EL DESTINO MONTONERO

Coronel Felipe Varela (1821-1870)

Como consecuencia de la política mitrista de agresión, absolutamente impopular, el 26 de junio de 1865 el caudillo riojano Aurelio Zalazar, que acababa de llegar conjuntamente con Carlos Angel de Entre Ríos, subleva el contingente de Catuna, en la provincia de La Rioja.  Los “reclutados no querían ir a luchar al Paraguay”.  Poco le cuesta a Zalazar derrotar al jefe del contingente, al captor del Chacho, comandante Ricardo Vera, y desbandar sus hombres.  Se forma así una montonera que operará en La Rioja y Córdoba.

Al caudillo Zalazar se le agregan Ascencio Rivadera y el contingente sublevado por él en Posta de Herrera, población también de la costa de Los Llanos, La Rioja.

Desde el ascenso de Mitre la montonera no ha dejado de inquietar en forma periódica a los oligarcas de Buenos Aires.  Definida la lucha Urquiza-Mitre, pugna que se limita a un enfrentamiento por el Poder, Buenos Aires, con el triunfo de Mitre, abre totalmente las compuertas de su Aduana a la penetración mercantil británica, de sus finanzas a la Alta Banca, y de su economía a los ferrocarriles.  Esa oligarquía sumisa sólo pide, en cambio, que le dejen engordar vacas y ovejas, para poderlas exportar al mercado británico.

Las provincias quedan así ahogadas por la entrega total que efectúa la minoría porteña.  La lucha se centrará, fundamentalmente, entre las montoneras provincianas y la Aduana de Buenos Aires y sus beneficiarios: “… El general Mitre desfiguró la carta democrática (…)  Esa reforma dio por fruto el regalo eterno de las rentas nacionales a la ciudad bonaerense, el despojo para siempre de los pobres provincianos, y aún algo más, el empeño de las desgraciadas provincias en más de cien millones, para sostener una guerra contra sus intereses”, sostenía Felipe Varela con razón.

De los mismos documentos mitristas emerge la cuestión nacional aduanera.  En 29 de octubre de 1861, Mitre le escribía a Elizalde desde Rosario: “…Para hacerse cargo de la administración de la Aduana, considerándola no como conquista, sino como depósito nacional, era indispensable evitar dos peligros: 1º) Evitar incurrir en el error de una dictadura económica; 2º) Evitar que las Cámaras de Buenos Aires legislasen sobre ella, como si estuviésemos en los tiempos de D. Juan Manuel”.  Lo que el gobierno británico buscaba a través de Mitre, era que la legislación aduanera funcionase sobre principios librecambistas con la subsecuente e implacable liquidación de la política económica proteccionista impuesta por Don Juan Manuel de Rosas con sentido nacional.

La Guerra del Paraguay era impopular, económica y patrióticamente.  No era ni siquiera aceptable para los humildes integrantes de los contingentes, atraídos por la perspectiva de cobrar los sueldos prometidos y en verdad nunca pagados.

La rebeldía no sólo se manifestaba en el noroeste argentino, la zona más empobrecida del país.  El 3 de julio de 1865, se produce en Basualdo, Entre Ríos, la sublevación y desbande de los hombres convocados por Urquiza.  Los inspiradores son: Ricardo López Jordán y el edecán de Urquiza, Felipe Varela.  Cuatro días después, Linares, jefe del noroeste, y Julio Campos, gobernador de La Rioja, ambos mitristas que buscaban por separado el aniquilamiento de las fuerzas de Zalazar, confundidos libran combate, en la noche, entre sí.  Las montoneras actúan como guerrillas, atacan, dan el golpe y desaparecen, llevándose a sus muertos, propalando entre el pueblo sus ideales claros y patrióticos.

El 15 de julio, Campos derrota en Pango a la montonera de Zalazar en cruento y encarnizado combate.  En la lucha, es herido de gravedad el jefe montonero de color Carmen Guevara, que dirigiera valientemente a sus hombres.  Zalazar se retira hacia Córdoba, donde rehace a sus partidarios.  El pueblo, a pesar de su pobreza, alimenta y ayuda a los montoneros.  Las fuerzas de Zalazar aumentan con los jóvenes provincianos que se van agregando en cantidad.

