “fraternidad”, no tiene un propósito de “vida en común”.
La desigualdad social en Chile – hay allí un patrón cultural que quienes han compartido la vida cotidiana lo reconocen en la “deferencia” social de trato entre aquellos que nada tienen y aquellos que dispone de bienes – es una característica del modelo. Válido para todos, lo que sí trajo el peronismo después de la SGM fue el fin de la “deferencia social” y esa fue una revolución pacífica y por eso permanece hasta nuestros días. Es una condición que nos hace diferentes a nuestros hermanos latinoamericanos.
Chile no es una economía diversificada. Es una economía concentrada tanto en lo que hace, lo que produce, como en la apropiación de lo generado. Hasta para quienes creen en el “derrame” es imprescindible tener canales para ello. Veamos.
La diversificación productiva fue alguna vez expuesta por un economista latinoamericano con el juego del “scrabble”. Si uno tiene pocas letras (actividades) son pocas las palabras que puede armar y si por el contrario está provisto abundantemente de letras, escribir lo necesario es posible.
En otras palabras, sin diversificación, se puede crecer. Pero el desarrollo, sin diversificación, no es posible. La diversificación productiva es el camino al desarrollo.
Chile es un caso de opción por la especialización y la concentración. Fue eficaz en el crecimiento. Pero ineficiente en el desarrollo.
La concentración, asociada a la especialización, ha generado la desigualdad y con ella un temblor que en las escalas sociales ha alcanzado niveles inesperados.
Lo inesperado produce sorpresa. La sorpresa puede ser lo que nos ocurre cuando despertamos de un sueño y nos enfrentamos a la realidad que amanece. Sin duda es lo que les ha pasado a muchos chilenos y a muchos argentinos ensoñados con los progresos materiales de Santiago.
O la sorpresa – otra de las acepciones del término – consiste en descubrir algo que estaba oculto. También esto es lo que ha pasado.
La pobreza en Chile no está medida de la misma manera que en la Argentina y puede que los porcentajes no sean comparables. Lo incomparable oculta. Y la desigualdad en la Argentina tampoco está razonablemente medida: por ejemplo,
cuando aumenta el numero de empleados públicos (producto de la incapacidad de crear trabajo productivo y no del aumento de las prestaciones públicas) insólitamente aumenta la participación de los asalariados en el ingreso nacional: es que el Estado no tiene ganancias de capital.
Las estadísticas necesitan ser interpretadas. Siempre y particularmente en el caso del “milagro chileno”.
Temblor en Chile y temor en la vecindad. Algunos comentaristas y hasta algunos funcionarios han imaginado, junto con Nicolás Maduro, que el temblor chileno es consecuencia de una conspiración cubano venezolana.
Si así fuera había que reconocer que había un caldo de cultivo para ese germen. El problema de la violencia es el caldo de cultivo.
En lo que será el comienzo de una nueva etapa en el poder en la Argentina, estos hechos nos señalan que el crecimiento del PBI no garantiza el desarrollo; y sin desarrollo integral, el temor y el temblor son la amenaza permanente. Una dolorosa lección que no debemos ignorar. Repetir como loros, traductores tardíos, las fórmulas que nadie aplica nos están condenando a muchas décadas de fracaso. Tuvimos tiempos mejores, de progreso económico y progreso social. Y justamente en el mismo tiempo que Piketty ubica como comienzo del retroceso y la desigualdad, nuestro proceso de desarrollo se interrumpió. Notable, la violencia como vehículo impropio de la mejora y la violencia genocida como estrategia inhumana, sumadas nos descarrilaron. Ni temblor ni temor. Confianza en los caminos de la ley y sobretodo estrategias de desarrollo para transitar ese camino. Vamos.

 

Carlos Leyba

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