EL PUNTO DE INFLEXIÓN PARA EL AGRO ARGENTINO ES DESARROLLAR SU PROPIO CARGILL

Es fundamental el despegue de una compañía internacional argentina de alimentos para crecer en un mercado global extraordinariamente productivo y competitivo.

Las inversiones en el complejo portuario del Gran Rosario lo convirtieron en uno de los polos de procesamiento de granos más importantes del planeta.

La relación entre la inversión extranjera directa (IED) de las compañías transnacionales agroalimentarias y los países emergentes se caracteriza por la aparición en gran escala de actores nacionales y regionales que debido a su extraordinario crecimiento tienden a transformarse en protagonistas globales, compitiendo o asociándose especialmente con las grandes firmas norteamericanas Cargill, ADM Y Bunge en primer lugar.
Significa que estas grandes compañías nacionales o regionales no sólo exportan al mundo, sino que tienden a invertir en el exterior, exactamente igual que hicieron hace 100 años Cargill, ADM o Bunge. Son las nuevas transnacionales de tipo global, sólo que su dinamismo y capacidad de expansión es 10 veces superior al de sus antecesores estadounidenses.
Este es un proceso que comenzó hace 10 o 20 años en distintos países emergentes, en primer lugar China y también en el espacio sudamericano. Ante todo en Brasil y la Argentina.
La República Popular logró convertir a Cofco de un importador de agroalimentos en una de las cinco grandes compañías transnacionales, cabezas del mercado mundial, junto con las tres clásicas norteamericanas –Cargill, ADM, Bunge- y la europea/francesa Louis Dreyfus.
En este periodo, los países asiáticos y algunos sudamericanos –en especial Argentina y Brasil, en ese orden- han hecho importantes y sistemáticas inversiones en infraestructura (rutas, puertos y telecomunicaciones).
En el caso de la Argentina lo fundamental ha sido el desarrollo de la Hidrovía Paraná – Paraguay, que ha convertido a Rosario en un puerto oceánico directamente vinculado con los grandes centros del consumo mundial.
Los supermercados, muchos de ellos de capital extranjero, se han convertido en un factor crucial del desarrollo del sector.
Las redes de supermercados tenían ingresos en los países latinoamericanos por U$S 40.000 millones en 2002, y treparon a U$S 154.000 millones en 2011: se multiplicaron por 4 en 10 años.
Al mismo tiempo, en el sudeste asiático pasaron de U$S 51.000 millones en 2002 a U$S 198.000 millones en 2009: también un alza de 4 veces, sólo que en 7 años.
La clave de los supermercados es la transformación que han realizado en sus sistemas de compras. Han desarrollado mecanismos de compra directa con sus proveedores bajo la forma de contrato de largo plazo, y han terminado con la intermediación.
Son contratos que fijan estándares de calidad, plazos de entrega y precios de los productos. Por eso implican una especialización cada vez más acentuada de los proveedores, convertidos en integrantes cruciales de las cadenas transnacionales.
Lo que vincula a los participantes de estas cadenas es la tecnología instantánea de la información, que hace que el conjunto se transforme en una realidad virtual, eliminando en gran forma los costos de transacción.
Este sistema ha culminado con los alimentos procesados y semiprocesados, y ha comenzado a extenderse ahora a los productos frescos (carnes, verduras, frutas, entre otros).
El resultado es que mientras las compras de productos procesados aumentan sólo 2% o 3% anual en Estados Unidos y Europa; en China, India, Indonesia, Brasil y la Argentina, entre otros, se expande a una tasa del 7% al 13%, y hasta un 28% anual.
Todo este sistema de integración virtual de los supermercados y sus proveedores adquiere una creciente complejidad al multiplicarse el número de protagonistas (contratistas independientes en cada uno de los segmentos de las cadenas globales de producción y distribución).
En cada uno de sus anillos se pautan los mismos estándares de calidad, tiempos de entrega y precios lo que convierte al conjunto en una realidad virtual extraordinariamente productiva, con menores y acumulados costos de transacción.
El objetivo de esta realidad central del proceso agroalimentario mundial es aumentar sistemáticamente la productividad del sistema, y por lo tanto, el nivel de ganancias netas sobre la inversión de capital.
La única forma de competir que tienen los proveedores es elevar la calidad de sus productos, y disminuir sistemáticamente los costos de producción. Este es el signo de la producción y distribución capitalista en el siglo XXI.
El punto de inflexión de los grandes países productores de agroalimentos del mundo emergente –la Argentina en primer lugar- es el momento en que logran transformar uno o varios de sus principales actores agroindustriales en un nuevo Cargill.
Este es el desafío para el sector agroalimentario argentino, la clave de la transformación del país, en el año 2020.

Jorge Castro

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