Desbande de Toledo

El 8 de noviembre de 1865, se produce el nuevo desbande y sublevación de tropas entrerrianas en Toledo.  La mayoría de los soldados desertó, retornando a sus hogares.  Se comisionaron oficiales para que se dirijan a los distintos departamentos y se consiguió hacer volver a algunos.  Quizás con el fin de probar su lealtad, Urquiza llamó a López Jordán, por entonces retirado en su estancia de Arroyo Grande y le encargó colaborar en la captura de desertores.  Le dio órdenes precisas de identificar a los principales promotores de la sedición y mandarlos a San José donde se les formaría consejo de guerra.  López Jordan sin embargo eludió cumplir la orden: mandó en lugar de los sediciosos a muchos que estaban presos por delitos comunes, acusándolos de promotores o instigadores de las deserciones.  Al llegar a San José fueron juzgados y muchos condenados a muerte y fusilados.

Como dijera María Amalia Duarte: “Se comete con ellos la enormidad jurídica de ser juzgados por delitos ajenos a los propios”.

La indignación popular va en aumento.  Sin embargo, el mismo día, Zalazar, que venía de ser derrotado por el comandante Irrazábal –asesino del Chacho- es capturado en Tasquina, mientras descansaba bajo unos árboles con veinte hombres, por una partida al mando de Vera.

Zalazar y su puñado de bravos son enviados a La Rioja, para ser juzgados como “criminales”.  Simultáneamente, sus lugartenientes, los coroneles Juan Antonio Bamba y Jerónimo Agüero son asesinados.  Zalazar permanecerá en la cárcel, hasta enero de 1867, en que escapará para unirse a Varela.

El movimiento de Zalazar era amplio y tendiente a tomar la provincia.  La revolución había sido planeada en Concepción del Uruguay.  Allí se habían reunido para prepararla, bajo la dirección de Saá y Varela, los montoneros M. Alvarez, Francisco Alvarez, Aurelio Zalazar y Carlos Angel.

Respondiendo al mismo plan, en noviembre de 1865, se subleva en Catamarca el contingente que debe ir al Paraguay.  A fin de escarmentarlo, los servidores del mitrismo, sortean un soldado para ser fusilado.  Javier Carrizo resulta ser el condenado por el malhadado destino.  El contingente marcha desde allí engrillado hacia el Paraguay.

En febrero de 1870, volverá a ver su tierra, sólo la tercera parte de estos “voluntarios” catamarqueños, que fueron al Paraguay.

Soldados “voluntarios”

En cuanto a los riojanos enviados a luchar a los esteros paraguayos, nada mejor que reproducir el testimonio de Juan Esteban Elizondo, “guerrero al Paraguay, con pensión de 60 pesos y 80 años de edad en 1921”.  Recordaba Elizondo: “Yo era de 20 años, estuve en San Juan y se ofreció llevar gente para la guerra del Paraguay que en ese tiempo estaba firme; vine a Los Llanos; también allí estaban tomando gente.  Estuve muy pobre, sin camisa y nos empezaron a decir que nos presentemos, que no nos harían nada, y así que consentimos en presentarnos más de 600 hombres; estuvimos como una semana hasta que vino un Oficial y dio orden de formar.  Así fue que cuando estuvimos formados empezó a recorrer las filas por medio y le dijo a algunos: Salgan al frente y los otros firmes.  Los que quedaron firmes los armaron bien para que nos escolten y nos llevaron marchando a un lugar de Los Llanos llamado Salado; íbamos todos en burro, llegamos a Olta, encerramos los burros y nos guardamos en una huerta de higueras. Estuvimos como cuatro, o cinco días para esperar que se aprontaran los que iban a marchar con nosotros; luego cortaron una lonja de largo de una coyunta de los animales que iban matando para hacer colleros de cuatro.  Con ellos nos amarraron a todos por la cintura; que el contingente que llevaron más seguro al que pertenecía yo y empezó el sufrimiento; nos llevaron a pie marchando, desde el Salado hasta Córdoba; a algunos se les hinchaban las piernas, y a otros se les hinchaba el estómago y pasaban a morir.

“Después nos encontraron carretas tiradas por bueyes, las llenaban de gente y nos despachaban al Rosario; en Las Tortugas había tren, nos embarcaron en los vagones y llegamos de noche al Rosario donde nos acamparon en un depósito de moler trigo; para el centro estaban los cuarteles llenos de gente; cuando fuimos nosotros, los que estaban allí los marcharon al Paraguay y nosotros ocupamos el Cuartel, ahí nos vistieron con el uniforme correspondiente porque hasta entonces íbamos con las ropas que salimos de Los Llanos.

