DON LUIS, EL CALESITERO

Luis Rodriguez nació en un conventillo del barrio porteño de San Cristóbal el 4 de noviembre de 1919.  Fue hijo único de Juan Rodríguez y Asunción Barcia, dos españoles que como tantos inmigrantes llegaron a nuestro país en busca de un futuro mejor.

Casi desde su nacimiento su vida giró en torno de una calesita.  Su padre compró, el 19 de marzo de 1920, una usada con dinero prestado.  El ingenio mecánico fabricado por el tradicional taller de Cirilo Bourrel, Francisco Meric y De La Huerta, había funcionado hasta entonces en la localidad de Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires.

Por aquel entonces Don Juan había perdido su trabajo como guardia de tranvía y pensó que con este nuevo emprendimiento podría mantener a su familia.  Así partió con su calesita ambulante, de barrio en barrio, de pueblo en pueblo.

La fuerza motriz que le daba vida al artefacto era “Rubio”, un caballo que la hacía girar cuando escuchaba la música del órgano que era tocado por un peón, pero muchas veces el instrumento era accionado por Don Luis, de apenas 9 años de edad.

A los 15 años, Luis dejó la secundaria y se convirtió en socio de su papá.  Don Juan murió en 1944, a raíz de una caída que experimentó cuando armaba su calesita en la esquina de Juan B. Justo y Fragueiro.  Luis tomó la posta y siguió deambulando por los pueblos y por los barrios para ganarse el sustento.

En 1935, los caballos fueron reemplazados por un motor a nafta y, más adelante, por uno eléctrico.  Sin embargo la calesita conservó su esencia, con los caballos de madera y un barquito originales.  “Yo mismo hice los aviones, los autos y dos camellos”, cuenta Luis entusiasmado.  Cada una de las figuras tiene inscripto su nombre en el cuerpo.

La Calesita de don Luis también estuvo en la esquina de Juan B. Justo y Cuzco, la de Larrazábal y U. Schmidl y la de Cesar Díaz e Irigoyen.

Un buen día, quizás cansado de tantas mudanzas y ante la escasez de espacios adecuados en el barrio donde poder instalarse, decidió hacer desaparecer el jardín de la casa de su madre y en ese lugar instaló la calesita.  La tarea no fue fácil, ya que tuvo que achicarla de 7 metros de diámetro a 6 para adecuarla al escaso terreno de que disponía.  Y fue así que a partir de 1965 y hasta el presente, vistió de alegría y diversión la esquina de Miralla y Falcón, en el barrio de Liniers.

Con disimulo Don Luis se aseguraba de que cada niño gane una nueva vuelta.  Decía: “la satisfacción de verles la cara cuando la atrapan es impagable.  Además, es un invento nuestro que se usa en muy pocas partes del mundo”.  Este premio infantil es una herencia gauchesca que consiste en embocar, al galope, un palo en una argolla colgada entre dos postes.

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció en el 2003 como artífice del patrimonio cultural.

Don Luis era el símbolo de los miembros de la Asociación Argentina de Calesiteros y afines, entidad que nuclea a las 45 calesitas que actualmente funcionan en la ciudad de Buenos Aires.  Sus integrantes festejan el Día del Calesitero el mismo día en que él cumplía años.

 “¡Así es la vida! –dijo en una oportunidad-,  vamos pasando hasta dar la última vuelta”.

Don Luis falleció el 28 de junio de 2013 a la edad de 93 años en el Hospital Santojanni; cientos de vecinos de Villa Luro, Liniers, Mataderos y otros barrios porteños despidieron a quien siempre recordarán como una persona de bien que les brindó muchos momentos de felicidad.  A partir de ese día, su casa se convirtió en un santuario, donde hijos, padres y abuelos dejan flores, velas y dibujos.

Tal vez tres o cuatro generaciones, quizá alguna más, pasaron por esa esquina de Miralla  y Ramón L. Falcón, en un barrio del oeste porteño, y aprendieron a querer a ese hombre, Luis Rodríguez, para todos simplemente don Luis, el calesitero.  El dueño de una sonrisa eterna, capaz de abrir cielos infinitos de alegrías y sonrisas, sólo con una sortija como premio y un par de caramelos como despedida.  El tenía en sus manos ese mágico pasaporte a la felicidad, que supo repartir con un sentido tan bondadoso como su mirada.  Ningún chico se iba de “la calesita de don Luis” sin haber pescado esa sortija que de ratos parecía esquiva, pero siempre caía al final en unas anhelantes manos pequeñas, como un trofeo mayor, un tributo generoso al piberío que lo adoraba.  Y más aún, como una posta de la vida en el giro de los años, un paso rápido del tiempo feliz de padres a hijos y de abuelos a nietos.

La calesita fue sobre todo eso, un espacio de encuentro con el pasado de cada uno y con el futuro de cada pibe que hizo allí, en esa esquina, de cada infancia un mundo propio y eterno.  Mientras tanto, Don Luis hacía girar una y otra vez su amada calesita y galopaban fuerte tantos corazones que hoy lloran su ausencia.

Vamos a extrañar tu sortija, tus caramelos y tu sonrisa gritona, pero sabemos que los ángeles necesitaban subirse a una calesita.  Y ahí estás, en el cielo, haciendo sonar tus discos de pasta y moviendo de aquí para allá tu sortija, alegrando otras almas.  ¡¡Guardame un boleto Don Luis!!  Quiero girar algún día, junto a tu fantasía, en esa calesita del cielo.

Calesitas de Buenos Aires

Como tantas otras cosas del ayer que merecen ser preservadas, muchas de las calesitas de Buenos Aires están consideradas como pertenecientes al acervo tangible del Patrimonio Histórico de nuestra ciudad.

Sin demasiada tecnología, sin necesidad de juntar puntos, sin la presión lúdicas virtual de matar o morir, este modesto artefacto que se limita a girar en medio de la música, y cuyo único incentivo se reduce a atrapar una sortija que se escurre traviesa en nuestras manos, es capaz de seguir dibujando sonrisas a través de los tiempos y las generaciones… y después, cuando las luces se apagan y la música cesa, volveremos a mirarnos alegres las caras, sin la frustración del “Game Over” pintado en la piel.

Fuente:

Argomaniz, Andrea y  Dagostino, Andrea – Yo fui a la calesita de Don Luis (facebook)

Castelli, Graciana – La calesita de Don Luis

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

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