REBELIÓN EN LA GRANJA GLOBAL

Globalmente es evidente que hay menos porcentaje de pobres que hace 50 años. Pese a ello hay mayores niveles de insatisfacción de vastas poblaciones del mundo, debido a que el estado de incertidumbre generalizado pone a todos en situación de intranquilidad permanente. Esto ocurre pese a que no hay peligros inmediatos de guerras nucleares ni de otras catástrofes masivas, con excepción de casos específicos de potenciales guerras entre naciones (China-India-Pakistán) ó conflictos étnicos focalizados (en Siria y en África), como ejemplos de los casos más conocidos.

Pese a esa calma aparente, continuamente se suceden estallidos sociales de amplio apoyo popular, de distintos orígenes y con diversos niveles de violencia. Chalecos amarillos en Francia; Catalanes en España; rebeliones en Hong Kong; Suramérica (Chile, Perú, Bolivia, Venezuela, Colombia, Ecuador, Brasil, Argentina); México y aún en EEUU, pese a sus muy bajos niveles de desempleo. En China el gobierno tiene siempre presente que debe hacer crecer su economía para que sus ciudadanos mantengan la esperanza de algún ascenso social; pero simultáneamente está preparándose, en todo su territorio, para eventuales protestas populares mediante técnicas represivas, ahora ayudado por medio de las tecnologías de reconocimiento facial masivas.

Existe una naturaleza común en esta larga lista de conflictos? La disminución de la pobreza extrema es un tema fácilmente explicable por la mayor productividad agrícola e industrial y es consecuencia de las competencias ideológicas entre los dos bloques durante la Guerra Fría. Mientras el campo socialista garantizaba estabilidad educativa y alimentaria básica, de menor nivel, pero generalizada, el campo capitalista liberal generaba mayores niveles de desigualdad, que se fue corrigiendo parcialmente para fortalecer el manejo sociopolítico (el llamado estado de bienestar), y por el aumento de la productividad. Con el desplazamiento de grandes capitales hacia China, y dado su peso específico poblacional, el porcentaje de muy pobres disminuyó globalmente. Pero prosiguieron grandes bolsones de desigualdad y de pobreza, particularmente en Suramérica, Central y México y en África.

El corrimiento financiero hacia China, hábilmente aprovechado por este país, más el desarrollo de una acelerada nueva etapa tecnológica, trajo aparejado cambios globales que “golpean” hacia todos lados: la “fábrica china” que produce de todo e inunda los mercados mundiales produjo una fuerte disminución de los salarios y las oportunidades de empleo en Europa y en EEUU. Eso se refleja en esta última década en disconformidades sociales generalizadas y la aparición de movimientos políticos anti-globalizadores (llamados incorrectamente populistas de derecha) que han crecido electoralmente. Trump, Le Pen, Salvini, Vox, y otros, son los emergentes de este fenómeno. Se suman a ello los problemas de migraciones masivas en Europa, producto de los conflictos de poder estratégico en Medio Oriente y de la enorme desigualdad en África.

En el resto de nuestra América el crecimiento rápido de China se tradujo en aumentos de los precios de los alimentos (granos, soja) y del petróleo, pero también en un fuerte proceso de exportaciones chinas de bienes industriales y de consumo masivo, lo que provocó bruscos desplazamientos y cierres de industrias que no podían competir con los bajos salarios chinos; se inician procesos de desindustrialización; y de mayor dependencia de exportaciones de productos primarios agrícolas o mineros; con mayores niveles de exclusión y pobreza. Si bien algunos países crecieron en su PBI y PBI per cápita, los factores descriptos no se modificaron sustancialmente. Unido a la fuerte desigualdad se suman dos factores concurrentes: la corrupción (que abarca a los negocios con el estado y la expansión del crimen organizado, en particular al narco), y en algunos casos (Argentina el más visible) el mal manejo macroeconómico, con un fuerte lobby ganador por parte del sistema financiero global en detrimento del sector productivo y de la clase media y la más pobre. Sólo los sectores muy organizados como el sindicalismo argentino han podido resistir, y solo muy parcialmente, a estos flagelos.

La masiva frustración colectiva se manifiesta en una repulsa generalizada hacia la clase política. Bolsonaro es un emergente transitorio de esa frustración, producto de la pérdida de la esperanza en un futuro mejor o al menos previsible, aunque nada garantiza que sea la solución. El fracaso político es, en varios casos, producto de tomar el camino del facilismo, resolviendo urgencias sociales o político personales, sin mirar sus consecuencias futuras.

Las épocas tranquilas de las democracias latinoamericanas suelen coincidir en general cuando se obtienen buenos precios relativos de sus productos básicos, sean éstos granos o petróleo. Cuando escala la conflictividad EEUU-China la ecuación se invierte (deterioro de los términos del intercambio) y comienzan épocas de intranquilidad social. Claramente la relación es bastante directa, y refleja la falta de capacidad para lograr estadios de desarrollo superiores en el interior de estas sociedades, que sin duda, atrasan en términos de agregado de valor y de

incorporación de tecnología y que no permiten el desarrollo humano de sus sectores medios, ansiosos por mejorar su calidad de vida.