“Algunos nos sacábamos las camisas y las cambiábamos por pan, íbamos en cuerpo, sin llevar ni un poncho, me acuerdo que la camisa que nos dieron en Los Llanos era de lienzo con puños azules y otro botón, de modo que se nos hizo tira y quedamos con las carnes limpias; de ahí vamos al cuartel, después de darnos los uniformes, nos hacen tartagonear, eso es medirnos el alto; los que éramos iguales íbamos a una compañía, los otros a otra, y así sucesivamente, todos descalzos y formaron cinco compañías; la primera que fue de los Granaderos eran unos soldados sumamente altos, y después nos llevaron a hacer ejercicios, tarde y mañana pero con buena ración, ya todos cargábamos cuchillos, estuvimos un tiempo y el sargento primero que era Agüero que se curó y dijo no iba a ir al Paraguay empezó a resistirse y se comenzó a convidar con la compañía a la que pertenecía a que se sublevasen pero no lo hizo porque lo descubrieron y lo engrillan, pero negaba de tornar y tenía plata (porque jugaba y le ganaba a los otros soldados).

“Llegó un día en que nos embarcaron para el Paraguay y como él se rebeló al llegar a Córdoba, cuando uno de los soldados gritó: “¡Vamos vendidos compañeros!” y aparte de los mismos, a pesar de ir acollarados, consiguió escapar, muriendo en el regreso a su provincia natal, presa de la fiebre amarilla”.

La revolución montonera comienza a extenderse avasalladoramente.  El 20 de abril de 1866, desde la Villa de Jáchal, San Juan, el ex gobernador Juan Bernardo (“Berna”) Carrizo, atacó diversas poblaciones, entre ellas Ñoqueve y el Salado, La Rioja, pronunciándose contra el Gobierno, e incorporando a la policía de Los Llanos a su montonera.  Perseguido por el comandante Vera, es capturado y fusilado.  De nada vale el pedido de clemencia formulado al Gobernador Campos.

Por su parte, el 20 de octubre de 1866, es sofocada en San Juan la rebelión encabezada por el presbítero Emilio Castro Boedo, lúcida y activa cabeza provinciana, uno de los principales asesores de Felipe Varela.

Todas las provincias del noroeste argentino se sienten sacudidas y estimuladas por la heroicidad y audacia nativas.  La montonera se mueve todavía en un plano de patriótica, pero absoluta espontaneidad.  Será necesaria la elaboración de un maduro plan político para canalizar esa “reacción” de masas, que levanta el igualitario lema “Naides mas que naide”, verdadero desafío a la opresora política de clase inaugurada por la oligarquía porteñista.

Las economías provincianas, a las que estaba ligada la actividad de la montonera, se hallan desgastadas, con un mercado interno liquidado por el librecambismo mitrista, ante la falta de salida de su escasa producción por el litoral mesopotámico, y el fracaso de la tentativa de montar un ferrocarril nacional.

El Banco Nacional creó sucursales en las provincias en 1863.  Las mismas abrieron cuentas corrientes solamente a propietarios de bienes raíces.  La oligarquía porteña, iba creando así sus canales de comunicación financiera con sus congéneres, los terratenientes provincianos, y sometía de este modo los escasos recursos provinciales a un doble control económico y financiero regulado en última instancia, por Inglaterra, que así confirmaba al país de acuerdo a su política metropolitana.

La penetración bancaria y financiera arrancaba a las poblaciones de su estabilidad social y obligaba a los caudillos a acudir en defensa de ideales nacionales y americanos a la desigual lucha.

Sus pueblos cantarían, a los hombres que no habían podido escapar de las levas mitristas, y que morirían en los esteros paraguayos.

“En el Pueblo el Paraguay

quedaron los batallones

así quedaron difuntos”

A los que en montón y de a caballo cantaban:

“A la bandera de Mitre

a ella no me hei de rendir

Si viviera Peñaloza

por el sí  he de morir”

Bien pronto Felipe Varela los plegaría a la guerra nacional contra el Imperio Británico y la servil clase ganadera que lo representaba, en el último y grandioso intento patriótico del interior mediterráneo y sus montoneras contra Buenos Aires.

Fuente

Duarte, María Amalia – Prisión, exilio y muerte de Ricardo López Jordán- Buenos Aires (1998).

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

Portal www.revisionistas.com.ar

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