AMÉRICA LATINA Y LA PESADILLA DE ILUMINISMO

A principios de año publiqué una nota sobre el brillante libro del científico cognitivo Steven Pinker llamado “En defensa de la Ilustración”. La obra refiere a los notables logros de la humanidad en los últimos 250 años. Los datos que ilustran la obra son contundentes y marcan innumerables progresos en múltiples dimensiones de las relaciones humanas, incluyendo las sociales, las económicas y las políticas, entre muchas otras.

Para el psicólogo la razón de la prosperidad radica en la paulatina aplicación del ideal de la Ilustración, que defendía el uso de la razón y daba lugar al desarrollo de la ciencia. Como ambas continúan progresando, Pinker mantiene una visión optimista (realista según sus propias palabras) del futuro.

América Latina, sin embargo, parece empeñarse en transformar las ideas de Pinker en otro caso de “últimas famosas palabras”. En los últimos diez años la región creció apenas 1,7% anual y 0,7% en términos per cápita. Argentina, con una política económica cuyo relato explícito era el de favorecer principios liberales y neoliberales, sumó una nueva decepción, transmitiendo a la mayoría de la población la sensación de que se necesita una agenda bastante mejor diseñada para convertirnos en “un país normal”. Brasil está sumido hace varios años en una recesión que favoreció sucesos políticos que atentan dramáticamente contra la colaboración continental. Ecuador permanece en crisis política y económica hace años, y Venezuela sigue sin corregir el camino que acumula una catástrofe económica, política y social sin precedentes.

El continente presenta sin embargo algunas excepciones notables, entre las que resaltaba el excelente desempeño de Chile. Pero en las últimas semanas la exitosa estabilidad macroeconómica se topó con un crítico inesperado, que expresó un amplio disgusto mediante una reacción que parece dejar claro que los frutos del desarrollo no se repartieron con justicia, y que esto no será tolerado. Si bien Chile mejoró sostenidamente sus indicadores de pobreza, es la clase media y media-baja chilenas las que están reclamando con cólera por su parte de la torta. Esta es una consecuencia inesperada para el análisis de Pinker, quien consideraba en su libro que la desigualdad no era un indicador relevante para el proceso de florecimiento humano.

A esto debemos sumar la situación gravísima ocurrida en Bolivia, donde se acaba de llevar a cabo un golpe de Estado que remeda épocas que se creían superadas. En este país, el fortalecimiento democrático y los buenos resultados en términos de crecimiento y reducción de la desigualdad tampoco resultaron suficientes. En los últimos diez años Bolivia creció a una tasa promedio anual superior al 3% por habitante, al tiempo que las políticas sociales tomaron un lugar preponderante en la agenda oficial. El desvío institucional del presidente dio pie a una reacción menos institucional aún, y prendió la mecha que transformó al país en un caos social. Nuevamente, los principios civilizatorios que varios pensaban instalados se movieron de lugar y revalidaron acciones que se creían superadas por la razón y la tolerancia de un mundo en progreso.

Ninguno de estos hechos refuta definitivamente la idea central de Pinker sobre la mejora “en promedio” de la humanidad, pero debemos estar atentos para identificar mejor las consecuencias de los desvíos. El bajo crecimiento, la desigualdad y la vulnerabilidad políticosocial de América Latina son traumas que ya llevan demasiados años como para ser ignorados. Y sobre todo, para ser presentados como una mera excepción a la regla del progreso humano.

 

Por Pablo Mira

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2019

 

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