FERNANDO ROCCHI – A 100 AÑOS DE LA SEMANA TRÁGICA, «LA CUESTIÓN SOCIAL» SIGUE VIGENTE –

A 100 años de la Semana Trágica, la “cuestión social” sigue vigente

En diálogo con El Economista, el prestigioso historiador Fernando Rocchi (UTDT) hace un repaso centenario sobre las relación entre el empresariado con la política. Un vínculo oscilante que no comenzó con el peronismo, si no con el radicalismo.

El relato de Rocchi arranca hace cien años. Por aquel entonces, Juan Domingo Perón era un ignoto teniente y el Presidente era Hipólito Yrigoyen. Aquel 1919 no fue un año más. “En 1919 se produjo la Semana Trágica. La primera reacción de los empresarios fue la represión”, dice Rocchi sobre aquellos días. “Pero no se puede vivir toda la vida en conflicto con los obreros y, por eso, la década de 1920 se caracterizó por uno de los períodos de mayores concesiones del empresariado al trabajo, en el contexto de un partido cuyo Presidente había asegurado en el mensaje al Congreso de 1919 que, esta vez, la cuestión social era cuestión de Estado”, agrega Rocchi sobre los conflictos que arrancaron en los Talleres Vasena, dejaron cientos de muertos y, a su manera, operaron como un punto de inflexión. Irrumpía las “cuestión social” y la puja distributiva.

El Golpe de 1930 y los años que siguieron, continúa Rocchi, fueron duros para los trabajadores, por ejemplo, por la caída de los salarios reales. “Ese malestar encontró en Perón una voz amiga cuando asumió la Dirección Nacional de Trabajo en octubre de 1943, que en dos meses se convertiría en Secretaría de Trabajo y Previsión. Para algunos de los dirigentes obreros que se acercaban a sus oficinas, Perón era un continuador del obrerismo yrigoyenista y, para otros, era la encarnación de un laborismo al estilo británico”, describe Rocchi.

“La situación inquietó a los empresarios. El 25 de agosto de 1944, Perón dio un famoso discurso en la Bolsa de Comercio que se dirigía hacia ellos. En pocas palabras, les decía que, ante el avance del comunismo, estaban en la disyuntiva de hierro de ceder algo a los obreros o de perderlo todo. Algunos lo entendieron, pero la mayoría se resistió. El decreto de diciembre de 1945 instaurando el aguinaldo llevó a un mayor rechazo hacia Perón, que se había convertido en candidato a Presidente para las elecciones del 24 de febrero de 1946”, amplía Rocchi.

El 31 de enero de 1946 el diario peronista La Epoca, de origen radical, difundió una noticia similar a una bomba: un cheque cruzado para apoyar a la Unión Democrática que enfrentaba a Perón firmado por Raúl Lamuraglia, vicepresidente en ejercicio de la presidencia de la Unión Industrial Argentina (UIA) y el tesorero de la entidad, José L.L. Lombardi, girado en Buenos Aires el 18 de enero de 1946, contra una cuenta abierta en The National City Bank of New York, por la suma de 300.000 pesos moneda nacional. “La relación de la UIA con el próximo Presidente no podía empezar peor”, dice Rocchi. La Historia los reencontraría más adelante. En mayo de 1946, el Gobierno que le estaba por dar el mando a Perón el 4 de junio de ese mismo año decretó la intervención a la UIA. “Las políticas contrarias al agro que tomaría el Presidente, por lo menos hasta la crisis de 1951, le generaron la enemistad eterna del empresariado agropecuario. Sin embargo, la política de sustitución de importaciones hizo crecer viejas industrias y surgir unas nuevas, mostrando un claro perfil proindustrial en Perón”, agrega Rocchi y amplía: “Cada vez más empresarios industriales apoyaban su política hacia el sector (aunque muchos todavía fueran antiperonistas)”.

La creación de la Confederación General Económica, como una entidad especular de la CGT, allá por 1952, agrupó a un número importante de empresarios, sobre todo medianos y pequeños, que apoyaban el proyecto peronista. “Si bien la marcha peronista habla de ‘combatiendo el capital’, Perón creía fervientemente en la armonía entre capital y trabajo y detestaba la lucha de clases”, dice el historiador.