Como siempre hemos dicho cada país tiene su historia y su idiosincrasia. En algunos los problemas se originan o se refuerzan por la omnipresencia de oligarquías familiares dominantes; otras por el mantenimiento de caudillismos durante demasiado tiempo, y en otros son grietas que, emergiendo del pasado se profundizan por incapacidades políticas para resolverlas sensatamente. Todos estos regímenes utilizan el “consumismo” básico como herramienta de control social; el recambio de los celulares (para poner un ejemplo simple) cumple el papel de placebo o de entretenimiento que en la antigüedad se hacía con los espejitos de colores o el circo romano. Sin embargo hay momentos que la acumulación de problemas / insatisfacciones supera esa valla de contención y todo se derrumba.

Debe aclararse que el manejo de las expectativas dentro de una sociedad ya no es un circuito cerrado como lo era en otras épocas debido a la existencia de comunicaciones instantáneas a nivel global. Eso acelera el proceso comparativo, dentro y fuera del propio espacio, desarrollando un comportamiento mimético multidireccional que tiende a expandirse. Los hechos de Barcelona podrían haber inducido los de Chile, aunque cada caso sea totalmente diferente; pero en ambos se auto-justifican subjetivamente por un sentimiento común de “injusticia”.

La época de transición entre la vieja y la nueva ola tecnológica requiere mucho trabajo político para lograr la creación de nuevos tipos de empleo, que requiere otra formación educativa y un complejo entramado de innovación. Será necesario volver a reindustrializar con las nuevas tecnologías al sector productivo y de servicios, creando empleo de calidad, lo cual es un proceso complejo en un mundo incierto por las disputas geopolíticas. Nada sencillo para cualquier político, sea de izquierda o de derecha. Las viejas recetas, ni los perimidos esquemas de confrontación, sirven ya para resolver los problemas. El mundo ha cambiado radical y definitivamente.

Seguir insistiendo en sostener modelos de crecimiento basado en la exportación de productos primarios conduce al abismo. Es demasiado infantil que los gobiernos sigan recaudando un porcentaje de las exportaciones de soja y dejar que los chinos nos vendan todos los bienes de consumo, más baratos que los nacionales. Así tampoco hoy pueden cerrarse las fronteras para que unos pocos “industriales” se beneficien oligopólicamente de los mercados internos. Llegar a los equilibrios inteligentes es un difícil y engorroso trabajo que requiere de un cierto consenso, de abundante inteligencia estratégica y de pensar en el Bien Común. Hay que desarrollar los mercados internos, asociarse con los países vecinos tanto en innovación como en los mercados ampliados. Las tendencias mundiales apuntan a que las economías se están reorientando por regiones, ya sea por problemas ambientales de logísticas absurdas, por mejora en los recursos humanos o simplemente por mantener la mínima estabilidad sociopolítica. La economía suramericana debe crecer más fuertemente y eso puede hacerse por apoyos mutuos entre todos los países. La productividad de la misma solo puede incrementarse por la masiva incorporación de tecnología y un fuerte impulso educativo. No parece que hubiese otro camino viable.

Otro de los problemas destacados de la región es la presencia muy activa de actores no estatales que desafían a los Estados en su monopolio de violencia. El crimen organizado narco es una demostración muy visible, de Norte a Sur, desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego, pasando su poderío corruptivo por todo el continente.

A su vez, los viejos movimientos insurreccionales creados durante la Guerra Fría, debido a que el uso de la amenaza atómica hacía inviables los conflictos convencionales, se fueron enfocando en otras actividades. En Colombia hacia la producción de alcaloides. En otros casos, fundamentalmente por el mantenimiento de groseras desigualdades sociales, se fueron transformando en movimientos sociales de difusa o variada ideología, que actualmente utilizan una “violencia soft”, aunque muchos de ellos no tienen liderazgos únicos o verticales. A éstos se les está reconociendo una superioridad “moral” basada en que muchos de sus reclamos (la causa por la cual luchan) tienen un firme asidero en la indiscutible realidad, y porque, en principio, la exclusiva responsabilidad de la situación fáctica recaería en forma compartida entre el estado (la política) y los beneficiarios económicos del sistema (sean gobiernos de izquierda o de derecha). Ese escenario hace más compleja la situación y la resolución de los temas.

El escalamiento de todo conflicto es un tema importante, ya que pequeños hechos tácticos pueden tener relevancia estratégica; un pequeño aumento del combustible podría hacer caer a un gobierno. Por ello tener una alta sensibilidad política y social es un requisito indispensable y básico para poder ejercer dignamente la política. Perder el apoyo de la población, no ya en términos electorales, sino de la gestión diaria, puede tener consecuencias destructivas. Esa sensibilidad no surge de un buen algoritmo sino es un sentimiento humano, aunque puede estar apoyado en datos estadísticos y tecnológicos. Estar preparado para lo peor es siempre sensato, ya que cualquier conflicto se gana en los preparativos, principalmente en orden a lograr que el mismo no ocurra.

Lic. Ricardo Auer

Profesor Escuela de Defensa Nacional

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