No resulta extraño que el triunfo electoral de Perón en 1973 haya reavivado la presencia de la CGE y la idea de un pacto social con la CGT. El ministro de Economía de aquel entonces, José Ber Gelbard, hoy revistado por la política, justamente había sido el fundador de la entidad empresaria. “La experiencia 1973-1976 fue tan breve como tumultuosa que no es posible concluir en una generalización de la relación entre el peronismo y los empresarios”, dice y agrega: “El país vivía cuestiones más graves”.

Tras la dictadura genocida y la primavera alfonsinista, el peronismo volvió al poder en 1989. “Carlos Menem produjo un giro histórico en favor del empresariado y, de hecho, sus dos primeros ministros de Economía eran importantes directivos de Bunge y Born. La actitud amigable hacia los empresarios continuó con la convertibilidad de 1991 y Menem logró, gracias a poner fin a las retenciones agropecuarias, una relación novedosa de amistad con el empresariado agropecuario. Su antecesor radical, Raúl Alfonsín, había recibido una silbatina en agosto de 1988 en el acto de apertura de la Sociedad Rural Argentina”, dice Rocchi.

La llegada de Néstor Kirchner al poder y los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner renovaron el clásico del primer peronismo: el enfrentamiento con el empresariado agropecuario. ¿Fue buscado adrede o fue un error de cálculo de algún ministro que dijo tener todo estudiado? Poco importa ya. El clímax de esa tensión fue en 2008 cuando se produjo el intento de implantar las retenciones móviles con mediante la resolución 125. “Eso llevó al país a un enfrentamiento peculiar”, dice Rocchi. “Por un lado, se realizó un paro nacional agropecuario mientras amplios sectores de la clase media apoyaban al campo”, dice.

En las elecciones legislativas de 2009, el peronismo perdió la mayoría legislativa y Francisco de Narváez derrotaba al oficialismo nada menos que en la provincia de Buenos Aires.

“El enfrentamiento con el empresariado rural continuó hasta que la victoria de Mauricio Macri les dio un Gobierno más amigable con el campo al reducir sensiblemente las retenciones a las exportaciones del agro y eliminar las mineras. El empresariado industrial, por otro lado, mostró actitudes más ambivalentes: ni fue tan antikirchnerista cuando los Kirchner ocuparon el poder ni fue tan promacrista cuando Macri ocupó la Presidencia”, cierra Rochi.

Hoy, los industriales muestran el mayor entusiasmo con el albertismo mientras que el campo, casi curado de espanto (Macri reinstaló las retenciones en 2018), espera más inquieto. El intento concertacionista de los primeros años de los ’70, que naufragó por motivos de público conocimiento, vuelva a escena hoy, casi 50 años después. Esperemos que esta vez sea distinto.

  • El peronismo de Alberto, según Rein

Raanan Rein es historiador, israelí, experto en el peronismo y, además, hincha de “El Bohemio” de Villa Crespo. En diálogo con Infobae, Rein señaló que “Alberto Fernández intenta volver a los mensajes del primer peronismo, reformista y no revolucionario, que intenta sumar y no restar, tejer redes, alianzas y coaliciones, y que es muy pragmático”. Eso ya se nota, dijo Rein, en los mensajes en materia de política exterior con respecto a los Estados Unidos y hacia el Estado de Israel, pero también se nota en las declaraciones que hace la política económica y social”. El manejo de la coalición o “el movimiento” será, como siempre fue en el peronismo, un tema a seguir de cerca. “Se trata de un peligro que acompañó al peronismo desde sus inicios, en parte por su carácter tan heterogéneo, siempre tuvo corrientes que competían entre sí. La grandeza de (Juan Domingo) Perón tenía que ver con esa posibilidad de equilibrar entre las distintas corrientes y no dejar a ninguna llegar a una posición hegemónica. En la historia del peronismo, cada vez que una corriente llegó a una posición hegemónica, resultó un fiasco y una derrota electoral. Por lo tanto, si el presidente electo va a intentar seguir este ‘mandato’ entre comillas, de equilibrar entre las distintas corrientes, va a tener más éxito”, dijo Rein.

 

por Fernando Rocchi

Buenos Aires, 12 de noviembre de 2019

 

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